viernes, agosto 05, 2005

Cuerno al horno

Chiste: ¿Qué tienen en común un cuerno y un horno? Respuesta: ¡La ciudad natal de un navegante holandés!

No tiene mucha gracia, ¿no? No se queje. Menos gracia le debe haber causado al navegante holandés morirse en 1625.

Se llamaba Willem Schouten, y morirse no fue lo único que hizo. Antes navegó mucho, que es uno de los dos requisitos para ser un navegante holandés. Y navegando lo habría encontrado usted si hubiese andado por las costas patagónicas en enero de 1616. No iba solo: lo acompañaba el comerciante Jacob Le Maire. (También estaban los marineros típicos de estas historias, cuyos nombres no interesan a nadie salvo que se dediquen a gritar «¡Tierra! ¡Tierra!» trepados al palo mayor de La Pinta.)

¿Y qué buscaban estos caballeros neerlandeses?, se preguntará usted. La respuesta: las islas Molucas. No, no andaban tan despistados como para buscarlas por ahí. Lo que intentaban en aquellas aguas australes era salvar los dos obstáculos que los separaban de su destino.

Uno de esos obstáculos se llamaba «continente americano». El otro tenía un nombre más difícil: predisponga su laringe a la gárgara y trate de dedir Vereenigde Oostindische Compagnie. Si le resulta muy difícil, puede usar simplemente la sigla VOC o, si lo prefiere, la traducción española: Compañía Unida de las Indias Orientales. En aquel entonces, la VOC tenía derechos exclusivos sobre el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Buena Esperanza. Toda nave que cumpliera la triple condición de: a) ser mercante, b) navegar bajo bandera holandesa y c) no pertenecer a tal compañía, tenía vedados esos pasos.

Esta situación frustraba mucho a don Isaac Le Maire, padre de Jacob, quien quería una tajada del lucrativo tráfico de especias orientales. Así que, en sociedad con Schouten (a quien ya he mencionado como el protagonista de esta historia, o algo así), fundó la Compañía Austral y fletó dos barcos con destino a Sudamérica.

«No vuelvan sin haber encontrado un pasaje alternativo al Pacífico», le dijo acaso don Isaac al joven Jacob, a lo cual éste quizá respondió con un «Sí, pa». También podemos imaginar los que habrá pensado Jacob meses más tarde, al ver arder una de las naves mientras estaba siendo carenada en Puerto Deseado: «¡Mi viejo me mata!».

En fin, dejaré de entretenerlo con lo imaginario para avanzar en lo concreto. Los emprendedores hombres siguieron viaje con un solo barco y el 25 de enero de 1616 hallaron el paso que buscaban. Navegando entre dos costas, llamaron a la de babor «Tierra de los Estados», y «Tierra del Príncipe Mauricio de Nassau» a la de estribor. La primera se llama hoy Isla de los Estados, y puede usted localizarla en el mapa pegada al dedo gordo de Tierra del Fuego. El canal descubierto por los navegantes lleva hoy el nombre de Estrecho de Le Maire. La chupada de medias al príncipe de Holanda, por su parte, cayó en el olvido toponímico.

Se dice que aquellas aguas son a la navegación como el monte Everest es al montañismo. Claro que Schouten y Le Maire nunca habían oído hablar del Everest, y muy confiados se internaron en el mar que el clima violento y los empinados riscos convertían en una trampa mortal.

Es posible que a esta altura esté usted preguntándose: «¿Qué cuernos tiene esto que ver con un horno?». Antes de que reaccione a ese pensamiento con un «¡Ajá!» y venga a buscarme armado, le ruego me conceda la oportunidad de finalizar la historia.

La historia (la parte que nos interesa, al menos) finaliza el 29 de enero. El capitán Schouten batallaba contra el mar aquel atardecer, usando un timón como arma. Mientras se afanaba por mantener la nave alejada de los acantilados, divisó una imponente lengua de tierra al frente y, como si no hubiera tenido nada mejor que hacer, resolvió llamarla Kaap Hoorn («Cabo Hoorn») en recuerdo de su ciudad natal.

Después los acontecimiendos siguieron su curso: los navegantes rodearon exitosamente el cabo y continuaron viaje, hasta que al llegar a Java (entonces colonia holandesa) el gobernador se negó a creer lo del nuevo paso y los hizo arrestar por violar el monopolio de la VOC.

Dejemos que se vayan y detengámonos en el cabo, que es donde quería llegar. Estamos en el punto más austral de América. ¿Ve usted algún horno o algún cuerno por algún lado? Yo tampoco. Todo lo que veo son piedras y un frío que hiela hasta aquellos distritos del cuerpo humano que, como los cuernos y los hornos, tampoco se ven.

Pero hubo gente que sí los vio. ¿Dónde? ¡En el nombre del cabo! Ese nombre que coincide con el de la ciudad natal del navegante holandés: Hoorn. Los marinos anglófonos lo adaptaron a su idioma transformándolo en Cape Horn, literalmente «Cabo Cuerno». Por su parte, los hispanófonos hicieron lo propio y hoy, en la parte chilena del archipiélado de Tierra del Fuego, hay un accidente geográfico llamado «Cabo de Hornos».

Bueno, era eso.

Sí, el chiste sigue sin tener gracia. Pero por lo menos el dato curioso podrá resultarle útil si alguna vez quiere ser el alma de una fiesta.

4 comentarios:

  1. Una entrada bien amena. Se agradece.

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  2. Sólo puedo agregar una cosa:
    ¡Cuernos!
    (Estoy leyendo más sobre la VOC en "Azogue" de Neal Stephenson (la precuela de "Criptonomicón")

    Y saludos de Combo MacDonald, el hobbit hamburguesero.

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  3. Otis, Otis, responsable de las diferencias entre los perros y los ascensores...
    Excelente lo vuestro, as usual.
    ¡Pra frente!

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  4. como nieto de holandes me gusto mucho la histiria me apellido hoorn.

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