lunes, diciembre 26, 2005

Ejercicio de suposición

Supongamos que usted es escritor, o quiere serlo. Sí, ya sé que es posible que usted sea efectivamente escritor, pero para ser equitativo en caso de que no lo sea y todos entiendan la situación que planteo, dejémoslo en el plano suposicional. (Obviaremos la posibilidad de que sea usted escritora; recuerde que, salvo indicación en contrario, mientras permanezca aquí usted es epiceno.)

En su condición de escritor o aspirante a tal, usted (en adelante «el escritor» o simplemente «usted») ha compuesto algún que otro cuento que, so color de probar suerte, ha enviado a una revista. Y ¡oh sorpresa! He aquí que la revista acepta y publica su cuento.

No es un asunto menor. La revista de la que hablamos es una revista electrónica, o ezine (en adelante «Ezzín») que, si bien no genera retribución económica para sus hacedores o colaboradores, tiene un prestigio ganado a pulso a lo largo de los años. Y ese prestigio no se lo ha ganado publicando a cualquiera que sepa pulsar teclas. Si bien sus responsables no son tan exquisitos como para publicar sólo a quienes den señales de ser el próximo Borges, el hecho de que un cuento sea elegido indica que, al menos, está bien escrito y tiene algo interesante que decir.

Tenemos un dato: al publicar en el Ezzín, se le adherirá aunque más no sea una micronésima de su prestigio. Tenemos otro dato: usted recibe la indicación de que, al menos en opinión de los editores, no ha errado tanto el camino y está haciendo las cosas más o menos bien.

Y no desdeñemos la posibilidad de lo que puede aprender para el futuro. Estos editores son personas con mucha experiencia: ya estuvieron donde está usted y, andando el camino, han cosechado no pocos reconocimientos. No me dirá que no tiene nada que ganar si escucha lo que sean capaces de decirle sobre su trabajo.

Y no se terminan allí las ventajas. Seamos pragmáticos por un momento y pensemos en términos cuantitativos (y de ego). Su cuento aparece en un sitio Web que, teniendo ya un nombre hecho, recibe una cantidad no despreciable de visitantes, cada uno de ellos un potencial lector. No está mal, ¿verdad? Y no obviemos el dato de que la página HTML que ostenta su cuento es accesible por cualquier persona con acceso a la WWW. Es posible que un navegante a la deriva tropiece con él en Google o cualquier buscador (probabilidad tanto más elevada por cuanto el Ezzín goza de un PageRank interesante). Es posible que, si a ese navegante le gusta lo que lee, quiera recomendárselo a otros navegantes, para lo cual no tiene más que recurrir al simple expediente de copiar y pegar el URL en un foro o un mensaje de correo electrónico. Todo navegante de Internet que pueda leer su idioma es un lector en potencia.

Perspectiva más que interesante para un aspirante a escritor, ¿no le parece?

Ahora bien: supongamos que ese mismo navegante hipotético está afiliado a un grupo de Yahoo destinado a compartir textos digitalizados (en adelante «Digitalizers-R-Us»). Supongamos que ese lector no se limita a copiar el URL, sino que lo hace con todo el cuento. Y no lo pega en un foro o un mensaje de correo electrónico, sino en un documento de Word. Mismo documento que luego procede a guardar, comprimir en un .zip o un .rar y colocar a disposición de sus cofrades de Digitalizers-R-Us entre los archivos del grupo.

Analicemos esta segunda situación. Su cuento está dentro de un .doc, que a su vez está dentro de un .zip. ¿Conoce usted algún buscador de Internet que sea capaz de ver dentro de esta matrioshka? Google no puede. La posibilidad de que alguien, navegando al azar, se tope con su cuento es nula. De hecho, es altamente probable que la sección de archivos del grupo sea sólo disponible para quienes estén suscritos a él, puesto que tal es la configuración de la enorme mayoría de los grupos de Yahoo. En consecuencia, sólo los abonados a Digitalizers-R-Us tendrán acceso a esta encarnación de su cuento (y no es redundante insistir en que sólo los abonados se enterarán de que está allí). Si alguno de ellos se interesa, tendrá que: 1) Descargarlo en su PC. 2) Descomprimir el archivo (para lo cual habrá de contar con WinZip, WinRAR u otro programa de similares prestaciones). 3) Abrir el documento en Word. Un proceso, me parece a mí, un tanto más engorroso que el simple hacer click en un enlace.

¿Supuso ya bastante? Bien, entonces le plantearé una pregunta: ¿cuál cree usted que hace más por usted y su obra: el Ezzín o Digitalizers-R-Us?

No necesita contestar, ya que la gente de Digitalizers-R-Us tiene la respuesta: quienes hacen más por usted y su obra son ellos. Es más: en lugar de quejarse de que se han apropiado de su cuento y le han hecho las correcciones que le han venido en gana, debería agradecerles que lo difundan y le hagan publicidad, puesto que de otra manera nadie lo leería.

Por lo menos, ésa es la visión del mundo que se manifiesta en la versión no hipotética de Digitalizers-R-Us, que en la vida real no es simple grupo de Yahoo, sino varios interconectados. Entre ellos: Biblioteca-Recargada, Librosgratis, E-librería y otros.

(Vale la pena acotar que uno de ellos, E-librería, surgió como reemplazo de E-biblioteca. Este último fue eliminado por Yahoo luego de una protesta presentada a causa de circunstancias como las que se detallan más arriba. Lo cual, por supuesto, fue un atropello, un ultraje, un atentado contra la cultura universal sólo comparable al incendio de la biblioteca de Alejandría.)

¿Cree que exagero? Ha de ser porque no conoce esos grupos. Lo invito a visitar alguno de ellos (los mensajes de Biblioteca-Recargada pueden ser leídos sin necesidad de inscribirse). Repase los mensajes del último mes y verá a sus habitantes no sólo sosteniendo las posturas ya expuestas (en más de un envío), sino también defendiendo el derecho de apropiarse de todo lo que no esté clavado, plantado o empotrado (mensaje 33231), entre otras declaraciones igual de bonitas que no le privaré del placer de descubrir por usted mismo.

No está de más señalar que, si desea tener una visión más completa, debería darse una vuelta también por el blog La voz en la maleza, de la autora leonesa Raquel Froilán García. Allí, bajo el título «Trolleando, que es gerundio», se reproducen varios intercambios que los moderadores de estas listas consideraron inoportuno no eliminar.

Eso sí, ni piense escribir a ninguna de estas listas como no sea para coincidir con sus figuras destacadas. Como comprobará a medida que avance en la lectura, estas personas son sordas a toda voz que no sea la suya propia o la de sus aduláteres. Todo disenso les llega como ruidos desarticulados que son interpretados de inmediato como una diatriba contra la alfabetización de los pobres, una justificación de la mutua masacre entre hutus y tutsies en Ruanda, o una incitación a lanzar cócteles Molotov en los hospitales de niños.

No venga luego a decirme que no le avisé.

jueves, noviembre 17, 2005

Tres años de gauchadas

¿Me creería si le dijera que hasta ahora no había caído en la cuenta de que el primer capítulo de El Gaucho de los Anillos fue publicado en el Mes de la Tradición? Hace bien, yo tampoco lo creería. No recuerdo cuándo fue que me di cuenta, pero la cuestión es que las estrofas iniciales de «La comunidá del anillo» salieron en Axxón ocho días después de que se conmemorase el nacimiento de José Hernández, autor del Martín Fierro. De todas formas, nada de esto explica que el primer y el segundo aniversario de El Gaucho... hayan pasado sin pena ni gloria.

El tres parece un lindo número para cambiar eso. Para cambiar la tradición, qué paradoja. Al celebrarse ya tres añitos del poema épico-telúrico, procedo a soplar tres velitas, cada una en la forma de uno de los tres capítulos de El Gaucho de los Anillos que Axxón publica este mes. Trato de este modo, además, de compensar en alguna medida las ausencias que las AnaCrónicas han tenido en el año.

A modo de breve anticipo (en caso de que usted haya llegado aquí sin haber leído los capítulos, de lo contrario el modo es de resumen):

  • En el capítulo 11, los ents se reúnen en asamblea forestal para debatir qué hacen con el Sarumán.
  • En el capítulo 12, la partida que había salido de Las Edoras arriba a Cuernavilla, donde espera el ataque de la tropa de Isengar.
  • Y finalmente, en el capítulo 13, el Frodo, el Sam y el Golum pasan frente a Minas Morgul y empiezan la ascensión por el paso de Ciriungol.
Tres capítulos, tres cantos, tres líneas argumentales en los tres años de El Gaucho de los Anillos. Ojalá lo disfrute, lo haya disfrutado y lo siga disfrutando.

martes, noviembre 01, 2005

Hiperconsciente

Empieza noviembre. La numeración de Axxón se incrementa en uno, y allí, en el flamante índice, ¿qué nombre aparece? Bien, aparecen varios: Hernán Domínguez Nimo, Laura Ponce, Santiago Oviedo, y el infaltable del director Eduardo Carletti firmando el editorial. No es mala compañía para el tal Andrés Diplotti que tanto se prodiga por aquí.

El engendro que he pergeñado esta vez se titula «Hiperconsciente», y es el resultado, como bien dice el epígrafe, de un ejercicio planteado en un taller literario. (De hecho, es hermanito de camada de «Receta: hombre frito», de Sergio Gaut vel Hartman; de «Rating cero» de Fabio Ferreras, que aparece en la antología Mañanas en sombras, y de «Temporal» de Graciela Lorenzo Tillard, que puede usted leer en el número 19 de Alfa Eridiani). En el epígrafe se desgranan también algunos comentarios halagüeños que me abstendré de comentar, pues eso sería legitimarlos. Lo que sí comentaré es la ilustración de Bárbara Din, quien ha dado a las hebras de potencial (adivino que eso representa) un orden y una belleza que estaban ausentes en mi imagen mental original.

Publicar este cuento es para mí una buena manera de empezar el mes. Espero que para usted lo sea el leerlo.

miércoles, octubre 19, 2005

Disquisiciones info-electorales

Si usted, amigo lector epiceno, es argentino y no ha fijado residencia en un termo, debe saber que el próximo domingo 23 hay elecciones. Probablemente ya se ha cansado de esas señoras sin apellido cuya principal actividad de campaña consiste en adherir cada una connotaciones negativas al nombre y/o apelativo de la otra. Es un privilegio vivir en la provincia de Buenos Aires, pues de esa manera puedo darme el gusto de no votar a ninguna de las dos.

No se asuste, esta entrada no trata de política. O tal vez sí. Todo depende de cómo se mire.

La cuestión central es que, para poder darle mi voto a otro, primero necesito saber dónde debo hacerlo. Y siendo, como soy, un ciudadano de la red, ¿voy a llegar hasta algún comité/unidad básica/como se llame para que alguien rastree mi nombre en el padrón equivocado con la mano que no ocupa en sostener el mate? Claro que no; puedo hacerlo desde la comodidad de mi silla sin más herramientas que el teclado y el ratón. Y el resto de la PC, claro está.

Con una mínima ayuda de Google, no me fue difícil hallar lo que buscaba: en el sitio del Poder Judicial de la Nación han puesto un cómodo formulario para hacer la consulta. Bueno, «cómodo» es un decir.

La primer señal la tuve apenas llegué. Quien quiera que haya diseñado la página decidió que tal vez yo no tuviera las aptitudes necesarias para dar a la ventana del navegador un tamaño adecuado al contenido, de modo que incluyó un JavaScript que lo hiciera por mí. Qué amoroso, ¿verdad?

Pero no acaba allí la asistencia de este tan solícito cuan anónimo diseñador. En vistas de que el usuario tenga la menor cantidad de inconvenientes, no escatima esfuerzos en explicitar todo (puede hacer click sobre la imagen si desea verla a escala natural):


«¿Para qué puedo querer ventanas emergentes?», fue la pregunta que surgió espontáneamente. No sería la última. Como no estaba de ánimo de deshabilitar el bloqueo de popups, obedecí la instrucción de hacer click aquí manteniendo pulsada Ctrl.

Lo que nadie le avisó a este audaz diseñador es que no todos los navegadores son iguales. Ignoro qué uso tendrá Ctrl en el Internet Explorer, pero en mi Firefox tal tecla abre el enlace en una pestaña nueva. Pestaña nueva que, por alguna extraña y enigmática razón, se empeñaba en quedar vacía.

Por suerte la solución no era demasiado compleja: bastaba con ignorar por completo las instrucciones y volver a hacer click aquí olvidando el teclado. Mano de santo: al instante se abrió otra ventana:


Justo lo que buscaba: más instrucciones. Haciendo caso omiso de ellas, puesto que ya podría leerlas más tarde si las necesitaba, dirigí presto mi flechita al botón.


Definitivamente, esto se parecía más a lo que quería. Aunque fue en este punto que surgió la segunda pregunta: si el número de Documento Nacional de Identidad es único para cada ciudadano de la Nación Argentina, ¿para qué hacen falta más datos? ¿No es un tanto redundante?

Para no iniciar una discusión que no llegaría a ninguna parte por ausencia de oponente dialéctico, me dije a mí mismo que me resultaba mucho menos trabajoso a mí dar un par de clicks de más que a los analistas y programadores integrar todos los padrones en un solo archivo. Después de todo, escribir instrucciones y secuencias JavaScript es un trabajo de tiempo completo.

De modo que procedí a ingresar mis datos. Sexo: masculino. Distrito: Buenos Aires. Dejé para el final lo más difícil: ingresar los dígitos de mi DNI.

No bromeo al escribir «lo más difícil». ¿Es usted usuario de Firefox? Entonces le ruego que lo apunte a este formulario e intente ingresar algo en ese cuadro de texto. No es necesario que sea su DNI, puede ser cualquier cosa que se le ocurra. Si lo logra, le agradeceré que me haga saber cómo lo hizo.

No soy una persona proclive a perder la calma. Sencillamente abrí el menú de inicio de Windows y saqué a la e azul grandota de su cámara frigorífica, confiando en que con ella tendría mejor suerte.

Emulando a Douglas Adams, revelaré por anticipado el final de esta historia. Sí, finalmente pude averiguar a dónde debo dirigirme el próximo domingo para dar cabal cumplimiento a mi deber cívico. No, no hubo petunias ni ballenas que debieran sufrir. Pero no fue sencillo, puesto que al ingresar la susodicha URL en la barra de navegación del Explorer, halleme cara a cara con este dantesco panorama:


Sí, amigo lector epiceno, yo tengo el mismo Microsoft Internet Explorer que usted. El que no bloquearía un popup de forma nativa aunque la fortuna de Bill Gates dependiera de ello. No sé cómo lo han hecho, pero quienes escribieron este HTML se las han arreglado para que Explorer considere que la ventana emergente no es segura. No es un logro menor.

En definitiva: luego de repetir todo el itinerario (esta vez, como había anticipado, sí tuve que usar la tecla Ctrl), el formulario aceptó finalmente mi DNI sin decir ni mu.


¡Aleluya! ¡Hosanna hosanna ad honorem gloria! Luego de tan esforzados trajines, el espacio que le han insertado unilateralmente a mi apellido no pasa de ser una minucia. Mucho menos iba a molestarme en averiguar qué errores de código indicaba el iconito amarillo de la esquina inferior izquierda.

Ahora empiezo a hablar en serio.

¿Para qué tantas complicaciones? ¿Qué sentido tienen tantos popups y «haga click aquí»? Hace apenas unos meses que sigo la carrera de sistemas, pero en mi profunda ignorancia me planteo el siguiene razonamiento:

Ésta es una información que todos los ciudadanos argentinos necesitan para hacer efectivo lo que es a la vez un derecho y un deber. Siendo así, ¿no sería lo más conveniente reducir el formulario a lo esencial, de manera que incluso un chimpancé con una Atari tuviera acceso a los datos que necesita? Apenas el HTML indispensable, los campos de ingreso y el botón «Enviar». ¿Para qué más? Si acaso, alguna que otra imagen (mínima y prescindible) y un toque de color para sazonar el aspecto visual. Google opera de ese modo desde hace años, y no le va tan mal. Si hasta la interfaz de Blogger que estoy usando para escribir este post es más fácil de usar. ¿Para qué invertir tiempo y esfuerzo en añadir una pretendida «funcionalidad» que no hace más que restringir el acceso? Eso sí, se han cuidado muy bien de que los datos de las mesas masculinas aparezcan sobre fondo celeste, y sobre rosa el de las femeninas.

Habiéndome desahogado ya de lo que quería decir, permítame cerrar este post con el siguiente detalle. Llamo su atención sobre los recuadros rojos que he agregado:



¿Le falla la aritmética? A mí también.

viernes, octubre 14, 2005

Maldición china

«Lea este precepto chino adjunto», decía el e-mail que recibí hace un par de días. «¿Por qué?», pregunté yo. Por toda respuesta, el Thunderbird se encogió de hombros, como diciendo «¿a mí qué me preguntás?».

El nombre del remitente me era desconocido. En el cuerpo del mensaje no había más que la citada admonición. Además de los nombres y direcciones de mail de veinte perfectos extraños que, en contrapartida, tienen ahora mi dirección. Y algo más que compartimos, claro, es el archivo de PowerPoint que venía adjunto.

«Precepto chino sobre el dinero», se titulaba el panfleto. Junto a una imagen de una condecoración que no he sido capaz de identificar (ni mucho menos de entender qué hace ahí) iban desfilando una tras otra una serie de máximas:

El dinero puede comprar una casa, pero no un hogar.

El dinero puede comprar un reloj, pero no el tiempo.

El dinero puede comprar una cama, pero no el sueño.

El dinero puede comprar un libro, pero no el conocimiento.

El dinero puede pagar un médico, pero no la salud.

El dinero puede comprar una posición, pero no el respeto.

El dinero puede comprar la sangre, pero no la vida.

El dinero puede comprar sexo, pero no el amor.

No entiendo mucho de filosofía oriental, pero sinceramente dudo que Confucio o Lao Tse hayan concebido algo medianamente parecido a este encadenamiento redundante de obviedades y lugares comunes. Este «precepto chino» es tan profundo como un charco y tan chino como Alfredo Zitarrosa. Google denuncia distintas versiones. Entre ellas ésta:

El dinero puede comprar una cama,
pero no las ganas de dormir,
libros, pero no la inteligencia,
alimentos, mas no apetito,
una casa, mas no un hogar,
medicamentos, pero no la salud,
lujos, pero no la cultura,
diversiones, pero no la felicidad,
un pasaporte a donde sea, pero no el Paraíso.

Ésta por lo menos tiene la ventaja de un ritmo más ágil y menos solemne. Carece de esa repetición constante que, más que énfasis, produce somnolencia.

Pero no termina allí la misiva, claro que no. A continuación viene una serie de promesas:

Un precepto chino trae suerte, el original salió de los Países Bajos.

Confieso que esta oración me trajo problemas. ¿Los preceptos chinos traen suerte? ¿Qué es lo que salió de los Países Bajos? ¿El dinero? Finalmente advertí que «Un precepto chino» se refiere al título del documento (tras mutar misteriosamente de «Precepto chino sobre el dinero»).

Este precepto ya ha dado 8 veces la vuelta al mundo, ahora es a ti a quien traerá suerte. Después de haber recibido esta carta, tú tendrás buena suerte.

Esto no es ninguna broma.

La suerte vendrá a ti por correo o por Internet.

Envía una copia de esta carta a las personas que realmente necesitan buena suerte, no envíes dinero, porque la suerte no se compra, y no conserves la carta más allá de 96 horas (4 días).

De eso se trataba. En la era pre-conexión, estas cosas viajaban en cartero. Signos de los tiempos, les dicen.

Había oído hablar de las cadenas, pero nunca había recibido ninguna. Hasta ahora, en mi bandeja de entrada sólo caían mensajes de rubias de veintidós años que quieren salir conmigo y notificaciones de que he ganado millones de libras en loterías en las que nunca participé. No se diría que necesito suerte, ¿no? Aunque eso podría cambiar si no sigo las instrucciones de la «carta»:

Algunos ejemplos de personas que fueron afortunadas después de haber recibido esta misiva:

Constantin, recibió la primera carta en 1953, pidió a su secretaria hacer 20 copias. Nueve horas más tarde, ganó 99 millones de marcos en la lotería de su país.

En este punto, uno podría preguntarse por qué los noventa y nueve millones no los ganó la secretaria de Constantin. Pero no deje que lo distraiga, siga leyendo:

Carlos, empleado, recibió esta misma carta, y no la envía, algunos días más tarde pierde su empleo.

Días después decide continuar la cadena y se vuelve rico.

En 1967 Bruno recibió la carta, se burla de ella y la bota, unos días después su hijo cae enfermo.

Él busca la carta, la copia 20 veces y la envía. Nueve días más tarde, recibe la feliz noticia: su hijo sano y salvo.


Detengámonos aquí, porque no estoy seguro de haber entendido. ¿Debo interpretar esto como una amenaza? ¿Acaso este caos de tiempos verbales está, como creo percibir, dando forma a un chantaje? ¿Cómo se atreve? ¡Y con desgracias, nada menos!

Mucho tendrá que esforzarse, sin embargo, si pretende afectarme, pues cuento con la mejor protección contra toda clase de embrujos, males de ojo, energías negativas y demás yerbas (sí, incluso las yerbas que se usan para los gualichos). Más poderosa que un talismán. Más efectiva que bañarse en agua bendita. Más milagrosa que la Virgen Desatanudos. Más protectora que la Mano de la Fortuna, el Ojo de Thundera o la Oreja de Van Gogh. Sus macumbas no pueden herirme, mis alas son como un escudo de acero.

«¿Pero cuál, cuál es su protección?», lo adivino preguntándose, amigo lector epiceno, al borde de la desesperación. La respuesta es bien sencilla: no creo en nada de eso. El escepticismo es el mejor blindaje contra las fuerzas oscuras. Debería probarlo: no sólo le alivia una pesada carga de problemas imaginarios, sino que además le facilitará llegar a una solución auténtica cuando se enfrente a un problema real.

«Ah —dirá usted—, pero ese mismo escepticismo le impedirá acceder a la fortuna que la carta le augura». Porque, efectivamente, la carta promete suerte para tener, para guardar y para repartir. Sigamos leyendo:

Esta misiva de la suerte ha sido enviada por Anthony de Croud, un misionero de África del Sur.

Al cabo de 96 horas deberás botar la carta.

La suerte te llegará en menos de cuatro días a partir del momento en que hayas recibido esta carta, si cumples con lo solicitado en ella.

Esto es verdad.

Esta misiva ha sido enviada para dar buena suerte.

La suerte acaba de tocar a su puerta.

Envíe 20 copias a sus conocidos, amigos, familia.

Unos días más tarde tendrá buenas noticias o una gran sorpresa.

Yo te lo envío ya que la carta debe dar la vuelta al mundo.

Envíe simplemente 20 copias y espere a ver lo que pasará el noveno día.

Importante: No cambie nada del texto que se le ha enviado, cópielo exactamente como se lo hemos dado.

Buena suerte.

J.A.B.


Ajá. No solamente es un caos de tiempos verbales: tampoco se decide si debe tratarme de «tú» o de «usted». Aunque eso es lo de menos, por supuesto. Una redacción desprolija no debería inducirme a desperdiciar esta oportunidad única. Porque es una oportunidad única, ¿no cree? Yo tampoco. Mi escepticismo infeccioso me lleva a hacer preguntas que seguramente atentan contra mis posibilidades de felicidad. Por ejemplo:

¿Anthony de Croud era un misionero holandés en África o un misionero africano en Holanda?

¿La suerte me llegará «en menos de cuatro días» o «el noveno día»?

¿Por qué, luego de machacarme de la manera más obvia y repetitiva posible aquello de que «el dinero no hace la felicidad», ilustra lo afortunado que seré con ejemplos de gente que ganó mucho dinero?

Si no se puede modificar el texto, ¿cuál es la credibilidad del dato de que ha dado ocho vueltas al mundo? ¿No se debería actualizar?

Es una lástima que nadie responda.

Recapitulemos. ¿Qué sabemos sobre este «precepto»? ¿Que es cursi? En buena medida. ¿Redundante? Más aún ¿Trillado? Claro que sí. ¿Pretencioso? Por sobre todas las cosas. ¿Que abuso de las preguntas retóricas? Sí, es posible que esté abusando del recurso, así que solamente formularé una más: ¿Es malo? No, no es malo. Podría ser muchísimo mejor, pero malo no es. Ahora bien, ¿la manera de mejorarlo es hacerlo pasar por un «precepto chino»? Está claro que, si no es malo, chino mucho menos: cada sílaba rezuma posmodernismo occidental. No, detrás del título rimbombante veo yo las mismas operaciones intelectuales que llevan a adosarle el nombre de Borges o García Márquez a bloques lacrimógenos totalmente indignos de su pluma. ¿Acaso un texto mejora porque se le atribuya a un escritor talentoso? ¿Acaso un chiste malo se vuelve bueno porque aparezca bajo el nombre de Les Luthiers? ¿Acaso una buena historia es más conmovedora porque le pinten encima «esto es real»? Y sin embargo todos conocemos el poema «Instantes» (de un Borges inexistente), o nos enteramos de que la ficticia enfermedad sin nombre de García Márquez recrudeció «el pasado fin de semana». Incluso los vemos colgados en los negocios junto al infalible cuestionario a la Madre Teresa (que también tiene una pinta sospechosa).

Pero no se quedan ahí los esfuerzos de legitimación. A esta capa de barniz de prestigio se superpone otra de superstición. ¿Que el artefacto este trae suerte? ¿Tan poco confía el remitente en que los destinatarios encontrarán valioso lo que les envía? ¿Tan escasos considera los méritos legítimos del material? En definitiva: a menos que crea usted que efectivamente reenviar o no los engendros de esta clase va a afectar su fortuna, no sirven para casi nada.

Observe que dije «casi nada». Hay algo para lo que sí sirven: saturar las conexiones y desparramar al viento las direcciones de correo electrónico. Recuerde lo que escribí al comienzo de este post: ahora tengo las direcciones de correo de veinte personas que me son totalmente desconocidas, y cada una de ellas tiene el mío. ¿Le agrada el prospecto de perder el control de su dirección? ¿Le seduce la idea de perder tiempo de conexión bajando anuncios de diplomas falsos y fármacos sexuales? Porque así es como funciona: casa vez que uno de los múltiples receptores se convierte en un emisor, se multiplica la posibilidad de que su dirección caiga en manos de los spammers. El riesgo de contraer un virus por este medio tampoco es desdeñable. Por eso le ruego: ni me envíe cadenas, ni, si le es posible, las continúe.

«Ah, ¿pero qué pasa con las cadenas legítimas?», lo oigo mascullar. No se ofenda si le digo que no existe tal cosa. No, el sulfato lauril de sodio no causa cáncer. No, nunca nadie encontró una aguja suelta en una butaca de cine. No, Brian ya tiene como veintiún años y es fuerte como un toro. Y si alguna de estas cosas resultara cierta, puede apostarle a Belcebú su alma inmortal que no se va a enterar por una cadena de mail. Tal vez quienes envían estas cadenas tienen buenas intenciones, pero lo único que logran al difundirlas es generar alarma innecesaria y distraer la atención de verdaderas causas de preocupación.

Para cerrar esta entrada que ya se está haciendo larga, me permito recomendarle el sitio Rompecadenas. Allí encontrará abundante información sobre los fraudes, leyendas urbanas y falsas atribuciones que infectan las bandejas de entradas, además de útiles consejos para prevenir todas estas pestes. Y, si lee inglés, también puede resultarle interesante la sección Inboxer Rebellion de Snopes.

Y, por sobre todo, no tome mis recomendaciones a la ligera. Atrévase a romper las cadenas. Una vez alguien no rompió una y lo atropelló un tren.

jueves, septiembre 29, 2005

Prohibida la entrada a robots

Como lee, amigo lector epiceno. En este acto me declaro supremacista orgánico y prohíbo la entrada a este blog a todo robot, droide, cyborg, mecano, etc. Claro que aun pueden leer las entradas sin que yo me entere esos taimados; pero a partir de hoy, si usted se siente impulsado a dejar un comentario en Pez Diablo, sólo podrá hacerlo si es capaz de pasar el test de Turing. He recibido ya claras indicaciones de que este sitio está en la mira de los spammers automáticos, de modo que resolví activar la verificación de palabra antes de que se convierta en un problema importante.

«¿Y a mí qué me cuenta?», estará usted diciendo. Bien, pensé que le interesaría estar advertido sobre la extraña solicitud que a partir de hoy le hará la ventana de comentarios, en caso de que decida dejar uno. En ese caso, simplemente transcriba donde está indicado la palabra que se le muestra y el sistema, seguro ya de que es usted un sapiens, le franqueará el acceso. Nada más.

Bueno, sí hay algo más. ¿No le ha llamado la atención el robotito que ilustra esta entrada? ¿Esa cara no le resulta conocida de algún lado? ¿De éste, por ejemplo:?



El parecido de familia es notable, ¿verdad? Encontré la imagen en el sitio del Museo della Plastica, y según la información de la página, el chiche fue hecho en 1950 (veintisiete años antes que la película). Es interesante descubrir estas cosas, ¿no cree?

martes, septiembre 20, 2005

La punta del iceberg

Los autitos son para que jueguen los varones. Tomar ácido sulfúrico hace daño. Maradona es zurdo. La Tierra gira alrededor del Sol. Comer sandía con vino es mortal. Einstein era un genio. La gente de Libra es equilibrada. Las cosas caen más rápido cuanto más pesadas son. Y la ciencia ficción se trata de navecitas y pistolas de rayos.

¿Preconceptos? Algunos lo son. ¿Verdaderos o falsos? Irrelevante. La cuestión es: ¿cómo lo sabemos? ¿Como sé yo, si nunca me interesó el fóbal, que Maradona le pega con la zurda o que no se puede tocar la pelota con la mano? ¿Cómo es que alguien que jamás se asomó a la ciencia o su divulgación conoce el nombre de Einstein? ¿Conoce usted a alguien que haya tomado ácido sulfúrico? Todas éstas son cosas que exceden su ámbito natural, cosas con que uno no puede evitar toparse de frente cuando va caminando. Nadie las enseña, pero de alguna manera todos las aprendemos. Rara ha sido la vez que vi una película clase B, si es que alguna vez vi alguna; pero sería capaz (si tuviera el equipo y la pericia) de hacer un trailer perfecto de una de tales películas. ¿Por qué? Porque me lo ponen delante de los ojos todo el tiempo, me interese o no.

Y en materia de ciencia ficción, lo que está delante de los ojos del mundo es precisamente eso: Viaje a las Estrellas, La Guerra de las Galaxias y las películas en que un monstruo de goma secuestra a una rubia, en cuyo rescate acude el rubio con jopo y pistolita de cartón. Eso es lo que asoma, la «punta del iceberg» si me permite una metáfora remanida. Todo lo demás está oculto y hay que buscarlo para verlo.

En estos días se ha generado en Comunidad CF un acalorado debate con respecto a esto. Por mi parte, no voy a defender ni a atacar a Star Trek ni Star Wars. Me limitaré a decir, por si alguien lo considera necesario, que lejos están de ser las cosas más estúpidas con que me he entretenido. La cuestión es que ésa es la CF que conocen los que no conocen de CF, lo que, por uno u otro motivo, está a la vista de todos. Si a alguien le interesan las navecitas y los rayitos, probablemente se acerque a ver qué más hay. Es lo que me pasó a mí: sólo pensar en naves espaciales me disparaba el entusiasmo. Y tirando el hilo de lo que me gustaba, encontré algo que me terminó gustando más. Encontré una Discovery que eclipsaba al Enterprise. Encontré un Gueden que vale por quinientos Tatooines.

La cuestión es: yo no sabía que eso estaba ahí. Simplemente me gustaban las naves y los rayitos. (Los monstruos de goma no.) Veía lo que veían todos, y se dio la particularidad que a mí me atraía. ¿Qué pasa con toda la gente a la que esas cosas (acaso no sin cierta razón) le parecen poco serias? Ellos tampoco saben que Gueden está ahí. Yo seguí el rastro esperando encontrar más de lo mismo que veía, y ellos piensan que eso hallarían. Así que, ¿para qué molestarse? Si lo que todo el mundo ve cuando se habla de ciencia ficción fueran, por ejemplo, las novelas de Philip K. Dick, la imagen sería otra. En vez de ser «el género de las navecitas y los ETs de goma», sería «el género de los acertijos existencialistas tan raros». Al lector de ciencia ficción, en vez de mirarlo como un inmaduro como sucede a veces, se lo miraría como un intelectual (intelectualoide, tal vez) metido en cosas que nadie entiende. ¿Se leería más ciencia ficción? No lo creo. En todo caso, en vez de despertar desdén, despertaría un temor reverente, como el que despierta, por ejemplo, Borges (del que todos saben que fue un gran escritor, pero pocos han leído). Muchos dirían «esas cosas no son para mí» y se irían, perdiéndose otras cosas que tal vez sí son para ellos. Aunque más no fueran cuentitos de batallas espaciales.

¿Cuál es la conclusión? Ninguna. ¿Por qué tiene que haber una conclusión? Simplemente le recomendaré que, si le interesan estos temas, se pase por Comunidad CF, donde tratamos de ponerle unas boyas al iceberg en un intento de que salga un poco más a flote y se vea que puede haber un poquito para todos.

viernes, septiembre 16, 2005

Bumper Sticker y la princesa emplumada.

Si conociera personalmente al capitán Bumper Sticker, es seguro que no me llevaría muy bien con él. Probablemente lo detestaría. Y él a mí.

Por suerte no ha nacido, y si lo hace será dentro de miles de años. (Perdón, quise decir «miles de sínodas».) Pero mientras el atorrante se digna venir al mundo, Axxón ha publicado «Bumper Sticker y la princesa emplumada», el primer cuento que lo tiene como protagonista, y acaso no el último.

¿Qué hace acá? Vaya urgente a leerlo. Si no le gusta, por lo menos disfrutará de la muy expresiva ilustración que Fraga ha hecho del capitán Sticker y la princesa Arpifanía (y también, saliéndose de guión, se lo ve a Globo asomando su cabezota robótica detrás de la princesa). Y cuando lo termine (si lo termina) tiene a su disposición los comentarios de este post para dejar sus impresiones. ¡Comparta lo que piensa, no se lo guarde! Así sabré si en el próximo cuento de Bumper Sticker será necesario que la Betty caiga con todo su contenido en un agujero negro.

miércoles, septiembre 07, 2005

Minoides

Las noticias de Axxón son siempre muy recomendables. En ellas tiene usted una especie de sopa concentrada de las novedades en materia de ciencia, tecnología y, por supuesto, el ménage à trois entre ambas y la literatura que se llama «ciencia ficción».

En la edición de hoy, Joe Garrafex (el corresponsal que en sus ratos libres se hace llamar Alejandro Alonso) recoge del diario español El País una nota referida a los últimos adelantos japoneses en materia de robótica. Es un texto que analiza someramente la situación socio-demográfica y la idiosincrasia japonesas para explicar su relación con los sintéticos.

Claro que una persona informada sospechará que las situaciones descritas no son tan de ciencia ficción como se las hace parecer. Se dice, por ejemplo, que la Actroid (actriz-androide) que ilustra la nota fue concebida «para sustituir a las recepcionistas». No resisto la tentación de imaginar un diálogo con ella:

—Buenos días, señorita, tengo cita con el señor Tamagotchi para las quince horas.

—Su petición no ha sido entendida. Por favor, refiérase a las instrucciones para la sintaxis correcta y module cada sílaba.

—A ver... Agenda guión ce Tamagotchi guión hache uno cinco cero cero enter.

—«Tamacochi» no encontrado. ¿Desea usar la búsqueda inteligente?

—¡Tamagotchi, con ge!

—Su petición no ha sido entendida. Por favor, refié... Este programa ha dejado de responder. ¿Desea enviar un reporte a la papelera de reciclaje de Microsoft?

En fin, imagino que tendremos que esperar algunos años antes de tener una interacción verbal decente con una máquina, tenga la forma que tenga. Pero mientras las interfaces se ponen a punto, podemos hacer chistes fáciles del tipo «para ver al señor Tamagotchi, presione el botón uno». (Perdón, tampoco esta tentación la pude resistir.)

Sin embargo, lo que me impulsa a escribir esta entrada es el titular. «Las chicas ahora vienen en formato robot». Curioso, ¿no? ¿No habría sido un poco más feliz «los robots ahora vienen en formato de chica»? Acaso inconscientemente, el redactor de El País parece sugerir que se trata más de una evolución del género femenino que de los dispositivos electromecánicos. Igual que hacía Eduardo de la Puente cuando daba cátedra de ética periodística en Caiga Quien Caiga, así como he ofrecido una versión inequívoca del título, ofrezco también otra que se inclina del otro lado de la ambigüedad: «Al fin tenemos minas que están buenas, obedecen y no rompen».

Diez cuentos más

Axxón publica hoy mi segunda lista de diez cuentos elegidos, que viene a sumarse a la que salió al aire (¿se dice al aire?) el pasado 19 de agosto. Como la vez anterior, dejo aquí constancia para que el viento no se la lleve.

  • «Nave de sombras», Fritz Leiber.
  • «El diario de la rosa», Ursula K. Le Guin.
  • «Servir al amo», Philip K. Dick.
  • «Viajes con mis gatos», Mike Resnick.
  • «El tipo que vio el caballo», Fernando de Giovanni.
  • «Sin nombre», Eduardo Carletti.
  • «La cruz y el dragón», George R. R. Martin
  • «Langostas», Charles Stross.
  • «Gu ta gutarrak», Magdalena Mouján Otaño.
  • «El ruido de un trueno», Ray Bradbury.
Y quién sabe si habrá dos sin tres.

miércoles, agosto 31, 2005

Wallpaper axxoniano

El próximo 21 de septiembre Axxón cumple dieciséis añitos y, a falta de aptitudes reposteras, cociné este rico wallpaper para agasajar a los axxonautas. Disponible en dos sabores: 800 × 600 y 1024 × 768.

Cierro aquí la entrada para no seguir con las alegorías gastronómicas. Espero que le guste.

miércoles, agosto 24, 2005

Aquí me pongo a rimar

Dijo el Gandalf: «Mucho tiempo
se ha perdido ya, mi rey.
Ya bastante ha dado el güey
cornadas a su colega;
ahura que la guerra llega,
ser unidos es la ley.»

De cuando en cuando doy con una estrofa de la que me siento particularmente... ¿Orgulloso? No sé si ésa es la palabra adecuada, pero que me siento, me siento.

Tal es el caso de la sextilla que he transcrito, que usted podrá hallar en compañía de diecinueve amigas en el capítulo 9 de «La yunta e’ torres», el último publicado a la fecha de la epopeya telúrica El Gaucho de los Anillos. A diferencia de otras, ésta no me plantó cara durante cuartos de hora completos, ni me obligó a revolver en los rincones más oscuros de mi diccionario de rimas. Simplemente se fue deslizando de manera casi espontánea; los versos caían en su sitio casi al ritmo en que eran concebidos. Tal docilidad es, por sí sola, virtud suficiente para hacerla acreedora de mi simpatía; pero no es la única.

Esta estrofa representa el modelo que me gustaría que todas siguieran: sencilla, elegante, estética (recuerde que la veo con ojos de padre), la rima no está forzada, expresa una idea completa en pocas palabras y, de yapa, le da forma nueva a un lugar común. No es moco e’ pavo, me parece a mí.

Ojalá todas sus hermanitas fueran así. Las estrofas gauchescas suman ya quinientas veinte (veintiséis capítulos a razón de veinte estrofas por cada uno), pero pocas de ellas me han dado esta satisfacción. No imagina usted, amigo lector epiceno, en cuántas ocasiones hube de resistir la tentación de aferrarme a una rima asonante. Cuántas sextillas me dejaron disconforme, tanto estética como expresivamente. (Hay un par de ésas en la última entrega. No, no le voy a decir cuáles son.) Afortunadamente (o inevitablemente) no todas ellas caen en esta categoría: la mayoría acampa en la cúspide de la gaussiana, o lo haría si pudieran cuantificarse las cualidades de forma y contenido. (Aunque tal vez debería agradecer la inobjetivabilidad —con perdón de la palabra— de tales atributos. De esa manera, cualquier parecer contrario al mío propio puede ser rebatido con un «ésa es su opinión», frase ésta que, en resumidas cuentas, es una traducción al lenguaje diplomático de «cállese la boca».)

Abro aquí un paréntesis.

Sé que soy un principiante, o peor, un advenedizo. Sé que haber escrito unos cuantos abbccb mezclados con unos tantos abbcbc no me confiere autoridad para opinar sobre poesía. El panorama no cambia si se agrega a la cuenta una cumbia basada en los versos de Edgar Allan Poe, un tango dickiano, un romance y un mal soneto. Pero en el otro plato de la balanza está el hecho ineludible de que éste es mi blog y no admito que nadie me prohíba opinar de un tema concreto, ni siquiera yo mismo. Así que opinaré.

No entiendo la poesía de verso libre. Me agrada la rima poética, pero ¿cuál es el sentido de partir arbitrariamente las líneas? Ésa es la impresión que tengo al leer una de tales piezas. Sin métrica ni ritmo, ¿para qué los versos? Me asalta la imagen de un autor que quiere reclamar para su obra el prestigio de la poesía tradicional sin someterse a sus formalidades; análogo al charlatán pseudocientífico que reniega de los rigores de la ciencia mientras disfraza con lenguaje académico las patrañas que da a luz.

Tal vez soy muy severo en mi apreciación. Casi seguramente mi juicio deriva de alguna incapacidad de mi parte. Pero, como lector, no concibo la poesía sin el goce estético de las formas. Y como pseudopoetastro impune, no veo las estructuras formales como una jaula, sino como una armazón en la que apoyarme. Me obliga a buscar nuevas maneras de decir las cosas, a ejercitar mi creatividad. Me ha permitido llegar a construcciones retóricas que de otro modo se me habrían escapado, como la estrofa que encabeza esta entrada. En definitiva: no me quita libertad, sino que me la amplía.

Cierro aquí el paréntesis. No lo detengo más; proceda usted a leer la edición de AnaCrónicas del mes en curso, que acaba de ser publicada. Solo le pediré un favor, si me permite el atrevimiento: donde dice «Parque Nacional Ischigualasto», tenga usted la gentileza de hacerse el distraído y leer «Parque Provincial Ischigualasto». Muchas gracias. Y gracias también a Marcelo Dos Santos, quien me pegó el chiflido.

¿Perdón? ¿Que usted no comparte mi sentir con respecto al verso libre? Bueno, ésa es su opinión.

viernes, agosto 19, 2005

Otro jueves

A despecho de mis previsiones, el breve y sencillo ejercicio de escritura que presenté aquí hace unos días ha llegado lejos. Más específicamente, ha llegado a Ficción breve (catorce), en Axxón. Allí podrá encontrarlo si lo busca, en la grata compañía literaria de Juan Pablo Noroña, Diego Cid, Iván Olmedo, la debutante Judith Shapiro, Carlos Suchowolski y Carlos Daniel Joaquín «Axxonita» Vázquez, a quien hacía mucho que no encontrábamos en forma de párrafos.

Casualmente, también hoy se exhibe en la página principal del sitio mi lista de diez cuentos. Puesto que en veinticuatro horas será reemplazada, dejo aquí constancia de mis recomendaciones:

  • «Eutopía», Poul Anderson.
  • «Madre», Philip J. Farmer.
  • «Timbuctú», Carlos Gardini.
  • «El libro de arena», Jorge Luis Borges.
  • «El calamar opta por su tinta», Adolfo Bioy Casares.
  • «Hasta la reina», Connie Willis.
  • «Los ordenadores no discuten», Gordon Dickson.
  • «Nosotros los comprados», Frederick Pohl.
  • «Incursión aérea», John Varley.
  • «Capullo», Greg Egan.
Ya ve, amigo lector epiceno, cómo le quedan ahora dos excusas menos para quejarse de que no tiene nada bueno qué leer. (Y esto no lo digo porque mi firma figure entre las implicadas, no vaya a creer otra cosa.)

jueves, agosto 18, 2005

Figuras en el cielo

La próxima vez que una nube le tape el Sol, observe qué forma tiene. Si es la de un árbol, entonces usted es de madera.

¿De qué se ríe? ¿Le parece gracioso?

Tal vez lo sea. Después de todo, la búsqueda de formas en las nubes no es más que un ejercicio de imaginación. Yo lo he practicado alguna vez, y seguramente usted también. Sabemos muy bien que si una nube se parece a un caballo, a una gallina o a un conejo, tal semejanza es simplemente un capricho de nuestros ojos, del cual no se desprende ningún parentesco entre las gotas de agua en suspensión y los animales de granja.

Aunque hay quienes no tienen suficiente con este juego de similitudes morfológicas, y persiguen desafíos mayores. Por ejemplo, hace muchos años hubo quienes emprendieron la búsqueda de este tipo de patrones en las estrellas. Claro que la infinidad de puntitos luminosos plantea una tarea más ardua que los cúmulus nimbus. La falta de contornos definidos no sólo priva al ojo de indicios que se resuelvan en siluetas familiares, sino que tampoco permite definir claramente las fronteras entre una silueta y otra.

Pero aquellos audaces observadores no se dejaron amedrentar por esos obstáculos. Simplemente entornaron los ojos y pusieron su imaginación a trabajar. «¿Qué tal —se preguntaron— si trazamos una línea de esa estrella a esa otra, y de esa otra a...?» Y probando, llegaron a un dibujito que, poniéndole un poco de imaginación, sugería una persona. Otro dibujito parecía una copa. Un tercero recordaba a un barco. «¿Y aquél...?»

Puesto que esos dibujitos (que llamaron «constelaciones») resultaban útiles para identificar los distritos del cielo, se hizo necesario dejar constancia de ellos. Así se evitaba el grave riesgo de que cada uno usara sus propias figuras, de manera que cuando uno se refiriera, por ejemplo, a «la estrella que está en el pico del pavo», otro no le respondiera «pavo serás vos que creés que ves uno», con la consiguiente andanada de golpes y los escollos que eso supone para el avance de la ciencia astronómica. Así fue que en el siglo I, el astrónomo griego Claudio Ptolomeo escribió un libro que hoy conocemos como Almagesto, en el que recopiló, entre otras cosas, muchas de las constelaciones que seguimos usando al día de hoy.

Otra gente en otros lugares vio, naturalmente, otra figuras. Por ejemplo: las estrellas que agrupamos bajo el nombre de «Acuario» se reparten en el firmamento chino entre las constelaciones de Nü, Xu y Wei. Esta última también incluye a parte del Pegaso, que reparte otros de sus vértices estelares entre Shi y Bi. Todas estas constelaciones orientales forman parte de una especie de superconstelación llamada «Tortuga Negra del Norte».

Ahora bien: a lo largo del año, el Sol va pasando sucesivamente ante varias de estas constelaciones. Mejor dicho: a medida que la Tierra sigue su camino elíptico, los que en ella viajamos vamos viendo al Sol desde distintos ángulos, lo cual propicia que el dibujito estelar que queda a sus espaldas se vaya alternando. La franja de constelaciones que tienen esta distinción es lo que llamamos «zodíaco».

Y aquí viene lo bueno. Según algunos, la personalidad de una persona está determinada por el dibujito frente al que estuviera el Sol en el momento su nacimiento. Más o menos lo que planteaba más arriba con respecto a las nubes, que a usted le causó tanta gracia. ¿Qué dibujito? El de Ptolomeo. ¿Por qué ése y no el de los chinos, los mayas o los etruscos? Pues porque Ptolomeo queda más a mano, supongo. De modo que ya sabe: si cuando usted nació el Sol apuntaba a un grupo arbitrario de estrellas que, según algunos, se parece a un león, usted se siente un rey. Si el dibujo era el de un toro, usted es testarudo. Si es una balanza, usted es una persona equilibrada. Sencillo, ¿no?

No. Hay complicaciones. Por ejemplo, el zodíaco está integrado por trece constelaciones ptolomeicas. Sin embargo, muchas de los partidarios de esta clase de análisis de la personalidad insisten en que sólo doce de ellas deben ser tenidas en cuenta, ignorando al pobre Ofiuco, el serpentario. ¿Por qué? Pues porque los antiguos sumerios contaban hasta doce en lugar de hacerlo hasta diez como nosotros, y en consecuencia dividían el cielo en doce porciones, como los relojes.

¿Le parece arbitrario? Entonces espere a leer lo que sigue. Según una buena proporción de esta gente, lo que debe hacer es anotar su fecha de nacimiento y averiguar frente a qué constelación estaba el Sol en esos mismos días del año 600 a.C. Debido a un fenómeno conocido como precesión de los equinoccios, el inicio de las estaciones del año se adelanta un día cada setenta años. Y puesto que es más útil sincronizar el calendario con los ciclos climáticos que con las distantes estrellas, así se hace. Como resultado, el paso del sol de una constelación a otra se retrasa, proporcionalmente, un día cada setenta años. O sea que desde el 600 a.C. el zodíaco ha atrasado más de un mes.

Por ejemplo, yo nací el 24 de febrero de 1978. Ese día, el Sol estaba frente a Acuario. Sin embargo, puesto que un 24 de febrero de hace mil seiscientos años se hallaba ante Piscis, el dibujito que me representa es el de dos pescaditos. ¿Por qué se tienen en cuenta las posiciones de aquella época en lugar de las actuales? Pues porque fue entonces cuando se dibujaron las constelaciones. Tan sencillo como eso.

Mi idea de la nube ya no resulta tan cómica, ¿verdad?

jueves, agosto 11, 2005

Un jueves

Los discos rígidos guardan sorpresas; auténticas reliquias que yacen durante años en directorios húmedos y oscuros, esperando que alguien profane la santidad de su sepulcro y los devuelva a la luz. Esto tal vez no sea un tesoro exactamente, pero constituye sin duda una curiosa pieza de autoarqueología. Se trata de un ejercicio literario, pequeño y arquetípico, que elaboré en un rato libre hace un par de años. Aprovechando la circunstancia coyuntural de ser hoy jueves, lo reproduzco aquí tal como lo encontré.

* * *

No fumaba. No tomaba. Nunca salía de noche. Cruzaba siempre por la senda peatonal y con luz verde. A cualquiera le habría parecido simplemente un hombre prudente; atípico, sí, pero normal. Pero los que lo conocíamos, los que sabíamos de sus manías, teníamos claro que era otra cosa.

Terror. Le tenía terror a la muerte. Todas noche, antes de irse a dormir, revisaba diez veces la puerta de calle y veinte las llaves de gas. Ponía tapones en todos los tomacorrientes. Tenía una alfombra de goma dentro de la bañera y otra afuera. Por supuesto que jamás tomaba baños de inmersión. Ni hablar de usar secadores de pelo o afeitadoras eléctricas. Tenía matafuegos por toda la casa; los habíamos visto.

Pero todo esto no era suficiente. No se contentaba con mantenerse alejado de la desgracia; tenía que mantener la desgracia lejos de él. En el coche (a treinta y cinco en calles, a cincuenta y cinco en avenidas) nunca iba solo: siempre lo acompañaban San Cristóbal y la Virgen en el tablero, y una pata de conejo en el retrovisor. No se asomaba a la calle si su horóscopo no le vaticinaba un día favorable. Evitaba escrupulosamente todo gato negro y toda escalera. Evitaba también los pisos altos, llevaran o no el trece nefasto.

Y sin embargo, ni siquiera todas estas precauciones bastaban para hacerlo sentir seguro. Pues siempre quedaba una brecha, un resquicio abierto por la duda. Era esa incertidumbre última lo que no soportaba, lo que le quitaba el sueño. Así fue que un día nos pidió a un par de amigos que lo acompañásemos a consultar a un adivino.

—¿Cuándo voy a morir? —le preguntó, aferrado a su crucifijo.

El augur lanzó sus piedras, hizo algunos gestos teñidos de misterio, y finalmente dio una respuesta, o algo que se parecía a una respuesta.

—Morirás un jueves.

* * *

Por supuesto, fue para peor. Desde entonces entró en un círculo emocional que amenazaba con destruirlo. El lunes se lo veía caminando como un zombi, con la cabeza gacha. El martes empeoraba, y el miércoles ya no salía de su casa. El fatídico jueves, los amigos lo acompañábamos mientras él no dejaba de temblar y de llorar, hecho un ovillo. El viernes era euforia; un festejo interminable que se extendía todo el sábado e iba muriendo lentamente a lo largo del domingo.

Esto duró varios meses. Ya no soportábamos verlo así, siempre barbudo, desaliñado, ojeroso. Corría el riesgo de perder el trabajo por su ineficiencia.

Una tarde intenté hablar con él. Inútil sería exhortarlo a que no le hiciera caso a un charlatán de feria; lo conocía demasiado bien. Esa vez traté de ser más diplomático.

—Después de todo —argumenté—, ¿qué te dijo? Que te vas a morir un jueves. Eso puede ser mañana o dentro de cincuenta años. No te dijo nada que no supieras ya.

Cuando me fui seguía deprimido, pero un poco más tranquilo.

Volví a encontrarlo unos días después, caminando alegremente por la calle como si no hubiera pasado nada.

—Te debo la vida, hermano —me dijo animado—. Estuve pensando en lo que me dijiste. Si voy a morir un jueves... ¡los otros días puedo hacer lo que se me ocurra! Puedo andar despreocupadamente por ahí, puedo cruzar la calle por mitad de cuadra... ¡sabiendo que no me va a pasar nada!

Tendría que haberle explicado que no era eso lo que yo le había dicho, pero no tenía sentido. Además, me alegré tanto de verlo así después de tanto tiempo, que no me habría atrevido.

* * *

La camioneta lo llevó por delante un miércoles. Murió en el hospital al día siguiente.

viernes, agosto 05, 2005

Cuerno al horno

Chiste: ¿Qué tienen en común un cuerno y un horno? Respuesta: ¡La ciudad natal de un navegante holandés!

No tiene mucha gracia, ¿no? No se queje. Menos gracia le debe haber causado al navegante holandés morirse en 1625.

Se llamaba Willem Schouten, y morirse no fue lo único que hizo. Antes navegó mucho, que es uno de los dos requisitos para ser un navegante holandés. Y navegando lo habría encontrado usted si hubiese andado por las costas patagónicas en enero de 1616. No iba solo: lo acompañaba el comerciante Jacob Le Maire. (También estaban los marineros típicos de estas historias, cuyos nombres no interesan a nadie salvo que se dediquen a gritar «¡Tierra! ¡Tierra!» trepados al palo mayor de La Pinta.)

¿Y qué buscaban estos caballeros neerlandeses?, se preguntará usted. La respuesta: las islas Molucas. No, no andaban tan despistados como para buscarlas por ahí. Lo que intentaban en aquellas aguas australes era salvar los dos obstáculos que los separaban de su destino.

Uno de esos obstáculos se llamaba «continente americano». El otro tenía un nombre más difícil: predisponga su laringe a la gárgara y trate de dedir Vereenigde Oostindische Compagnie. Si le resulta muy difícil, puede usar simplemente la sigla VOC o, si lo prefiere, la traducción española: Compañía Unida de las Indias Orientales. En aquel entonces, la VOC tenía derechos exclusivos sobre el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Buena Esperanza. Toda nave que cumpliera la triple condición de: a) ser mercante, b) navegar bajo bandera holandesa y c) no pertenecer a tal compañía, tenía vedados esos pasos.

Esta situación frustraba mucho a don Isaac Le Maire, padre de Jacob, quien quería una tajada del lucrativo tráfico de especias orientales. Así que, en sociedad con Schouten (a quien ya he mencionado como el protagonista de esta historia, o algo así), fundó la Compañía Austral y fletó dos barcos con destino a Sudamérica.

«No vuelvan sin haber encontrado un pasaje alternativo al Pacífico», le dijo acaso don Isaac al joven Jacob, a lo cual éste quizá respondió con un «Sí, pa». También podemos imaginar los que habrá pensado Jacob meses más tarde, al ver arder una de las naves mientras estaba siendo carenada en Puerto Deseado: «¡Mi viejo me mata!».

En fin, dejaré de entretenerlo con lo imaginario para avanzar en lo concreto. Los emprendedores hombres siguieron viaje con un solo barco y el 25 de enero de 1616 hallaron el paso que buscaban. Navegando entre dos costas, llamaron a la de babor «Tierra de los Estados», y «Tierra del Príncipe Mauricio de Nassau» a la de estribor. La primera se llama hoy Isla de los Estados, y puede usted localizarla en el mapa pegada al dedo gordo de Tierra del Fuego. El canal descubierto por los navegantes lleva hoy el nombre de Estrecho de Le Maire. La chupada de medias al príncipe de Holanda, por su parte, cayó en el olvido toponímico.

Se dice que aquellas aguas son a la navegación como el monte Everest es al montañismo. Claro que Schouten y Le Maire nunca habían oído hablar del Everest, y muy confiados se internaron en el mar que el clima violento y los empinados riscos convertían en una trampa mortal.

Es posible que a esta altura esté usted preguntándose: «¿Qué cuernos tiene esto que ver con un horno?». Antes de que reaccione a ese pensamiento con un «¡Ajá!» y venga a buscarme armado, le ruego me conceda la oportunidad de finalizar la historia.

La historia (la parte que nos interesa, al menos) finaliza el 29 de enero. El capitán Schouten batallaba contra el mar aquel atardecer, usando un timón como arma. Mientras se afanaba por mantener la nave alejada de los acantilados, divisó una imponente lengua de tierra al frente y, como si no hubiera tenido nada mejor que hacer, resolvió llamarla Kaap Hoorn («Cabo Hoorn») en recuerdo de su ciudad natal.

Después los acontecimiendos siguieron su curso: los navegantes rodearon exitosamente el cabo y continuaron viaje, hasta que al llegar a Java (entonces colonia holandesa) el gobernador se negó a creer lo del nuevo paso y los hizo arrestar por violar el monopolio de la VOC.

Dejemos que se vayan y detengámonos en el cabo, que es donde quería llegar. Estamos en el punto más austral de América. ¿Ve usted algún horno o algún cuerno por algún lado? Yo tampoco. Todo lo que veo son piedras y un frío que hiela hasta aquellos distritos del cuerpo humano que, como los cuernos y los hornos, tampoco se ven.

Pero hubo gente que sí los vio. ¿Dónde? ¡En el nombre del cabo! Ese nombre que coincide con el de la ciudad natal del navegante holandés: Hoorn. Los marinos anglófonos lo adaptaron a su idioma transformándolo en Cape Horn, literalmente «Cabo Cuerno». Por su parte, los hispanófonos hicieron lo propio y hoy, en la parte chilena del archipiélado de Tierra del Fuego, hay un accidente geográfico llamado «Cabo de Hornos».

Bueno, era eso.

Sí, el chiste sigue sin tener gracia. Pero por lo menos el dato curioso podrá resultarle útil si alguna vez quiere ser el alma de una fiesta.

martes, agosto 02, 2005

¡Pez Diablo se va para arriba!

Animalito e’ dió. Hace apenas tres días que nada en las aguas turbulentas de Internet y ya mereció una mención en Perspectivas, que es algo así como un meta-blog sobre el análisis de fenómenos extraños, administrado por Luis Ruiz Noguez, Diego Zúñiga y Kentaro Mori. La entrada lleva el título «Gluón con leche, las patillas de Asimov y la leyenda del pez diablo».

Observe aquí a un papá orgulloso.

lunes, agosto 01, 2005

La leyenda del pez diablo

¿Por qué Pez Diablo? ¿Qué es esa cosa tan fea que asoma allá arriba? En la inauguración de este blog adelanté que iba a dar las respuestas a estas preguntas, y de eso se trata esta nueva entrada.

Esa cosa tan repugnante que corona este weblog es el protagonista de uno de los pocos fenómenos paranormales que se han visto en la ciudad de Pergamino. Su historia, como toda historia de misterio que se precie, halla su anclaje en una casa. Se llama «Casa Graciela». Está sobre calle San Nicolás, a la vuelta del edificio de la municipalidad, y a primera vista es como cualquier otra boutique. A segunda vista no. Para empezar, presenta un rasgo topológico que suele caracterizar a locales más grandes: sus vidrieras se adentran en el edificio, definiendo entre ambas una garganta (o pasillo, si usted lo prefiere) que desemboca, metros más adentro, en una epiglotis que, a falta de un nombre más descriptivo, llamaremos «puerta».

En ese pasillo suelen exhibirse dos yacimientos desusados en un negocio de esta especie. Uno de ellos es una vitrina que contiene billetes y monedas de edades y procedencias surtidas, protegido cada espécimen pecuniario por un envoltorio plástico que lleva adosados una descripción y un precio. El otro yacimiento es una colección de libros y revistas que, lejos de ser incunables, revisten sin embargo una antigüedad y rareza notorias. El pergaminense que esté interesado en un Siete Días de la década del ’70 o un El Gráfico de la época en que atajaba Carrizo haría bien en darse una vuelta por Casa Graciela.

Pero lo más inquietante es lo que se descubre a tercera vista.

Más de una vez he curioseado entre estos ejemplares, y en una ocasión compré allí una edición de los ’50 de La isla del tesoro. Fue en una de esas oportunidades que lo vi por primera vez, monopolizando una de las vidrieras.

En una palabra: horrible. En otra palabra: espantoso. Poniéndolo en imágenes, era más o menos así:



Impresiona, ¿eh? Aunque en aquel entonces no estaba enganchado a un palo de plumero como se lo ve aquí, sino suspendido del techo con tanzas, y tenía adherido un papel en el que se leía «pez diablo». Yo nunca había visto nada parecido, y me llevé a mi casa la impresión y la incógnita (además del libro).

Y acontenció un buen día que, al buscarlo para regodearme morbosamente en la repugnancia, no lo encontré. La vidriera había reclamado su función natural de muestrario de mercaderías, y el engendro había sido desplazado. Aquel día volví a mi casa sin impresión y sin libro, pero con una incógnita de más.

Pasaron los años. No muchos, dos o tres a lo sumo.

Y al fin tengo para ofrecerle, amigo lector epiceno, una fecha específica: lunes 11 de octubre de 2004. Eran poco más de las 19 horas, y el televisor estaba sintonizado en América Noticias. Fue entonces cuando, sin aviso, una cara conocida apareció en la pantalla. La cara era ésta:



«¿Qué es esto?», preguntaba con profesional espanto la voz en off, prometiendo una cobertura del asunto en el transcurso del programa. El juego de encuadres y contraluces le daba al engendro un aspecto más siniestro aún que el que tenía por derecho propio, pero esto no me impidió decir: «Eh, yo lo conozco». La historia que relaté a mi familia fue confirmada minutos más tarde, cuando se mencionó a Pergamino. Conocimos entonces a Palmira Pajón, la dueña de Casa Graciela, quien instalada junto al bicho (que ya no colgaba con una inclinación que sugería un pez en el agua, sino que se lo veía erguido, como un homúnculo) aseveraba categóricamente: «Es un bebé extraterrestre».



La señora Palmira contaba a la cámara su versión de los hechos:

Lo pesqué yo en Monte Hermoso. Cuando lo saqué lo primero que hizo fue mirar a mi marido a los ojos. Después me empezó a mirar a mí, y después miraba a todas partes. Giraba la cabeza porque tenía el cuello como nosotros.

El hecho de que la señora Palmira llevara un cuello ortopédico al momento de dar la entrevista plantea una tentación que resistiré lo suficiente como para no poner más que este comentario. El relato continuaba:

Tiene más o menos veinticinco años, y guardado estaba en una caja y hace poco tiempo mi yerno encontró esa caja, la abrió y vio. No sabía lo que era eso. Me vino a preguntar, y entonces yo me acordé que hacia años estaba guardado.

El bicho, atado a su palito tutor, no confirmaba ni negaba la historia. A lo mejor temió que la señora Palmira se enterara de sus travesuras, cuando escapaba de la caja y se exponía a la vista del mundo en la vidriera del negocio.

O a lo mejor no hablaba por la sencilla circunstancia de que estaba embalsamado.

El noticiero terminó con la promesa de más información sobre el asunto para el día siguiente. Y, por supuesto, las preguntas quedaron ahí. ¿Por qué estaba tan segura la señora Palmira que eso era un «bebé extraterrestre»? ¿Lo había oído llamando a su mamá? ¿O tal vez había encontrado ejemplares adultos? En la edición del martes 12, la señora pareció dar alguna pista al referirse a un extraño que llegó a preguntar por el exoinfante:

Apareció un hombre negro, grandote, gordo, con sombrero negro. Se le volaban las solapas del sobretodo, bailaba, pero cuando bailaba me amenazaba. Vivió amenazándome todo el rato (...) y yo le preguntaba: «¿Quién es usted?» Se me ocurrió decirle eso, no sabía qué hacer. No me contestó. Le volví a preguntar: «¿Quién es usted?», y tampoco. Entonces pensé: «La próxima vez se lo voy a decir fuerte por si está mi yerno, para que entre y vea». Me adivinó el pensamiento y desapareció.

¿Había sido visitada la señora por el papá de la criatura? Si es así, todo parece indicar que llevaba muy poco tiempo entre nosotros, pues de otra manera no se explica su patético mimetismo con la especie humana. Si hasta la cucaracha Edgar de la película Hombres de negro llevaba un mejor disfraz.

Como sea, de este Michael Jackson in Black no hay más referencias que las ofrecidas por la señora, mientras que la minimomia seguía ahí, a la vista de todo el mundo. La primera entrega del informe no había dado muchos indicios ciertos sobre su posible naturaleza (salvo que usted, amigo lector epiceno, le atribuya algún peso a los divagues sobre sobre puertas interdimensionales con que Fabio Zerpa regaló a la audiencia).

Pero, pese a que seguía sin saber «qué es esto», yo estaba contento de que se hubiera mencionado a Pergamino en un noticiero de la capital, y por un asunto tan loco, nada menos. Esa misma noche lo mencioné en la lista de correo de Axxón, con cierto orgullo localista. La repercusión no se hizo esperar, y en poco tiempo (gracias particularmente a las respuestas de Eduardo Carletti, director de Axxón, y Alejandro Agostinelli) terminé sabiendo más de aquel fenómeno (en el más amplio sentido de la palabra) que los periodistas del multimedio.

Todo muy lindo, pero ¿qué es?

«¿Qué es esto?», repetía insistente el locutor en un tono indicativo de que importaba más la pregunta que la respuesta. Sin embargo, respuesta hay, y es bastante sencilla.

Se trata de un condrictio elasmobranquio del orden de los miliobatiformes.

En criollo: Un pescado. Una raya.

«Eso no parece una raya —dirá tal vez usted en un arranque de sano escepticismo—. Para empezar, las rayas no tienen los ojos ahí». Es verdad. Pero, ¿quién dijo que ésos son los ojos? Es con las fosas nasales que el pescadito le lanza esa mirada amenazante. Sí, ya sé que los peces se caracterizan por su respiración branquial, pero de todas maneras disponen de fosas puesto que tales son sus órganos olfatorios. Y el cuerno, cresta, protuberancia o como prefiera llamar a esa excrecencia del cráneo del supuesto alienígena tampoco es tal. Se trata sencillamente de la trompa del animal. (La boca es la boca.)


Y esto no es todo. Aquí cedo la palabra a Vicente Di Martino, director del Museo Municipal de Monte Hermoso, quien fue entrevistado a propósito del asunto por el sitio Montenoticia:

Este tipo de peces los conozco desde hace muchos años y estaban a la venta en una casa de caracoles de Mar del Plata (...) Es evidente que este pez está momificado, tiene cortes en las fosas nasales para que parezcan ojos, están cortadas las aletas de la raya aparentando la forma de tronco de una persona y los fórceps (cartílago que facilita a la especie la reproducción) simulan las piernas de este pez que denominan ahora el «bebé extraterrestre».

En resumen: ya sabemos que la criaturita no estuvo veinte años durmiendo en una caja ni es extraterrestre. Del estrafalario visitante de la señora Palmira no tenemos pistas. Pero a no desesperar, que visto el tamaño que pueden alcanzar algunas especies de raya, sobrevive la posibilidad de que efectivamente sea un bebé.

Ni siquiera es una «confusión» original, como se puede comprobar en la web de Editorial Bitácora. Aunque probablemente nada de esto disuada a la señora Palmira:

Es un bebé extraterrestre... Ahora, porque antes creíamos que era el pez diablo.

Observe el uso del artículo definido. No es un pez diablo, nombre con que se venden estos souvenirs. No, es el pez diablo. Mientras me pregunto si debería escribirlo con mayúsculas reverenciales, me viene a la mente la imagen del bichito ofreciendo grandes riquezas a merluzas y salmones a cambio de su alma inmortal. Una idea absurda, por supuesto. Está claro por qué la señora Palmira la rechaza.

Expertos

En los tres días en que se repartió la cobertura noticiosa desfilaron por la pantalla de América Noticias varios «expertos en fenómenos paranormales», cada uno con su versión. Pero si he de ser justo, debo decir que el noticiero no privó a sus espectadores de la hipótesis ictícola:

La raya tiene un tamaño como una gran ala, un ala delta. Una vez que la tomás le vas haciendo una serie de cortes, de disecciones, la vas dejando cada vez más chica, y le cortás aquí como si fueran colas. Aquí se le hacen otros cortes para que parezca un rostro, un rostro que impresiona. Ésta es la boca natural de la raya, la verdadera. Luego, la disecás y ¡oh milagro! Tenés aquí una entidad biológica desconocida, única, que alguien encontró en algún sitio misteriosamente.

Lo curioso de esta explicación, no exenta de un toque de cinismo, es encontrarla en boca de Antonio Las Heras, alguien cuyas credenciales no parecen mucho más prolijas que las de Zerpa. En su sitio web puede usted encontrar artículos sobre ovnis, talismanes, control mental y otros etcéteras, y no precisamente para analizarlos como fenómenos folklóricos. Pero bien se dice por algunas tierras que «la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero», y en este caso corresponde hacer un gesto de asentimiento en dirección al porquero.

Lástima que América Noticias no piense igual. Claro que no podía tirar por la borda su fama de noticiero serio respaldando al «bebé extraterrestre». Pero tampoco se podía dar el lujo de permitir que el misterio muriera; no después de trasladar equipos a más de doscientos kilómetros y de encarnar con el bichito el anzuelo del rating durante tres ediciones. Así que el veredicto, con el visto bueno de un veterinario, fue que se trataba de una especie de pez desconocida. Qué solución tan bonita y poco comprometedora, ¿verdad?

Final

Y llegamos ya al final de esta historia de una cabeza y un nombre. Al día de hoy, el pequeñín sigue expuesto en un lugar prominente de Casa Graciela, donde todos pueden pasar a verlo. Si quiere saber más del asunto puede consultar el artículo de Néstor Genta que al respecto publicó el sitio Tribuna de Periodistas, el cual usé como referencia para ayudar a mi memoria. De este texto quiero destacar el siguiente pasaje:

Este sencillo columnista, que vuelca en éste libre sitioweb algunas investigaciones, no cuenta con el poder de América. El multimedio posee medios gráficos (diario “Ambito Financiero” y revista “La Primera”). Así como televisión (“Canal 2 América TV” La Plata, Buenos Aires, cuatro canales en el Interior del país; señal “Cablevisión Noticias”). (Fuente www.lavaca.org)

Recalco ésto para dejar bien en claro que si a mí me llevó menos de quince minutos develar el “misterio”, imaginen, queridos lectores, lo que podrían investigar la enorme cantidad de periodistas que trabajan para el multimedio.

No es mi intención cerrar esta entrada criticando a América. Después de todo, ya lo hace el propio Genta, y también lo hace Clarín (medio que tampoco está en condiciones de lanzar la primera piedra, pero ésa es harina de otro costal). Sé, sin embargo, como lector y espectador, que si quiero saber algo que no esté relacionado con la política o la economía hallaré provechoso alejarme de los medios masivos.

Sí, es una historia con moraleja. Molesto, ¿no?

Espero que de todas maneras la haya disfrutado. No mucho tal vez, pero sí lo suficiente como para tenerlo de vuelta por aquí. ¡Hasta pronto, si usted quiere!

sábado, julio 30, 2005

Ha nacido un nuevo blog

«Qué novedad», estará pensando usted, amigo lector epiceno, al leer el título de esta entrada. «Nace un nuevo blog cada 7,4 segundos y más de la mitad no dura más que unos meses», insistirá, al tanto de las cifras de Internet. Ya adivino su intención, ya intuyo la flechita apuntando a algún lugar más interesante, mientras su dedo vibra nervioso sobre el gatillo izquierdo del ratón.

Por favor, no dispare aún. No antes de conocer los motivos que me impulsan a esto.

La verdad es que tengo miedo. Tengo miedo de que, tal como van las cosas, algún día la policía me detenga por la calle y, tras averiguar que carezco de blog, me lleve detenido por averiguación de antecedentes. Acaso la blogosfera sea el Libro de la Vida en el que ha de estar inscripto mi nombre si no quiero pasar la eternidad chamuscándome y oliendo azufre. Aunque, según esta perspectiva apocalíptica, un blog bien podría ser la Marca de la Bestia. Como sea, no quiero quedarme afuera.

Bien, veo que he captado su interés, ya que sigue usted leyendo. No, no me pregunte cómo lo sé, sería largo de explicar. Pero, puesto que ha llegado hasta aquí, sería de buen tono presentarme.

Nací hace tantos años que es difícil contarlos. Está bien, son veintisiete. Podría incluir mi fecha de nacimiento en mi perfil, pero me resisto a que Blogger me identifique por mi signo zodiacal y mi animal chino. Si por lo menos tuviera la decencia de informar cuándo se me ha de saludar por mi cumpleaños...

Ah, claro. Usted quiere que deje de estirar y le diga de una vez de qué corno va a tratarse este blog. Pues vea, va ser de todo un poco. Hoy pondré un comentario sobre algo que me llamó la atención, mañana un enlace a algo que hice en otra parte, pasado mañana despotricaré contra algo que no me gusta... Por lo general, y de manera predecible, los posts girarán alrededor de los temas que descubrirá si mira mi perfil y la lista de enlaces de la derecha.

Sí, yo soy el autor de El Gaucho de los Anillos. ¿Cómo que qué es eso? Si no lo sabe, haga click en los enlaces y entérese. Su vida no volverá a ser la misma. Y ya que está en eso, péguese también una vuelta por mis cuentitos. Pondría también enlaces a AnaCrónicas, la sección que, bajo el seudónimo «Otis», escribo para Axxón, pero no me alcanzaría la columna. Pero puede visitar la última entrega (al momento de escribir esto) y luego, si no entiende nada (lo más probable), explorar el archivo de la revista para recolectar las piezas faltantes.

Bien, creo que para empezar ya es suficiente. En este acto solemne doy por inaugurado Pez Diablo, mi capullo particular en la telaraña mundial. En una próxima entrada, si decide regresar, contaré la historia de ese nombre y el por qué de la imagen que encabeza esta página. ¡Hasta entonces!