miércoles, octubre 19, 2005

Disquisiciones info-electorales

Si usted, amigo lector epiceno, es argentino y no ha fijado residencia en un termo, debe saber que el próximo domingo 23 hay elecciones. Probablemente ya se ha cansado de esas señoras sin apellido cuya principal actividad de campaña consiste en adherir cada una connotaciones negativas al nombre y/o apelativo de la otra. Es un privilegio vivir en la provincia de Buenos Aires, pues de esa manera puedo darme el gusto de no votar a ninguna de las dos.

No se asuste, esta entrada no trata de política. O tal vez sí. Todo depende de cómo se mire.

La cuestión central es que, para poder darle mi voto a otro, primero necesito saber dónde debo hacerlo. Y siendo, como soy, un ciudadano de la red, ¿voy a llegar hasta algún comité/unidad básica/como se llame para que alguien rastree mi nombre en el padrón equivocado con la mano que no ocupa en sostener el mate? Claro que no; puedo hacerlo desde la comodidad de mi silla sin más herramientas que el teclado y el ratón. Y el resto de la PC, claro está.

Con una mínima ayuda de Google, no me fue difícil hallar lo que buscaba: en el sitio del Poder Judicial de la Nación han puesto un cómodo formulario para hacer la consulta. Bueno, «cómodo» es un decir.

La primer señal la tuve apenas llegué. Quien quiera que haya diseñado la página decidió que tal vez yo no tuviera las aptitudes necesarias para dar a la ventana del navegador un tamaño adecuado al contenido, de modo que incluyó un JavaScript que lo hiciera por mí. Qué amoroso, ¿verdad?

Pero no acaba allí la asistencia de este tan solícito cuan anónimo diseñador. En vistas de que el usuario tenga la menor cantidad de inconvenientes, no escatima esfuerzos en explicitar todo (puede hacer click sobre la imagen si desea verla a escala natural):


«¿Para qué puedo querer ventanas emergentes?», fue la pregunta que surgió espontáneamente. No sería la última. Como no estaba de ánimo de deshabilitar el bloqueo de popups, obedecí la instrucción de hacer click aquí manteniendo pulsada Ctrl.

Lo que nadie le avisó a este audaz diseñador es que no todos los navegadores son iguales. Ignoro qué uso tendrá Ctrl en el Internet Explorer, pero en mi Firefox tal tecla abre el enlace en una pestaña nueva. Pestaña nueva que, por alguna extraña y enigmática razón, se empeñaba en quedar vacía.

Por suerte la solución no era demasiado compleja: bastaba con ignorar por completo las instrucciones y volver a hacer click aquí olvidando el teclado. Mano de santo: al instante se abrió otra ventana:


Justo lo que buscaba: más instrucciones. Haciendo caso omiso de ellas, puesto que ya podría leerlas más tarde si las necesitaba, dirigí presto mi flechita al botón.


Definitivamente, esto se parecía más a lo que quería. Aunque fue en este punto que surgió la segunda pregunta: si el número de Documento Nacional de Identidad es único para cada ciudadano de la Nación Argentina, ¿para qué hacen falta más datos? ¿No es un tanto redundante?

Para no iniciar una discusión que no llegaría a ninguna parte por ausencia de oponente dialéctico, me dije a mí mismo que me resultaba mucho menos trabajoso a mí dar un par de clicks de más que a los analistas y programadores integrar todos los padrones en un solo archivo. Después de todo, escribir instrucciones y secuencias JavaScript es un trabajo de tiempo completo.

De modo que procedí a ingresar mis datos. Sexo: masculino. Distrito: Buenos Aires. Dejé para el final lo más difícil: ingresar los dígitos de mi DNI.

No bromeo al escribir «lo más difícil». ¿Es usted usuario de Firefox? Entonces le ruego que lo apunte a este formulario e intente ingresar algo en ese cuadro de texto. No es necesario que sea su DNI, puede ser cualquier cosa que se le ocurra. Si lo logra, le agradeceré que me haga saber cómo lo hizo.

No soy una persona proclive a perder la calma. Sencillamente abrí el menú de inicio de Windows y saqué a la e azul grandota de su cámara frigorífica, confiando en que con ella tendría mejor suerte.

Emulando a Douglas Adams, revelaré por anticipado el final de esta historia. Sí, finalmente pude averiguar a dónde debo dirigirme el próximo domingo para dar cabal cumplimiento a mi deber cívico. No, no hubo petunias ni ballenas que debieran sufrir. Pero no fue sencillo, puesto que al ingresar la susodicha URL en la barra de navegación del Explorer, halleme cara a cara con este dantesco panorama:


Sí, amigo lector epiceno, yo tengo el mismo Microsoft Internet Explorer que usted. El que no bloquearía un popup de forma nativa aunque la fortuna de Bill Gates dependiera de ello. No sé cómo lo han hecho, pero quienes escribieron este HTML se las han arreglado para que Explorer considere que la ventana emergente no es segura. No es un logro menor.

En definitiva: luego de repetir todo el itinerario (esta vez, como había anticipado, sí tuve que usar la tecla Ctrl), el formulario aceptó finalmente mi DNI sin decir ni mu.


¡Aleluya! ¡Hosanna hosanna ad honorem gloria! Luego de tan esforzados trajines, el espacio que le han insertado unilateralmente a mi apellido no pasa de ser una minucia. Mucho menos iba a molestarme en averiguar qué errores de código indicaba el iconito amarillo de la esquina inferior izquierda.

Ahora empiezo a hablar en serio.

¿Para qué tantas complicaciones? ¿Qué sentido tienen tantos popups y «haga click aquí»? Hace apenas unos meses que sigo la carrera de sistemas, pero en mi profunda ignorancia me planteo el siguiene razonamiento:

Ésta es una información que todos los ciudadanos argentinos necesitan para hacer efectivo lo que es a la vez un derecho y un deber. Siendo así, ¿no sería lo más conveniente reducir el formulario a lo esencial, de manera que incluso un chimpancé con una Atari tuviera acceso a los datos que necesita? Apenas el HTML indispensable, los campos de ingreso y el botón «Enviar». ¿Para qué más? Si acaso, alguna que otra imagen (mínima y prescindible) y un toque de color para sazonar el aspecto visual. Google opera de ese modo desde hace años, y no le va tan mal. Si hasta la interfaz de Blogger que estoy usando para escribir este post es más fácil de usar. ¿Para qué invertir tiempo y esfuerzo en añadir una pretendida «funcionalidad» que no hace más que restringir el acceso? Eso sí, se han cuidado muy bien de que los datos de las mesas masculinas aparezcan sobre fondo celeste, y sobre rosa el de las femeninas.

Habiéndome desahogado ya de lo que quería decir, permítame cerrar este post con el siguiente detalle. Llamo su atención sobre los recuadros rojos que he agregado:



¿Le falla la aritmética? A mí también.

viernes, octubre 14, 2005

Maldición china

«Lea este precepto chino adjunto», decía el e-mail que recibí hace un par de días. «¿Por qué?», pregunté yo. Por toda respuesta, el Thunderbird se encogió de hombros, como diciendo «¿a mí qué me preguntás?».

El nombre del remitente me era desconocido. En el cuerpo del mensaje no había más que la citada admonición. Además de los nombres y direcciones de mail de veinte perfectos extraños que, en contrapartida, tienen ahora mi dirección. Y algo más que compartimos, claro, es el archivo de PowerPoint que venía adjunto.

«Precepto chino sobre el dinero», se titulaba el panfleto. Junto a una imagen de una condecoración que no he sido capaz de identificar (ni mucho menos de entender qué hace ahí) iban desfilando una tras otra una serie de máximas:

El dinero puede comprar una casa, pero no un hogar.

El dinero puede comprar un reloj, pero no el tiempo.

El dinero puede comprar una cama, pero no el sueño.

El dinero puede comprar un libro, pero no el conocimiento.

El dinero puede pagar un médico, pero no la salud.

El dinero puede comprar una posición, pero no el respeto.

El dinero puede comprar la sangre, pero no la vida.

El dinero puede comprar sexo, pero no el amor.

No entiendo mucho de filosofía oriental, pero sinceramente dudo que Confucio o Lao Tse hayan concebido algo medianamente parecido a este encadenamiento redundante de obviedades y lugares comunes. Este «precepto chino» es tan profundo como un charco y tan chino como Alfredo Zitarrosa. Google denuncia distintas versiones. Entre ellas ésta:

El dinero puede comprar una cama,
pero no las ganas de dormir,
libros, pero no la inteligencia,
alimentos, mas no apetito,
una casa, mas no un hogar,
medicamentos, pero no la salud,
lujos, pero no la cultura,
diversiones, pero no la felicidad,
un pasaporte a donde sea, pero no el Paraíso.

Ésta por lo menos tiene la ventaja de un ritmo más ágil y menos solemne. Carece de esa repetición constante que, más que énfasis, produce somnolencia.

Pero no termina allí la misiva, claro que no. A continuación viene una serie de promesas:

Un precepto chino trae suerte, el original salió de los Países Bajos.

Confieso que esta oración me trajo problemas. ¿Los preceptos chinos traen suerte? ¿Qué es lo que salió de los Países Bajos? ¿El dinero? Finalmente advertí que «Un precepto chino» se refiere al título del documento (tras mutar misteriosamente de «Precepto chino sobre el dinero»).

Este precepto ya ha dado 8 veces la vuelta al mundo, ahora es a ti a quien traerá suerte. Después de haber recibido esta carta, tú tendrás buena suerte.

Esto no es ninguna broma.

La suerte vendrá a ti por correo o por Internet.

Envía una copia de esta carta a las personas que realmente necesitan buena suerte, no envíes dinero, porque la suerte no se compra, y no conserves la carta más allá de 96 horas (4 días).

De eso se trataba. En la era pre-conexión, estas cosas viajaban en cartero. Signos de los tiempos, les dicen.

Había oído hablar de las cadenas, pero nunca había recibido ninguna. Hasta ahora, en mi bandeja de entrada sólo caían mensajes de rubias de veintidós años que quieren salir conmigo y notificaciones de que he ganado millones de libras en loterías en las que nunca participé. No se diría que necesito suerte, ¿no? Aunque eso podría cambiar si no sigo las instrucciones de la «carta»:

Algunos ejemplos de personas que fueron afortunadas después de haber recibido esta misiva:

Constantin, recibió la primera carta en 1953, pidió a su secretaria hacer 20 copias. Nueve horas más tarde, ganó 99 millones de marcos en la lotería de su país.

En este punto, uno podría preguntarse por qué los noventa y nueve millones no los ganó la secretaria de Constantin. Pero no deje que lo distraiga, siga leyendo:

Carlos, empleado, recibió esta misma carta, y no la envía, algunos días más tarde pierde su empleo.

Días después decide continuar la cadena y se vuelve rico.

En 1967 Bruno recibió la carta, se burla de ella y la bota, unos días después su hijo cae enfermo.

Él busca la carta, la copia 20 veces y la envía. Nueve días más tarde, recibe la feliz noticia: su hijo sano y salvo.


Detengámonos aquí, porque no estoy seguro de haber entendido. ¿Debo interpretar esto como una amenaza? ¿Acaso este caos de tiempos verbales está, como creo percibir, dando forma a un chantaje? ¿Cómo se atreve? ¡Y con desgracias, nada menos!

Mucho tendrá que esforzarse, sin embargo, si pretende afectarme, pues cuento con la mejor protección contra toda clase de embrujos, males de ojo, energías negativas y demás yerbas (sí, incluso las yerbas que se usan para los gualichos). Más poderosa que un talismán. Más efectiva que bañarse en agua bendita. Más milagrosa que la Virgen Desatanudos. Más protectora que la Mano de la Fortuna, el Ojo de Thundera o la Oreja de Van Gogh. Sus macumbas no pueden herirme, mis alas son como un escudo de acero.

«¿Pero cuál, cuál es su protección?», lo adivino preguntándose, amigo lector epiceno, al borde de la desesperación. La respuesta es bien sencilla: no creo en nada de eso. El escepticismo es el mejor blindaje contra las fuerzas oscuras. Debería probarlo: no sólo le alivia una pesada carga de problemas imaginarios, sino que además le facilitará llegar a una solución auténtica cuando se enfrente a un problema real.

«Ah —dirá usted—, pero ese mismo escepticismo le impedirá acceder a la fortuna que la carta le augura». Porque, efectivamente, la carta promete suerte para tener, para guardar y para repartir. Sigamos leyendo:

Esta misiva de la suerte ha sido enviada por Anthony de Croud, un misionero de África del Sur.

Al cabo de 96 horas deberás botar la carta.

La suerte te llegará en menos de cuatro días a partir del momento en que hayas recibido esta carta, si cumples con lo solicitado en ella.

Esto es verdad.

Esta misiva ha sido enviada para dar buena suerte.

La suerte acaba de tocar a su puerta.

Envíe 20 copias a sus conocidos, amigos, familia.

Unos días más tarde tendrá buenas noticias o una gran sorpresa.

Yo te lo envío ya que la carta debe dar la vuelta al mundo.

Envíe simplemente 20 copias y espere a ver lo que pasará el noveno día.

Importante: No cambie nada del texto que se le ha enviado, cópielo exactamente como se lo hemos dado.

Buena suerte.

J.A.B.


Ajá. No solamente es un caos de tiempos verbales: tampoco se decide si debe tratarme de «tú» o de «usted». Aunque eso es lo de menos, por supuesto. Una redacción desprolija no debería inducirme a desperdiciar esta oportunidad única. Porque es una oportunidad única, ¿no cree? Yo tampoco. Mi escepticismo infeccioso me lleva a hacer preguntas que seguramente atentan contra mis posibilidades de felicidad. Por ejemplo:

¿Anthony de Croud era un misionero holandés en África o un misionero africano en Holanda?

¿La suerte me llegará «en menos de cuatro días» o «el noveno día»?

¿Por qué, luego de machacarme de la manera más obvia y repetitiva posible aquello de que «el dinero no hace la felicidad», ilustra lo afortunado que seré con ejemplos de gente que ganó mucho dinero?

Si no se puede modificar el texto, ¿cuál es la credibilidad del dato de que ha dado ocho vueltas al mundo? ¿No se debería actualizar?

Es una lástima que nadie responda.

Recapitulemos. ¿Qué sabemos sobre este «precepto»? ¿Que es cursi? En buena medida. ¿Redundante? Más aún ¿Trillado? Claro que sí. ¿Pretencioso? Por sobre todas las cosas. ¿Que abuso de las preguntas retóricas? Sí, es posible que esté abusando del recurso, así que solamente formularé una más: ¿Es malo? No, no es malo. Podría ser muchísimo mejor, pero malo no es. Ahora bien, ¿la manera de mejorarlo es hacerlo pasar por un «precepto chino»? Está claro que, si no es malo, chino mucho menos: cada sílaba rezuma posmodernismo occidental. No, detrás del título rimbombante veo yo las mismas operaciones intelectuales que llevan a adosarle el nombre de Borges o García Márquez a bloques lacrimógenos totalmente indignos de su pluma. ¿Acaso un texto mejora porque se le atribuya a un escritor talentoso? ¿Acaso un chiste malo se vuelve bueno porque aparezca bajo el nombre de Les Luthiers? ¿Acaso una buena historia es más conmovedora porque le pinten encima «esto es real»? Y sin embargo todos conocemos el poema «Instantes» (de un Borges inexistente), o nos enteramos de que la ficticia enfermedad sin nombre de García Márquez recrudeció «el pasado fin de semana». Incluso los vemos colgados en los negocios junto al infalible cuestionario a la Madre Teresa (que también tiene una pinta sospechosa).

Pero no se quedan ahí los esfuerzos de legitimación. A esta capa de barniz de prestigio se superpone otra de superstición. ¿Que el artefacto este trae suerte? ¿Tan poco confía el remitente en que los destinatarios encontrarán valioso lo que les envía? ¿Tan escasos considera los méritos legítimos del material? En definitiva: a menos que crea usted que efectivamente reenviar o no los engendros de esta clase va a afectar su fortuna, no sirven para casi nada.

Observe que dije «casi nada». Hay algo para lo que sí sirven: saturar las conexiones y desparramar al viento las direcciones de correo electrónico. Recuerde lo que escribí al comienzo de este post: ahora tengo las direcciones de correo de veinte personas que me son totalmente desconocidas, y cada una de ellas tiene el mío. ¿Le agrada el prospecto de perder el control de su dirección? ¿Le seduce la idea de perder tiempo de conexión bajando anuncios de diplomas falsos y fármacos sexuales? Porque así es como funciona: casa vez que uno de los múltiples receptores se convierte en un emisor, se multiplica la posibilidad de que su dirección caiga en manos de los spammers. El riesgo de contraer un virus por este medio tampoco es desdeñable. Por eso le ruego: ni me envíe cadenas, ni, si le es posible, las continúe.

«Ah, ¿pero qué pasa con las cadenas legítimas?», lo oigo mascullar. No se ofenda si le digo que no existe tal cosa. No, el sulfato lauril de sodio no causa cáncer. No, nunca nadie encontró una aguja suelta en una butaca de cine. No, Brian ya tiene como veintiún años y es fuerte como un toro. Y si alguna de estas cosas resultara cierta, puede apostarle a Belcebú su alma inmortal que no se va a enterar por una cadena de mail. Tal vez quienes envían estas cadenas tienen buenas intenciones, pero lo único que logran al difundirlas es generar alarma innecesaria y distraer la atención de verdaderas causas de preocupación.

Para cerrar esta entrada que ya se está haciendo larga, me permito recomendarle el sitio Rompecadenas. Allí encontrará abundante información sobre los fraudes, leyendas urbanas y falsas atribuciones que infectan las bandejas de entradas, además de útiles consejos para prevenir todas estas pestes. Y, si lee inglés, también puede resultarle interesante la sección Inboxer Rebellion de Snopes.

Y, por sobre todo, no tome mis recomendaciones a la ligera. Atrévase a romper las cadenas. Una vez alguien no rompió una y lo atropelló un tren.