miércoles, agosto 31, 2005

Wallpaper axxoniano

El próximo 21 de septiembre Axxón cumple dieciséis añitos y, a falta de aptitudes reposteras, cociné este rico wallpaper para agasajar a los axxonautas. Disponible en dos sabores: 800 × 600 y 1024 × 768.

Cierro aquí la entrada para no seguir con las alegorías gastronómicas. Espero que le guste.

miércoles, agosto 24, 2005

Aquí me pongo a rimar

Dijo el Gandalf: «Mucho tiempo
se ha perdido ya, mi rey.
Ya bastante ha dado el güey
cornadas a su colega;
ahura que la guerra llega,
ser unidos es la ley.»

De cuando en cuando doy con una estrofa de la que me siento particularmente... ¿Orgulloso? No sé si ésa es la palabra adecuada, pero que me siento, me siento.

Tal es el caso de la sextilla que he transcrito, que usted podrá hallar en compañía de diecinueve amigas en el capítulo 9 de «La yunta e’ torres», el último publicado a la fecha de la epopeya telúrica El Gaucho de los Anillos. A diferencia de otras, ésta no me plantó cara durante cuartos de hora completos, ni me obligó a revolver en los rincones más oscuros de mi diccionario de rimas. Simplemente se fue deslizando de manera casi espontánea; los versos caían en su sitio casi al ritmo en que eran concebidos. Tal docilidad es, por sí sola, virtud suficiente para hacerla acreedora de mi simpatía; pero no es la única.

Esta estrofa representa el modelo que me gustaría que todas siguieran: sencilla, elegante, estética (recuerde que la veo con ojos de padre), la rima no está forzada, expresa una idea completa en pocas palabras y, de yapa, le da forma nueva a un lugar común. No es moco e’ pavo, me parece a mí.

Ojalá todas sus hermanitas fueran así. Las estrofas gauchescas suman ya quinientas veinte (veintiséis capítulos a razón de veinte estrofas por cada uno), pero pocas de ellas me han dado esta satisfacción. No imagina usted, amigo lector epiceno, en cuántas ocasiones hube de resistir la tentación de aferrarme a una rima asonante. Cuántas sextillas me dejaron disconforme, tanto estética como expresivamente. (Hay un par de ésas en la última entrega. No, no le voy a decir cuáles son.) Afortunadamente (o inevitablemente) no todas ellas caen en esta categoría: la mayoría acampa en la cúspide de la gaussiana, o lo haría si pudieran cuantificarse las cualidades de forma y contenido. (Aunque tal vez debería agradecer la inobjetivabilidad —con perdón de la palabra— de tales atributos. De esa manera, cualquier parecer contrario al mío propio puede ser rebatido con un «ésa es su opinión», frase ésta que, en resumidas cuentas, es una traducción al lenguaje diplomático de «cállese la boca».)

Abro aquí un paréntesis.

Sé que soy un principiante, o peor, un advenedizo. Sé que haber escrito unos cuantos abbccb mezclados con unos tantos abbcbc no me confiere autoridad para opinar sobre poesía. El panorama no cambia si se agrega a la cuenta una cumbia basada en los versos de Edgar Allan Poe, un tango dickiano, un romance y un mal soneto. Pero en el otro plato de la balanza está el hecho ineludible de que éste es mi blog y no admito que nadie me prohíba opinar de un tema concreto, ni siquiera yo mismo. Así que opinaré.

No entiendo la poesía de verso libre. Me agrada la rima poética, pero ¿cuál es el sentido de partir arbitrariamente las líneas? Ésa es la impresión que tengo al leer una de tales piezas. Sin métrica ni ritmo, ¿para qué los versos? Me asalta la imagen de un autor que quiere reclamar para su obra el prestigio de la poesía tradicional sin someterse a sus formalidades; análogo al charlatán pseudocientífico que reniega de los rigores de la ciencia mientras disfraza con lenguaje académico las patrañas que da a luz.

Tal vez soy muy severo en mi apreciación. Casi seguramente mi juicio deriva de alguna incapacidad de mi parte. Pero, como lector, no concibo la poesía sin el goce estético de las formas. Y como pseudopoetastro impune, no veo las estructuras formales como una jaula, sino como una armazón en la que apoyarme. Me obliga a buscar nuevas maneras de decir las cosas, a ejercitar mi creatividad. Me ha permitido llegar a construcciones retóricas que de otro modo se me habrían escapado, como la estrofa que encabeza esta entrada. En definitiva: no me quita libertad, sino que me la amplía.

Cierro aquí el paréntesis. No lo detengo más; proceda usted a leer la edición de AnaCrónicas del mes en curso, que acaba de ser publicada. Solo le pediré un favor, si me permite el atrevimiento: donde dice «Parque Nacional Ischigualasto», tenga usted la gentileza de hacerse el distraído y leer «Parque Provincial Ischigualasto». Muchas gracias. Y gracias también a Marcelo Dos Santos, quien me pegó el chiflido.

¿Perdón? ¿Que usted no comparte mi sentir con respecto al verso libre? Bueno, ésa es su opinión.

viernes, agosto 19, 2005

Otro jueves

A despecho de mis previsiones, el breve y sencillo ejercicio de escritura que presenté aquí hace unos días ha llegado lejos. Más específicamente, ha llegado a Ficción breve (catorce), en Axxón. Allí podrá encontrarlo si lo busca, en la grata compañía literaria de Juan Pablo Noroña, Diego Cid, Iván Olmedo, la debutante Judith Shapiro, Carlos Suchowolski y Carlos Daniel Joaquín «Axxonita» Vázquez, a quien hacía mucho que no encontrábamos en forma de párrafos.

Casualmente, también hoy se exhibe en la página principal del sitio mi lista de diez cuentos. Puesto que en veinticuatro horas será reemplazada, dejo aquí constancia de mis recomendaciones:

  • «Eutopía», Poul Anderson.
  • «Madre», Philip J. Farmer.
  • «Timbuctú», Carlos Gardini.
  • «El libro de arena», Jorge Luis Borges.
  • «El calamar opta por su tinta», Adolfo Bioy Casares.
  • «Hasta la reina», Connie Willis.
  • «Los ordenadores no discuten», Gordon Dickson.
  • «Nosotros los comprados», Frederick Pohl.
  • «Incursión aérea», John Varley.
  • «Capullo», Greg Egan.
Ya ve, amigo lector epiceno, cómo le quedan ahora dos excusas menos para quejarse de que no tiene nada bueno qué leer. (Y esto no lo digo porque mi firma figure entre las implicadas, no vaya a creer otra cosa.)

jueves, agosto 18, 2005

Figuras en el cielo

La próxima vez que una nube le tape el Sol, observe qué forma tiene. Si es la de un árbol, entonces usted es de madera.

¿De qué se ríe? ¿Le parece gracioso?

Tal vez lo sea. Después de todo, la búsqueda de formas en las nubes no es más que un ejercicio de imaginación. Yo lo he practicado alguna vez, y seguramente usted también. Sabemos muy bien que si una nube se parece a un caballo, a una gallina o a un conejo, tal semejanza es simplemente un capricho de nuestros ojos, del cual no se desprende ningún parentesco entre las gotas de agua en suspensión y los animales de granja.

Aunque hay quienes no tienen suficiente con este juego de similitudes morfológicas, y persiguen desafíos mayores. Por ejemplo, hace muchos años hubo quienes emprendieron la búsqueda de este tipo de patrones en las estrellas. Claro que la infinidad de puntitos luminosos plantea una tarea más ardua que los cúmulus nimbus. La falta de contornos definidos no sólo priva al ojo de indicios que se resuelvan en siluetas familiares, sino que tampoco permite definir claramente las fronteras entre una silueta y otra.

Pero aquellos audaces observadores no se dejaron amedrentar por esos obstáculos. Simplemente entornaron los ojos y pusieron su imaginación a trabajar. «¿Qué tal —se preguntaron— si trazamos una línea de esa estrella a esa otra, y de esa otra a...?» Y probando, llegaron a un dibujito que, poniéndole un poco de imaginación, sugería una persona. Otro dibujito parecía una copa. Un tercero recordaba a un barco. «¿Y aquél...?»

Puesto que esos dibujitos (que llamaron «constelaciones») resultaban útiles para identificar los distritos del cielo, se hizo necesario dejar constancia de ellos. Así se evitaba el grave riesgo de que cada uno usara sus propias figuras, de manera que cuando uno se refiriera, por ejemplo, a «la estrella que está en el pico del pavo», otro no le respondiera «pavo serás vos que creés que ves uno», con la consiguiente andanada de golpes y los escollos que eso supone para el avance de la ciencia astronómica. Así fue que en el siglo I, el astrónomo griego Claudio Ptolomeo escribió un libro que hoy conocemos como Almagesto, en el que recopiló, entre otras cosas, muchas de las constelaciones que seguimos usando al día de hoy.

Otra gente en otros lugares vio, naturalmente, otra figuras. Por ejemplo: las estrellas que agrupamos bajo el nombre de «Acuario» se reparten en el firmamento chino entre las constelaciones de Nü, Xu y Wei. Esta última también incluye a parte del Pegaso, que reparte otros de sus vértices estelares entre Shi y Bi. Todas estas constelaciones orientales forman parte de una especie de superconstelación llamada «Tortuga Negra del Norte».

Ahora bien: a lo largo del año, el Sol va pasando sucesivamente ante varias de estas constelaciones. Mejor dicho: a medida que la Tierra sigue su camino elíptico, los que en ella viajamos vamos viendo al Sol desde distintos ángulos, lo cual propicia que el dibujito estelar que queda a sus espaldas se vaya alternando. La franja de constelaciones que tienen esta distinción es lo que llamamos «zodíaco».

Y aquí viene lo bueno. Según algunos, la personalidad de una persona está determinada por el dibujito frente al que estuviera el Sol en el momento su nacimiento. Más o menos lo que planteaba más arriba con respecto a las nubes, que a usted le causó tanta gracia. ¿Qué dibujito? El de Ptolomeo. ¿Por qué ése y no el de los chinos, los mayas o los etruscos? Pues porque Ptolomeo queda más a mano, supongo. De modo que ya sabe: si cuando usted nació el Sol apuntaba a un grupo arbitrario de estrellas que, según algunos, se parece a un león, usted se siente un rey. Si el dibujo era el de un toro, usted es testarudo. Si es una balanza, usted es una persona equilibrada. Sencillo, ¿no?

No. Hay complicaciones. Por ejemplo, el zodíaco está integrado por trece constelaciones ptolomeicas. Sin embargo, muchas de los partidarios de esta clase de análisis de la personalidad insisten en que sólo doce de ellas deben ser tenidas en cuenta, ignorando al pobre Ofiuco, el serpentario. ¿Por qué? Pues porque los antiguos sumerios contaban hasta doce en lugar de hacerlo hasta diez como nosotros, y en consecuencia dividían el cielo en doce porciones, como los relojes.

¿Le parece arbitrario? Entonces espere a leer lo que sigue. Según una buena proporción de esta gente, lo que debe hacer es anotar su fecha de nacimiento y averiguar frente a qué constelación estaba el Sol en esos mismos días del año 600 a.C. Debido a un fenómeno conocido como precesión de los equinoccios, el inicio de las estaciones del año se adelanta un día cada setenta años. Y puesto que es más útil sincronizar el calendario con los ciclos climáticos que con las distantes estrellas, así se hace. Como resultado, el paso del sol de una constelación a otra se retrasa, proporcionalmente, un día cada setenta años. O sea que desde el 600 a.C. el zodíaco ha atrasado más de un mes.

Por ejemplo, yo nací el 24 de febrero de 1978. Ese día, el Sol estaba frente a Acuario. Sin embargo, puesto que un 24 de febrero de hace mil seiscientos años se hallaba ante Piscis, el dibujito que me representa es el de dos pescaditos. ¿Por qué se tienen en cuenta las posiciones de aquella época en lugar de las actuales? Pues porque fue entonces cuando se dibujaron las constelaciones. Tan sencillo como eso.

Mi idea de la nube ya no resulta tan cómica, ¿verdad?

jueves, agosto 11, 2005

Un jueves

Los discos rígidos guardan sorpresas; auténticas reliquias que yacen durante años en directorios húmedos y oscuros, esperando que alguien profane la santidad de su sepulcro y los devuelva a la luz. Esto tal vez no sea un tesoro exactamente, pero constituye sin duda una curiosa pieza de autoarqueología. Se trata de un ejercicio literario, pequeño y arquetípico, que elaboré en un rato libre hace un par de años. Aprovechando la circunstancia coyuntural de ser hoy jueves, lo reproduzco aquí tal como lo encontré.

* * *

No fumaba. No tomaba. Nunca salía de noche. Cruzaba siempre por la senda peatonal y con luz verde. A cualquiera le habría parecido simplemente un hombre prudente; atípico, sí, pero normal. Pero los que lo conocíamos, los que sabíamos de sus manías, teníamos claro que era otra cosa.

Terror. Le tenía terror a la muerte. Todas noche, antes de irse a dormir, revisaba diez veces la puerta de calle y veinte las llaves de gas. Ponía tapones en todos los tomacorrientes. Tenía una alfombra de goma dentro de la bañera y otra afuera. Por supuesto que jamás tomaba baños de inmersión. Ni hablar de usar secadores de pelo o afeitadoras eléctricas. Tenía matafuegos por toda la casa; los habíamos visto.

Pero todo esto no era suficiente. No se contentaba con mantenerse alejado de la desgracia; tenía que mantener la desgracia lejos de él. En el coche (a treinta y cinco en calles, a cincuenta y cinco en avenidas) nunca iba solo: siempre lo acompañaban San Cristóbal y la Virgen en el tablero, y una pata de conejo en el retrovisor. No se asomaba a la calle si su horóscopo no le vaticinaba un día favorable. Evitaba escrupulosamente todo gato negro y toda escalera. Evitaba también los pisos altos, llevaran o no el trece nefasto.

Y sin embargo, ni siquiera todas estas precauciones bastaban para hacerlo sentir seguro. Pues siempre quedaba una brecha, un resquicio abierto por la duda. Era esa incertidumbre última lo que no soportaba, lo que le quitaba el sueño. Así fue que un día nos pidió a un par de amigos que lo acompañásemos a consultar a un adivino.

—¿Cuándo voy a morir? —le preguntó, aferrado a su crucifijo.

El augur lanzó sus piedras, hizo algunos gestos teñidos de misterio, y finalmente dio una respuesta, o algo que se parecía a una respuesta.

—Morirás un jueves.

* * *

Por supuesto, fue para peor. Desde entonces entró en un círculo emocional que amenazaba con destruirlo. El lunes se lo veía caminando como un zombi, con la cabeza gacha. El martes empeoraba, y el miércoles ya no salía de su casa. El fatídico jueves, los amigos lo acompañábamos mientras él no dejaba de temblar y de llorar, hecho un ovillo. El viernes era euforia; un festejo interminable que se extendía todo el sábado e iba muriendo lentamente a lo largo del domingo.

Esto duró varios meses. Ya no soportábamos verlo así, siempre barbudo, desaliñado, ojeroso. Corría el riesgo de perder el trabajo por su ineficiencia.

Una tarde intenté hablar con él. Inútil sería exhortarlo a que no le hiciera caso a un charlatán de feria; lo conocía demasiado bien. Esa vez traté de ser más diplomático.

—Después de todo —argumenté—, ¿qué te dijo? Que te vas a morir un jueves. Eso puede ser mañana o dentro de cincuenta años. No te dijo nada que no supieras ya.

Cuando me fui seguía deprimido, pero un poco más tranquilo.

Volví a encontrarlo unos días después, caminando alegremente por la calle como si no hubiera pasado nada.

—Te debo la vida, hermano —me dijo animado—. Estuve pensando en lo que me dijiste. Si voy a morir un jueves... ¡los otros días puedo hacer lo que se me ocurra! Puedo andar despreocupadamente por ahí, puedo cruzar la calle por mitad de cuadra... ¡sabiendo que no me va a pasar nada!

Tendría que haberle explicado que no era eso lo que yo le había dicho, pero no tenía sentido. Además, me alegré tanto de verlo así después de tanto tiempo, que no me habría atrevido.

* * *

La camioneta lo llevó por delante un miércoles. Murió en el hospital al día siguiente.

viernes, agosto 05, 2005

Cuerno al horno

Chiste: ¿Qué tienen en común un cuerno y un horno? Respuesta: ¡La ciudad natal de un navegante holandés!

No tiene mucha gracia, ¿no? No se queje. Menos gracia le debe haber causado al navegante holandés morirse en 1625.

Se llamaba Willem Schouten, y morirse no fue lo único que hizo. Antes navegó mucho, que es uno de los dos requisitos para ser un navegante holandés. Y navegando lo habría encontrado usted si hubiese andado por las costas patagónicas en enero de 1616. No iba solo: lo acompañaba el comerciante Jacob Le Maire. (También estaban los marineros típicos de estas historias, cuyos nombres no interesan a nadie salvo que se dediquen a gritar «¡Tierra! ¡Tierra!» trepados al palo mayor de La Pinta.)

¿Y qué buscaban estos caballeros neerlandeses?, se preguntará usted. La respuesta: las islas Molucas. No, no andaban tan despistados como para buscarlas por ahí. Lo que intentaban en aquellas aguas australes era salvar los dos obstáculos que los separaban de su destino.

Uno de esos obstáculos se llamaba «continente americano». El otro tenía un nombre más difícil: predisponga su laringe a la gárgara y trate de dedir Vereenigde Oostindische Compagnie. Si le resulta muy difícil, puede usar simplemente la sigla VOC o, si lo prefiere, la traducción española: Compañía Unida de las Indias Orientales. En aquel entonces, la VOC tenía derechos exclusivos sobre el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Buena Esperanza. Toda nave que cumpliera la triple condición de: a) ser mercante, b) navegar bajo bandera holandesa y c) no pertenecer a tal compañía, tenía vedados esos pasos.

Esta situación frustraba mucho a don Isaac Le Maire, padre de Jacob, quien quería una tajada del lucrativo tráfico de especias orientales. Así que, en sociedad con Schouten (a quien ya he mencionado como el protagonista de esta historia, o algo así), fundó la Compañía Austral y fletó dos barcos con destino a Sudamérica.

«No vuelvan sin haber encontrado un pasaje alternativo al Pacífico», le dijo acaso don Isaac al joven Jacob, a lo cual éste quizá respondió con un «Sí, pa». También podemos imaginar los que habrá pensado Jacob meses más tarde, al ver arder una de las naves mientras estaba siendo carenada en Puerto Deseado: «¡Mi viejo me mata!».

En fin, dejaré de entretenerlo con lo imaginario para avanzar en lo concreto. Los emprendedores hombres siguieron viaje con un solo barco y el 25 de enero de 1616 hallaron el paso que buscaban. Navegando entre dos costas, llamaron a la de babor «Tierra de los Estados», y «Tierra del Príncipe Mauricio de Nassau» a la de estribor. La primera se llama hoy Isla de los Estados, y puede usted localizarla en el mapa pegada al dedo gordo de Tierra del Fuego. El canal descubierto por los navegantes lleva hoy el nombre de Estrecho de Le Maire. La chupada de medias al príncipe de Holanda, por su parte, cayó en el olvido toponímico.

Se dice que aquellas aguas son a la navegación como el monte Everest es al montañismo. Claro que Schouten y Le Maire nunca habían oído hablar del Everest, y muy confiados se internaron en el mar que el clima violento y los empinados riscos convertían en una trampa mortal.

Es posible que a esta altura esté usted preguntándose: «¿Qué cuernos tiene esto que ver con un horno?». Antes de que reaccione a ese pensamiento con un «¡Ajá!» y venga a buscarme armado, le ruego me conceda la oportunidad de finalizar la historia.

La historia (la parte que nos interesa, al menos) finaliza el 29 de enero. El capitán Schouten batallaba contra el mar aquel atardecer, usando un timón como arma. Mientras se afanaba por mantener la nave alejada de los acantilados, divisó una imponente lengua de tierra al frente y, como si no hubiera tenido nada mejor que hacer, resolvió llamarla Kaap Hoorn («Cabo Hoorn») en recuerdo de su ciudad natal.

Después los acontecimiendos siguieron su curso: los navegantes rodearon exitosamente el cabo y continuaron viaje, hasta que al llegar a Java (entonces colonia holandesa) el gobernador se negó a creer lo del nuevo paso y los hizo arrestar por violar el monopolio de la VOC.

Dejemos que se vayan y detengámonos en el cabo, que es donde quería llegar. Estamos en el punto más austral de América. ¿Ve usted algún horno o algún cuerno por algún lado? Yo tampoco. Todo lo que veo son piedras y un frío que hiela hasta aquellos distritos del cuerpo humano que, como los cuernos y los hornos, tampoco se ven.

Pero hubo gente que sí los vio. ¿Dónde? ¡En el nombre del cabo! Ese nombre que coincide con el de la ciudad natal del navegante holandés: Hoorn. Los marinos anglófonos lo adaptaron a su idioma transformándolo en Cape Horn, literalmente «Cabo Cuerno». Por su parte, los hispanófonos hicieron lo propio y hoy, en la parte chilena del archipiélado de Tierra del Fuego, hay un accidente geográfico llamado «Cabo de Hornos».

Bueno, era eso.

Sí, el chiste sigue sin tener gracia. Pero por lo menos el dato curioso podrá resultarle útil si alguna vez quiere ser el alma de una fiesta.

martes, agosto 02, 2005

¡Pez Diablo se va para arriba!

Animalito e’ dió. Hace apenas tres días que nada en las aguas turbulentas de Internet y ya mereció una mención en Perspectivas, que es algo así como un meta-blog sobre el análisis de fenómenos extraños, administrado por Luis Ruiz Noguez, Diego Zúñiga y Kentaro Mori. La entrada lleva el título «Gluón con leche, las patillas de Asimov y la leyenda del pez diablo».

Observe aquí a un papá orgulloso.

lunes, agosto 01, 2005

La leyenda del pez diablo

¿Por qué Pez Diablo? ¿Qué es esa cosa tan fea que asoma allá arriba? En la inauguración de este blog adelanté que iba a dar las respuestas a estas preguntas, y de eso se trata esta nueva entrada.

Esa cosa tan repugnante que corona este weblog es el protagonista de uno de los pocos fenómenos paranormales que se han visto en la ciudad de Pergamino. Su historia, como toda historia de misterio que se precie, halla su anclaje en una casa. Se llama «Casa Graciela». Está sobre calle San Nicolás, a la vuelta del edificio de la municipalidad, y a primera vista es como cualquier otra boutique. A segunda vista no. Para empezar, presenta un rasgo topológico que suele caracterizar a locales más grandes: sus vidrieras se adentran en el edificio, definiendo entre ambas una garganta (o pasillo, si usted lo prefiere) que desemboca, metros más adentro, en una epiglotis que, a falta de un nombre más descriptivo, llamaremos «puerta».

En ese pasillo suelen exhibirse dos yacimientos desusados en un negocio de esta especie. Uno de ellos es una vitrina que contiene billetes y monedas de edades y procedencias surtidas, protegido cada espécimen pecuniario por un envoltorio plástico que lleva adosados una descripción y un precio. El otro yacimiento es una colección de libros y revistas que, lejos de ser incunables, revisten sin embargo una antigüedad y rareza notorias. El pergaminense que esté interesado en un Siete Días de la década del ’70 o un El Gráfico de la época en que atajaba Carrizo haría bien en darse una vuelta por Casa Graciela.

Pero lo más inquietante es lo que se descubre a tercera vista.

Más de una vez he curioseado entre estos ejemplares, y en una ocasión compré allí una edición de los ’50 de La isla del tesoro. Fue en una de esas oportunidades que lo vi por primera vez, monopolizando una de las vidrieras.

En una palabra: horrible. En otra palabra: espantoso. Poniéndolo en imágenes, era más o menos así:



Impresiona, ¿eh? Aunque en aquel entonces no estaba enganchado a un palo de plumero como se lo ve aquí, sino suspendido del techo con tanzas, y tenía adherido un papel en el que se leía «pez diablo». Yo nunca había visto nada parecido, y me llevé a mi casa la impresión y la incógnita (además del libro).

Y acontenció un buen día que, al buscarlo para regodearme morbosamente en la repugnancia, no lo encontré. La vidriera había reclamado su función natural de muestrario de mercaderías, y el engendro había sido desplazado. Aquel día volví a mi casa sin impresión y sin libro, pero con una incógnita de más.

Pasaron los años. No muchos, dos o tres a lo sumo.

Y al fin tengo para ofrecerle, amigo lector epiceno, una fecha específica: lunes 11 de octubre de 2004. Eran poco más de las 19 horas, y el televisor estaba sintonizado en América Noticias. Fue entonces cuando, sin aviso, una cara conocida apareció en la pantalla. La cara era ésta:



«¿Qué es esto?», preguntaba con profesional espanto la voz en off, prometiendo una cobertura del asunto en el transcurso del programa. El juego de encuadres y contraluces le daba al engendro un aspecto más siniestro aún que el que tenía por derecho propio, pero esto no me impidió decir: «Eh, yo lo conozco». La historia que relaté a mi familia fue confirmada minutos más tarde, cuando se mencionó a Pergamino. Conocimos entonces a Palmira Pajón, la dueña de Casa Graciela, quien instalada junto al bicho (que ya no colgaba con una inclinación que sugería un pez en el agua, sino que se lo veía erguido, como un homúnculo) aseveraba categóricamente: «Es un bebé extraterrestre».



La señora Palmira contaba a la cámara su versión de los hechos:

Lo pesqué yo en Monte Hermoso. Cuando lo saqué lo primero que hizo fue mirar a mi marido a los ojos. Después me empezó a mirar a mí, y después miraba a todas partes. Giraba la cabeza porque tenía el cuello como nosotros.

El hecho de que la señora Palmira llevara un cuello ortopédico al momento de dar la entrevista plantea una tentación que resistiré lo suficiente como para no poner más que este comentario. El relato continuaba:

Tiene más o menos veinticinco años, y guardado estaba en una caja y hace poco tiempo mi yerno encontró esa caja, la abrió y vio. No sabía lo que era eso. Me vino a preguntar, y entonces yo me acordé que hacia años estaba guardado.

El bicho, atado a su palito tutor, no confirmaba ni negaba la historia. A lo mejor temió que la señora Palmira se enterara de sus travesuras, cuando escapaba de la caja y se exponía a la vista del mundo en la vidriera del negocio.

O a lo mejor no hablaba por la sencilla circunstancia de que estaba embalsamado.

El noticiero terminó con la promesa de más información sobre el asunto para el día siguiente. Y, por supuesto, las preguntas quedaron ahí. ¿Por qué estaba tan segura la señora Palmira que eso era un «bebé extraterrestre»? ¿Lo había oído llamando a su mamá? ¿O tal vez había encontrado ejemplares adultos? En la edición del martes 12, la señora pareció dar alguna pista al referirse a un extraño que llegó a preguntar por el exoinfante:

Apareció un hombre negro, grandote, gordo, con sombrero negro. Se le volaban las solapas del sobretodo, bailaba, pero cuando bailaba me amenazaba. Vivió amenazándome todo el rato (...) y yo le preguntaba: «¿Quién es usted?» Se me ocurrió decirle eso, no sabía qué hacer. No me contestó. Le volví a preguntar: «¿Quién es usted?», y tampoco. Entonces pensé: «La próxima vez se lo voy a decir fuerte por si está mi yerno, para que entre y vea». Me adivinó el pensamiento y desapareció.

¿Había sido visitada la señora por el papá de la criatura? Si es así, todo parece indicar que llevaba muy poco tiempo entre nosotros, pues de otra manera no se explica su patético mimetismo con la especie humana. Si hasta la cucaracha Edgar de la película Hombres de negro llevaba un mejor disfraz.

Como sea, de este Michael Jackson in Black no hay más referencias que las ofrecidas por la señora, mientras que la minimomia seguía ahí, a la vista de todo el mundo. La primera entrega del informe no había dado muchos indicios ciertos sobre su posible naturaleza (salvo que usted, amigo lector epiceno, le atribuya algún peso a los divagues sobre sobre puertas interdimensionales con que Fabio Zerpa regaló a la audiencia).

Pero, pese a que seguía sin saber «qué es esto», yo estaba contento de que se hubiera mencionado a Pergamino en un noticiero de la capital, y por un asunto tan loco, nada menos. Esa misma noche lo mencioné en la lista de correo de Axxón, con cierto orgullo localista. La repercusión no se hizo esperar, y en poco tiempo (gracias particularmente a las respuestas de Eduardo Carletti, director de Axxón, y Alejandro Agostinelli) terminé sabiendo más de aquel fenómeno (en el más amplio sentido de la palabra) que los periodistas del multimedio.

Todo muy lindo, pero ¿qué es?

«¿Qué es esto?», repetía insistente el locutor en un tono indicativo de que importaba más la pregunta que la respuesta. Sin embargo, respuesta hay, y es bastante sencilla.

Se trata de un condrictio elasmobranquio del orden de los miliobatiformes.

En criollo: Un pescado. Una raya.

«Eso no parece una raya —dirá tal vez usted en un arranque de sano escepticismo—. Para empezar, las rayas no tienen los ojos ahí». Es verdad. Pero, ¿quién dijo que ésos son los ojos? Es con las fosas nasales que el pescadito le lanza esa mirada amenazante. Sí, ya sé que los peces se caracterizan por su respiración branquial, pero de todas maneras disponen de fosas puesto que tales son sus órganos olfatorios. Y el cuerno, cresta, protuberancia o como prefiera llamar a esa excrecencia del cráneo del supuesto alienígena tampoco es tal. Se trata sencillamente de la trompa del animal. (La boca es la boca.)


Y esto no es todo. Aquí cedo la palabra a Vicente Di Martino, director del Museo Municipal de Monte Hermoso, quien fue entrevistado a propósito del asunto por el sitio Montenoticia:

Este tipo de peces los conozco desde hace muchos años y estaban a la venta en una casa de caracoles de Mar del Plata (...) Es evidente que este pez está momificado, tiene cortes en las fosas nasales para que parezcan ojos, están cortadas las aletas de la raya aparentando la forma de tronco de una persona y los fórceps (cartílago que facilita a la especie la reproducción) simulan las piernas de este pez que denominan ahora el «bebé extraterrestre».

En resumen: ya sabemos que la criaturita no estuvo veinte años durmiendo en una caja ni es extraterrestre. Del estrafalario visitante de la señora Palmira no tenemos pistas. Pero a no desesperar, que visto el tamaño que pueden alcanzar algunas especies de raya, sobrevive la posibilidad de que efectivamente sea un bebé.

Ni siquiera es una «confusión» original, como se puede comprobar en la web de Editorial Bitácora. Aunque probablemente nada de esto disuada a la señora Palmira:

Es un bebé extraterrestre... Ahora, porque antes creíamos que era el pez diablo.

Observe el uso del artículo definido. No es un pez diablo, nombre con que se venden estos souvenirs. No, es el pez diablo. Mientras me pregunto si debería escribirlo con mayúsculas reverenciales, me viene a la mente la imagen del bichito ofreciendo grandes riquezas a merluzas y salmones a cambio de su alma inmortal. Una idea absurda, por supuesto. Está claro por qué la señora Palmira la rechaza.

Expertos

En los tres días en que se repartió la cobertura noticiosa desfilaron por la pantalla de América Noticias varios «expertos en fenómenos paranormales», cada uno con su versión. Pero si he de ser justo, debo decir que el noticiero no privó a sus espectadores de la hipótesis ictícola:

La raya tiene un tamaño como una gran ala, un ala delta. Una vez que la tomás le vas haciendo una serie de cortes, de disecciones, la vas dejando cada vez más chica, y le cortás aquí como si fueran colas. Aquí se le hacen otros cortes para que parezca un rostro, un rostro que impresiona. Ésta es la boca natural de la raya, la verdadera. Luego, la disecás y ¡oh milagro! Tenés aquí una entidad biológica desconocida, única, que alguien encontró en algún sitio misteriosamente.

Lo curioso de esta explicación, no exenta de un toque de cinismo, es encontrarla en boca de Antonio Las Heras, alguien cuyas credenciales no parecen mucho más prolijas que las de Zerpa. En su sitio web puede usted encontrar artículos sobre ovnis, talismanes, control mental y otros etcéteras, y no precisamente para analizarlos como fenómenos folklóricos. Pero bien se dice por algunas tierras que «la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero», y en este caso corresponde hacer un gesto de asentimiento en dirección al porquero.

Lástima que América Noticias no piense igual. Claro que no podía tirar por la borda su fama de noticiero serio respaldando al «bebé extraterrestre». Pero tampoco se podía dar el lujo de permitir que el misterio muriera; no después de trasladar equipos a más de doscientos kilómetros y de encarnar con el bichito el anzuelo del rating durante tres ediciones. Así que el veredicto, con el visto bueno de un veterinario, fue que se trataba de una especie de pez desconocida. Qué solución tan bonita y poco comprometedora, ¿verdad?

Final

Y llegamos ya al final de esta historia de una cabeza y un nombre. Al día de hoy, el pequeñín sigue expuesto en un lugar prominente de Casa Graciela, donde todos pueden pasar a verlo. Si quiere saber más del asunto puede consultar el artículo de Néstor Genta que al respecto publicó el sitio Tribuna de Periodistas, el cual usé como referencia para ayudar a mi memoria. De este texto quiero destacar el siguiente pasaje:

Este sencillo columnista, que vuelca en éste libre sitioweb algunas investigaciones, no cuenta con el poder de América. El multimedio posee medios gráficos (diario “Ambito Financiero” y revista “La Primera”). Así como televisión (“Canal 2 América TV” La Plata, Buenos Aires, cuatro canales en el Interior del país; señal “Cablevisión Noticias”). (Fuente www.lavaca.org)

Recalco ésto para dejar bien en claro que si a mí me llevó menos de quince minutos develar el “misterio”, imaginen, queridos lectores, lo que podrían investigar la enorme cantidad de periodistas que trabajan para el multimedio.

No es mi intención cerrar esta entrada criticando a América. Después de todo, ya lo hace el propio Genta, y también lo hace Clarín (medio que tampoco está en condiciones de lanzar la primera piedra, pero ésa es harina de otro costal). Sé, sin embargo, como lector y espectador, que si quiero saber algo que no esté relacionado con la política o la economía hallaré provechoso alejarme de los medios masivos.

Sí, es una historia con moraleja. Molesto, ¿no?

Espero que de todas maneras la haya disfrutado. No mucho tal vez, pero sí lo suficiente como para tenerlo de vuelta por aquí. ¡Hasta pronto, si usted quiere!