jueves, agosto 11, 2005

Un jueves

Los discos rígidos guardan sorpresas; auténticas reliquias que yacen durante años en directorios húmedos y oscuros, esperando que alguien profane la santidad de su sepulcro y los devuelva a la luz. Esto tal vez no sea un tesoro exactamente, pero constituye sin duda una curiosa pieza de autoarqueología. Se trata de un ejercicio literario, pequeño y arquetípico, que elaboré en un rato libre hace un par de años. Aprovechando la circunstancia coyuntural de ser hoy jueves, lo reproduzco aquí tal como lo encontré.

* * *

No fumaba. No tomaba. Nunca salía de noche. Cruzaba siempre por la senda peatonal y con luz verde. A cualquiera le habría parecido simplemente un hombre prudente; atípico, sí, pero normal. Pero los que lo conocíamos, los que sabíamos de sus manías, teníamos claro que era otra cosa.

Terror. Le tenía terror a la muerte. Todas noche, antes de irse a dormir, revisaba diez veces la puerta de calle y veinte las llaves de gas. Ponía tapones en todos los tomacorrientes. Tenía una alfombra de goma dentro de la bañera y otra afuera. Por supuesto que jamás tomaba baños de inmersión. Ni hablar de usar secadores de pelo o afeitadoras eléctricas. Tenía matafuegos por toda la casa; los habíamos visto.

Pero todo esto no era suficiente. No se contentaba con mantenerse alejado de la desgracia; tenía que mantener la desgracia lejos de él. En el coche (a treinta y cinco en calles, a cincuenta y cinco en avenidas) nunca iba solo: siempre lo acompañaban San Cristóbal y la Virgen en el tablero, y una pata de conejo en el retrovisor. No se asomaba a la calle si su horóscopo no le vaticinaba un día favorable. Evitaba escrupulosamente todo gato negro y toda escalera. Evitaba también los pisos altos, llevaran o no el trece nefasto.

Y sin embargo, ni siquiera todas estas precauciones bastaban para hacerlo sentir seguro. Pues siempre quedaba una brecha, un resquicio abierto por la duda. Era esa incertidumbre última lo que no soportaba, lo que le quitaba el sueño. Así fue que un día nos pidió a un par de amigos que lo acompañásemos a consultar a un adivino.

—¿Cuándo voy a morir? —le preguntó, aferrado a su crucifijo.

El augur lanzó sus piedras, hizo algunos gestos teñidos de misterio, y finalmente dio una respuesta, o algo que se parecía a una respuesta.

—Morirás un jueves.

* * *

Por supuesto, fue para peor. Desde entonces entró en un círculo emocional que amenazaba con destruirlo. El lunes se lo veía caminando como un zombi, con la cabeza gacha. El martes empeoraba, y el miércoles ya no salía de su casa. El fatídico jueves, los amigos lo acompañábamos mientras él no dejaba de temblar y de llorar, hecho un ovillo. El viernes era euforia; un festejo interminable que se extendía todo el sábado e iba muriendo lentamente a lo largo del domingo.

Esto duró varios meses. Ya no soportábamos verlo así, siempre barbudo, desaliñado, ojeroso. Corría el riesgo de perder el trabajo por su ineficiencia.

Una tarde intenté hablar con él. Inútil sería exhortarlo a que no le hiciera caso a un charlatán de feria; lo conocía demasiado bien. Esa vez traté de ser más diplomático.

—Después de todo —argumenté—, ¿qué te dijo? Que te vas a morir un jueves. Eso puede ser mañana o dentro de cincuenta años. No te dijo nada que no supieras ya.

Cuando me fui seguía deprimido, pero un poco más tranquilo.

Volví a encontrarlo unos días después, caminando alegremente por la calle como si no hubiera pasado nada.

—Te debo la vida, hermano —me dijo animado—. Estuve pensando en lo que me dijiste. Si voy a morir un jueves... ¡los otros días puedo hacer lo que se me ocurra! Puedo andar despreocupadamente por ahí, puedo cruzar la calle por mitad de cuadra... ¡sabiendo que no me va a pasar nada!

Tendría que haberle explicado que no era eso lo que yo le había dicho, pero no tenía sentido. Además, me alegré tanto de verlo así después de tanto tiempo, que no me habría atrevido.

* * *

La camioneta lo llevó por delante un miércoles. Murió en el hospital al día siguiente.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Andrés, felicítote por esta entrada, por tu blog y por todo lo que hacés en general. Ahora bien, basta de cháchara: ¿Vos me vas a pagar las horas de psicólogo que me hacen falta para superar los ataques de pánico que sufro al subirme a ascensores o escaleras mecánicas marca OTIS? ¡Están por todos lados! ¡Es una maniobra anaclónica! ¡No, es la hora de comer, tengo que bajar en OTIS!

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  2. "Volver al Futuro" tenía una idea parecida cuando allá en el lejano oeste la lápida señalaba fecha de muerte un lunes, y el sábado le darían un tiro que en dos días lo desangrarían. "Qué imaginativos" pensé. También, está ese otro cuento del hombre fanáticamente creyente de los horóscopos, que un día al leer dos por accidente le dicen exactamente lo opuesto. Ahora tenemos este cuento que no tendrá el privilegio de ser estrenada en conocidas revistas, pero debería al menos ser reeditada por ahí.

    Si es que OTIS y sus ascensores secuaces así lo quieren, por supuesto. Por acá también andan, los vi camino al dentista (imagina el terror lovecraftiano con que ya entré a la silla de cirujía bucal).

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