jueves, agosto 18, 2005

Figuras en el cielo

La próxima vez que una nube le tape el Sol, observe qué forma tiene. Si es la de un árbol, entonces usted es de madera.

¿De qué se ríe? ¿Le parece gracioso?

Tal vez lo sea. Después de todo, la búsqueda de formas en las nubes no es más que un ejercicio de imaginación. Yo lo he practicado alguna vez, y seguramente usted también. Sabemos muy bien que si una nube se parece a un caballo, a una gallina o a un conejo, tal semejanza es simplemente un capricho de nuestros ojos, del cual no se desprende ningún parentesco entre las gotas de agua en suspensión y los animales de granja.

Aunque hay quienes no tienen suficiente con este juego de similitudes morfológicas, y persiguen desafíos mayores. Por ejemplo, hace muchos años hubo quienes emprendieron la búsqueda de este tipo de patrones en las estrellas. Claro que la infinidad de puntitos luminosos plantea una tarea más ardua que los cúmulus nimbus. La falta de contornos definidos no sólo priva al ojo de indicios que se resuelvan en siluetas familiares, sino que tampoco permite definir claramente las fronteras entre una silueta y otra.

Pero aquellos audaces observadores no se dejaron amedrentar por esos obstáculos. Simplemente entornaron los ojos y pusieron su imaginación a trabajar. «¿Qué tal —se preguntaron— si trazamos una línea de esa estrella a esa otra, y de esa otra a...?» Y probando, llegaron a un dibujito que, poniéndole un poco de imaginación, sugería una persona. Otro dibujito parecía una copa. Un tercero recordaba a un barco. «¿Y aquél...?»

Puesto que esos dibujitos (que llamaron «constelaciones») resultaban útiles para identificar los distritos del cielo, se hizo necesario dejar constancia de ellos. Así se evitaba el grave riesgo de que cada uno usara sus propias figuras, de manera que cuando uno se refiriera, por ejemplo, a «la estrella que está en el pico del pavo», otro no le respondiera «pavo serás vos que creés que ves uno», con la consiguiente andanada de golpes y los escollos que eso supone para el avance de la ciencia astronómica. Así fue que en el siglo I, el astrónomo griego Claudio Ptolomeo escribió un libro que hoy conocemos como Almagesto, en el que recopiló, entre otras cosas, muchas de las constelaciones que seguimos usando al día de hoy.

Otra gente en otros lugares vio, naturalmente, otra figuras. Por ejemplo: las estrellas que agrupamos bajo el nombre de «Acuario» se reparten en el firmamento chino entre las constelaciones de Nü, Xu y Wei. Esta última también incluye a parte del Pegaso, que reparte otros de sus vértices estelares entre Shi y Bi. Todas estas constelaciones orientales forman parte de una especie de superconstelación llamada «Tortuga Negra del Norte».

Ahora bien: a lo largo del año, el Sol va pasando sucesivamente ante varias de estas constelaciones. Mejor dicho: a medida que la Tierra sigue su camino elíptico, los que en ella viajamos vamos viendo al Sol desde distintos ángulos, lo cual propicia que el dibujito estelar que queda a sus espaldas se vaya alternando. La franja de constelaciones que tienen esta distinción es lo que llamamos «zodíaco».

Y aquí viene lo bueno. Según algunos, la personalidad de una persona está determinada por el dibujito frente al que estuviera el Sol en el momento su nacimiento. Más o menos lo que planteaba más arriba con respecto a las nubes, que a usted le causó tanta gracia. ¿Qué dibujito? El de Ptolomeo. ¿Por qué ése y no el de los chinos, los mayas o los etruscos? Pues porque Ptolomeo queda más a mano, supongo. De modo que ya sabe: si cuando usted nació el Sol apuntaba a un grupo arbitrario de estrellas que, según algunos, se parece a un león, usted se siente un rey. Si el dibujo era el de un toro, usted es testarudo. Si es una balanza, usted es una persona equilibrada. Sencillo, ¿no?

No. Hay complicaciones. Por ejemplo, el zodíaco está integrado por trece constelaciones ptolomeicas. Sin embargo, muchas de los partidarios de esta clase de análisis de la personalidad insisten en que sólo doce de ellas deben ser tenidas en cuenta, ignorando al pobre Ofiuco, el serpentario. ¿Por qué? Pues porque los antiguos sumerios contaban hasta doce en lugar de hacerlo hasta diez como nosotros, y en consecuencia dividían el cielo en doce porciones, como los relojes.

¿Le parece arbitrario? Entonces espere a leer lo que sigue. Según una buena proporción de esta gente, lo que debe hacer es anotar su fecha de nacimiento y averiguar frente a qué constelación estaba el Sol en esos mismos días del año 600 a.C. Debido a un fenómeno conocido como precesión de los equinoccios, el inicio de las estaciones del año se adelanta un día cada setenta años. Y puesto que es más útil sincronizar el calendario con los ciclos climáticos que con las distantes estrellas, así se hace. Como resultado, el paso del sol de una constelación a otra se retrasa, proporcionalmente, un día cada setenta años. O sea que desde el 600 a.C. el zodíaco ha atrasado más de un mes.

Por ejemplo, yo nací el 24 de febrero de 1978. Ese día, el Sol estaba frente a Acuario. Sin embargo, puesto que un 24 de febrero de hace mil seiscientos años se hallaba ante Piscis, el dibujito que me representa es el de dos pescaditos. ¿Por qué se tienen en cuenta las posiciones de aquella época en lugar de las actuales? Pues porque fue entonces cuando se dibujaron las constelaciones. Tan sencillo como eso.

Mi idea de la nube ya no resulta tan cómica, ¿verdad?

4 comentarios:

  1. Me encnato tu entrada del pez diablo, solo que no se quedo el mensaje y se me ha hecho muy amena la de esta nueva entrada, promete mucho tu blog, un saludo desde el otro lado del charco.

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  2. No tuve mucho tiempo para leer todo, creí que se trataría de un pez diablo pero no lo encontré & me aburri... aunque me resultó interesante lo que leí.

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  3. a bueno la lectura estobo intereesante yo crei q era una historia de un pez q era diadlo
    aunq lo malo fue q me aburri mucho pero si estudo interesante psssssssssssss son mejores los cuentos de terror

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  4. Para Anónimo Recurrente: La próxima vez adcordáte que ya visitaste esta entrada y que te aburrió y que te pareció interesante al mismo tiempo, aunque no la hayas terminado nunca.

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