sábado, enero 28, 2006

Lo que la mujer ve

Antes de hincarle el diente a la parte sustancial de esta entrada, es oportuno que haga un par de aclaraciones:

Primera aclaración: Para ver algunos de los sitios enlazados en este post necesitará el Macromedia Flash Player. También es posible que, para algunos de ellos, desee bajar el volumen de sus parlantes. Ya se va a dar cuenta.

Segunda aclaración: Yo no veo Grandiosas. Jamás. Simplemente ocurrió que, en el preciso momento en que cambiaba de canal, el control remoto se quedó sin pilas cuando el perro se lo llevaba para enterrarlo en el parque. O una cosa así.

La cuestión ineludible es que ayer, viernes, lo vi (sólo por segunda o tercera vez en el año, lo juro). Y me encontré con algo muy curioso. Para comprender la magnitud de su curiosidad, resulta útil transcribir unas declaraciones hechas en el sitio web del programa (ya enlazado en el párrafo anterior y, para que no tenga que volver atrás, también en éste).

Tal declaración, que puede leerse tras hacer click en «Biografías», es la siguiente:

[El] contenido [de Grandiosas] apunta hacia una mujer activa, con inquietudes, con ganas de mantenerse informada y con deseos de superarse cotidianamente en lo profesional, en lo personal y en la relación con su ámbito familiar. [...] El programa tiene actualidad, humor, entrevistas intimistas y desacartonadas con los personajes más populares y famosos del mundo del espectáculo, la cultura, la política y el deporte y por supuesto toda la información con los temas que le interesan a la mujer.


Como se ve, nada que se distinga del típico blablá con que se venden los espacios televisivos de este género. Quisiera sin embargo, amigo lector epiceno, llamar la atención sobre la parte en la que se afirma que el programa «apunta hacia una mujer activa, con inquietudes, con ganas de mantenerse informada». Si lo que vi ayer es indicador de algo, Grandiosas no sólo apunta a esa mujer, sino que además le dispara. Salvo, claro, que un astrólogo tenga alguna clave que ayude a superarse en lo profesional y en lo personal a alguien más que a sí mismo. Salvo, claro, que un estigmatizado sea uno de los temas que (se supone) le interesan a la mujer.

El astrólogo fue el segundo que se sentó a la mesa de entrevistas, pero me referiré a él en primer término. Se trataba nada menos que de Horangel. Sí, el mismo Horangel que predijo, por ejemplo, que el puente Rosario-Victoria se inauguraría en estos días, el primer trimestre de 2006 (parece que los astros pueden atrasar, porque el puente se abrió al tránsito en mayo de 2003, apenas dos meses después de la predicción). En esta ocasión llegaba justo a tiempo para recoger su cosecha anual de amnesia colectiva y venderle a sus clientes un nuevo libro de predicciones ambiguas que puedan olvidar para enero de 2007 (excepto las que parezcan haberse cumplido, claro).

Como no podía ser de otra manera, fue presentado como «el astrólogo que predijo el tsunami». En tal caso, uno podría preguntarse por qué su libro no sirvió para salvar una sola vida. (Como recoge Mauricio-José Schwarz, Horangel habló de tsunamis en el Pacífico frente a la costa de América, no en el Índico.) Por supuesto, nada de esto le impidió tratar de impresionar a su público surfeando en la ola que causó más de doscientas mil muertes, pensando tal vez que es una actitud de buen gusto.

Un astrólogo, sin embargo, es una vista normal en televisión, y más aún en los programas que se dirigen a la mujer a punta de pistola; un estigmatizado, sin embargo, es algo más raro. Y no se trata de cualquier estigmatizado, sino de Giorgio Bongiovanni. (Si usted hizo click en el enlace anterior y quedó impresionado, debería ver otros documentos gráficos más recientes, en los que se ven sobre el cuerpo de Bongiovanni signos sanguíneos que presentan la perturbadora apariencia de haber sido pintados con un dedo.) Bongiovanni, un italiano radicado en Montevideo, afirma haber sido en su vida anterior uno de los pastorcitos de Fátima y haber recibido de la Virgen María la misión de difundir la verdad sobre la vida extraterrestre. E, inevitablemente, anunció que el fin de los tiempos está cerca. Tal es la ensalada que este buen señor servirá hoy, sábado 28 de enero (aún futuro en el momento en que escribo esto), a quienes sean tan amables de comprar un bono contribución de cinco pesos, dinero que, según asevera, será donado en su totalidad a la Fundación Los Niños del Mañana.

Esta fundación, según consta en su sitio web, declara sobre sí misma:

La Fundación Los Niños Del Mañana está destinada a niños de cero a trece años de edad, que se encuentren en situación de desprotección familiar y /o social. Por lo general en lugares inhóspitos de la República Argentina.

Que es una loable misión, no seré yo quien lo niegue. Ahora bien: a primera vista, uno podría pensar que sus administradores no son demasiado selectivos cuando se trata de asociarse con alguien. Podría pensar también que necesitan el dinero para alimentar a los niños y no pueden darse el lujo de examinar con mucha atención de quién lo reciben.

O también podría pensarse que comparten la cosmovisión de Bongiovanni. Un escueto análisis de la biografía de su fundador y sus integrantes confirma este punto: de hecho, en ningún lugar se hace referencia a su historia familiar, sus antecedentes laborales ni ningún otro dato personal más que sus «experiencias místicas», las cuales (especialmente Raúl Bagatello, su fundador) relatan con pelos y señales. Insisto en que no seré yo quien cuestione su obra. Sólo me pregunto: ¿es necesario mantener semejantes creencias para encarar tales emprendimientos? ¿No contribuyen estos discursos a banalizar los valores solidarios antes que a sustentarlos?

Por supuesto, ni Karina Mazzoco, ni Laura Oliva, y ni siquiera la periodista Fanny Mandelbaum, mostraron el menor indicio de escepticismo. Simplemente miraban azoradas la «sangre» que Biongiovanni les enseñaba mientras refería que sus heridas habían sido examinadas (aunque olvidó cuidadosamente decir por quién).

En fin, éstos parecen ser, al menos en parte, «los temas que le interesan a la mujer». Es con mancias de tiempos en que las mayorías eran analfabetas, es con efectos especiales de religiones para armar, que las mujeres «se superarán cotidianamente». No solamente lo cree Grandiosas, por supuesto; es una creencia arraigada en muchos de los que pretenden hablarle a «la mujer», suponiendo que hay una sola y ofreciéndole horóscopos, tantra y colorterapia. En este contexto, es de agradecer que se haya creado una publicación como Skepchick. No me niegue que la imagen de la portada del número 1 vale más que cualquier estigma. Y ni siquiera es necesario irse a sitios anglófonos; en los enlaces de este mismo blog encontrará un par de muchachas que no se han dejado atraer por los cantos de las sirenas «cosmo». A ellas, con su permiso (y su perdón), dedico esta pequeña entrada.

jueves, enero 19, 2006

Las nubes de Saturno

Ni una sola entrada en lo que va del 2006. Malo, malo, malo eres. Así que, sólo para hacer un poco de bulto sin tener que escribir mucho, desnudo mi alma y pongo aquí el primer cuento que me publicaron. Fue en 1998, lejano año en que aún me tomaba en serio las ficciones de Charles Berlitz sobre el Triángulo de las Bermudas y el Experimento Filadelfia. En este último me inspiré para este cuento, que fue seleccionado en un concurso organizado por UNR Editora. Le ruego, si se decide a leer las 7.579 palabras, que sea indulgente con las vanas pretensiones de originalidad de mis veinte años. Y con todo lo demás también.

* * *

Daniel bostezó y miró a través de la ventana. La visión de la atmósfera amarillenta de Saturno era algo que encontraba relajante. Más allá se distinguían cuatro lunas pálidas cuyos nombres no le interesaban. Lamentó que en ese momento los anillos no fueran visibles. Daniel disfrutaba el espectáculo de los millones de fragmentos de hielo y roca reflejando la luz del Sol en todos los colores del espectro, como un arco iris cósmico.

—¿No hay más café? —chilló una voz a sus espaldas. Giró su asiento para ver a Virginia maldiciendo el terminal de bebidas.

—Recibiremos una nave de suministros en cinco semanas —le informó Daniel.

—¿Cinco semanas? ¿Cómo se supone que voy a aguantar tanto tiempo sin café? —bramó ella.

Daniel la ignoró. Volvió a orientar su asiento en dirección al espacio, mientras cuestionaba mentalmente por enésima vez los mecanismos de selección de quienes iban a permanecer durante un año entero encerrados en aquella estación orbital a mil millones de kilómetros de la Tierra. Teóricamente, las provisiones debían ser suficientes hasta la siguiente visita de la nave de suministros, que llegaba cada cuatro meses. Pero claro, los cálculos habían sido efectuados considerando hábitos de consumo normales. ¿En qué estaban pensando cuando asignaron a una cafeinómana a la estación? Virginia bebía casi el triple de café que cualquiera de los demás tripulantes. ¿Cuál era entonces el objeto de los tests físicos y psicológicos a que los sometían?

—Voy a ver si queda algo en la cocina —anunció ella, y salió de la habitación.

Daniel miró su reloj: dieciséis cuarenta, y faltaba aún más de una hora para que terminara su turno. Debía vigilar la consola de comunicaciones, en caso de que alguien intentara hacer contacto. ¿Quién? se preguntaba. Aquella no era precisamente una zona de tránsito intenso, como la Tierra o Marte. A menudo se preguntaba a quién se le había ocurrido poner una estación de control de tráfico en pleno desierto espacial.

De cualquier manera, era la suya una tarea carente de objeto. Si alguien intentara comunicarse, la computadora le daría inmediato aviso, sin importar en dónde se hallara él. No, el verdadero problema era el comandante Dimitrovsky. Él se oponía a que sus subordinados tuvieran demasiado ocio, y por eso les asignaba tareas aparentemente inútiles (y a menudo tediosas), como monitorear la consola de comunicaciones o verificar el funcionamiento de la unidad recicladora de agua. Afortunadamente los trabajos más pesados de limpieza estaban automatizados, aunque a Daniel no le habría extrañado que un día el viejo sacara escobas y trapeadores de algún armario oculto y los pusiera a limpiar los corredores.

Un estallido en la consola interrumpió sus pensamientos. Surgía de los parlantes un ruido uniforme salpicado de microestallidos, sobre el que se distinguía la sombra de una voz humana.

Aux... éste es el cr... ania. Estamos en... blemas.

—Esta es la estación Cronus 1 —respondió Daniel, mientras trataba de compensar la señal de entrada—. Repita su mensaje, por favor.

Éste es el crucero Albania —dijo la voz—. Estamos en graves problemas.

Daniel calculó, por el retardo de la respuesta, que no debía estar lejos; como mucho, medio millón de kilómetros. Podían llegar en un par de horas.

—Atención, Albania, voy a establecer una radiobaliza —anunció—. Siga la señal, ¿entendido?

Ninguno de mis instrumentos funciona —dijo la voz, cada vez más difusa—. No estoy seguro de...

—Siga la señal, Albania —insistió Daniel, sin saber si podían oírlo—. Siga la señal.

Encendió la radiobaliza e inmediatamente contactó al comandante Dimitrovsky.

* * *

La tensión en la sala de control había ido en aumento en los últimos minutos, y no sólo porque iban a socorrer a una nave en problemas. Luego de meses de aislamiento, la sola idea de tener contacto con otros seres humanos había creado una excitación aún mayor que el nerviosismo propio de una situación de emergencia.

Virginia, más ansiosa que de costumbre, se paseaba frenéticamente de un lado a otro, mientras el viejo Dimitrovsky, de pie en medio de la sala, parecía ser el más calmado. En realidad, el comandante estaba tan preocupado como el resto. El tripulante del Albania había dicho que se hallaban en «graves problemas», aunque no había especificado su naturaleza. Podían ser cualquier cosa imaginable: inconvenientes técnicos, un motín de la tripulación, una epidemia... O tal vez habían quedado atrapados en el campo gravitatorio del planeta, y en tal caso nada podían hacer por ellos. Cualquiera que fuese el tipo de asistencia que requirieran, era necesario que llegaran a la estación.

—Tengo la nave —anunció Víctor, sentado frente a una de las consolas—. Está a quince mil kilómetros, y se acerca a velocidad constante.

Daniel accionó un control en el panel de comunicaciones.

—Atención, Albania, aquí Cronus 1. Debe atracar en el muelle dos. Nuestros sistemas de guía lo ayudarán. ¿Me recibe?

Por toda respuesta, un breve mensaje se imprimió en la pantalla. Daniel leyó: HSX-150-B Albania.

—Es el código de identificación de la nave —explicó.

—Está desacelerando —anunció Víctor—. Va a atracar.

A través de la gran ventana, ya podía verse claramente la forma alargada del Albania. Era un crucero de mediano porte, de no más de sesenta o setenta metros de largo, y no parecía en muy buen estado.

—¿Hay alguna señal de cuarentena? —indagó súbitamente Dimitrovsky.

—Negativo —respondió Daniel de inmediato. La señal de cuarentena era obligatoria si la tripulación de una nave había contraído alguna enfermedad contagiosa. Pero el Albania no emitía tal señal. No era ése el problema.

Todos siguieron con la vista a la nave mientras se acercaba lentamente a la estación y maniobraba para acoplarse al muelle. Instantes después, sus motores comenzaron a apagarse.

—La nave atracó con éxito —informó Víctor.

* * *

Mientras esperaba en el muelle que la escotilla de la nave le concediera el acceso, el doctor Lester, médico de la estación, se imaginaba los inconvenientes que posiblemente tendría que afrontar. Si bien estaba preparado para toda clase de emergencias, e incluso tenía amplia experiencia como cirujano, una nave como el Albania podía transportar una tripulación de más de cien hombres. Había indicado que se pidiera por radio un equipo médico, pero muy a su pesar sabía que ninguna nave llegaría a la zona en menos de dos semanas. Cierta vez el ingeniero McKinley le contó que décadas atrás, antes de los modernos métodos de propulsión, los viajes espaciales duraban meses o años. Las naves, en su mayoría sondas no tripuladas, simplemente se dejaban llevar por la gravedad y la inercia, como los antiguos marinos se ponían a merced de los vientos y las corrientes oceánicas. Por supuesto, al doctor Lester no le importaba si antes se tardaba un siglo en viajar de un planeta a otro; dos semanas era demasiado tiempo en una situación de emergencia.

Habían transcurrido ya varios minutos y la escotilla de la nave parecía no tener intención de abrirse. Lester se dirigió a un terminal de comunicaciones empotrado en la pared.

—La nave no se abre —denunció—. ¿Qué pasa?

Tratamos de comunicarnos, pero no hay respuesta —contestó una voz al otro lado—. Tal vez tengamos que abrirla nosotros. Vengan a la sala de control.

Se le ocurrió que tal vez ya estuvieran todos muertos. Este pensamiento le infundió una imprecisa sensación de tranquilidad: si habían muerto, ya no había necesidad de salvarlos. Miró de soslayo a Cristina, la enfermera, y advirtió en sus ojos que ella compartía la idea, pero no el sentimiento. Ella era una mujer joven, con poca experiencia. La habían asignado a la estación poco después de haber terminado sus estudios de auxiliar de medicina. No estaba acostumbrada, como él, a ver la muerte como algo natural y cotidiano. Ella seguía sintiendo aprensión frente a un cadáver, mientras él no experimentaba más que una vaga resignación ante lo irremediable. Tal vez, pensaba a menudo, los años le habían enfriado el corazón.

Suspirando, tomó su equipo y salió del muelle, secundado por su aprensiva enfermera.

* * *

Lester miró impaciente su reloj. Hacía más de diez minutos que McKinley había comenzado a cortar la escotilla con su soldador láser, y parecía lejos de terminar.

—¿Podrías hacerlo más rápido? —lo exhortó—. Los que están adentro ya podrían estar muertos. —Un escalofrío recorrió la espalda de Cristina.

—Esto no es tan fácil —se defendió el ingeniero—. Este panel tiene dos centímetros de espesor.

Lester calló. Lo que menos necesitaba ahora eran detalles técnicos sobre la construcción de naves. Unos quince minutos más tarde, McKinley había completado sobre la escotilla un dibujo tosco con pretensiones de rectángulo. —Listo —anunció. Abrió con un pie la improvisada puerta, que hizo gran estruendo al caer dentro de la nave.

El interior del crucero estaba desierto. Los tripulantes no estaban ni vivos ni muertos; simplemente ausentes. Registraron la nave de punta a punta, cubierta por cubierta, sin encontrar el menor indicio de vida.

McKinley se dirigió al puente de mando. Lo encontró tan vacío como el resto de la nave. Intrigado, se instaló en el puesto de comunicaciones y accionó varios controles.

—Aquí McKinley. ¿Me recibes, Daniel?

Te recibo —se escuchó—. ¿La tripulación está bien?

—La tripulación no está —respondió flemáticamente McKinley.

¿Qué? ¿Cómo que no está? ¿Qué quieres decir?

—Precisamente eso, que no está. La nave está vacía.

Daniel estaba confundido, no sabía que decir. Todas las previsiones se habían hecho partiendo de la premisa de que había una tripulación. Era aquella una situación completamente insospechada.

Luego de unos instantes de silencio otra voz más grave, la del comandante, surgió de la consola.

—McKinley, soy Dimitrovsky. Transmítanos los registros de la nave de inmediato.

—Entendido —repuso.

Se puso de pie y caminó hasta otro puesto para ejecutar la orden recibida. Mientras los registros del Albania eran transferidos a la base de datos de la estación, trataba de determinar qué había ocurrido con todos a bordo. Según la computadora, el transbordador estaba en su sitio, al igual que todos los trajes de presión. Nadie había abandonado el Albania. Entonces, ¿cuál era la explicación? ¿Sencillamente se habían esfumado en el aire?

* * *

—Está encriptado —exclamó Víctor desde su consola.

—¿Encriptado? —repitió Dimitrovsky.

—Eso dije —respondió—. Los registros están encriptados.

—Pero, ¿por qué? —se preguntó el comandante, perturbado. Los registros de navegación no son más que datos sobre la trayectoria de la nave, las lecturas de los instrumentos y la actividad del puente, entre otras cosas. Ninguna información vital, o potencialmente peligrosa. ¿Por qué alguien querría codificarlos?

—¿Podrá descifrarlos? —inquirió Dimitrovsky.

—Eso es lo más extraño. Están encriptados con el algoritmo Wallman, que quedó obsoleto hace años.

—¿Eso significa que podrá descifrarlo fácilmente? —insistió el comandante.

—No del todo. Si bien es un algoritmo antiguo, sigue siendo complejo. Me llevará algunas horas.

—Empiece ahora —sentenció, y luego se volvió hacia Virginia—. Quiero que tú y Ramírez registren la nave, hasta el último rincón.

—¿En busca de qué?

—De cualquier cosa que nos diga qué pasó con la tripulación.

Virginia asintió y salió de la habitación. Daniel escudriñó su reloj: las diecinueve treinta y cinco. Giró su cabeza hacia la gran ventana, y por primera vez no miró los anillos de Saturno. Toda su atención estaba enfocada en esa nave que hasta ahora había generado muchas preguntas y ninguna respuesta. Tenía la imprecisa sensación de que no era bueno que estuviera allí, que les traería problemas. Era una sensación que arrastraba desde el primer contacto por radio y que se había acentuado con la revelación de que nadie la tripulaba. Y si no había nadie a bordo, ¿con quién había hablado él por radio horas atrás? Cuanto más pensaba en el asunto, más parecían fortalecerse sus sospechas. Sí, no había duda de que el Albania era de mal agüero.

* * *

Minutos después, Daniel estaba sentado a una mesa en el comedor, tratando de prestar atención a lo que Cristina le decía. En los últimos meses había surgido entre ellos algo que ninguno de los dos se atrevía a calificar aún de romance, pero que ya había suscitado comentarios entre los demás habitantes de Cronus 1.

—De cierta manera, fue un alivio para mí que no hubiera muertos —relataba ella—. El doctor Lester dice que tendré que acostumbrarme, pero me resulta difícil. ¿Me estás escuchando?

—No puedo dejar de pensar en el Albania —explicó él—. Algo me dice que nos meterá en problemas.

—¿Es una corazonada? —rió Cristina.

—Tal vez. Es que hay algo, no sé... funesto en todo esto.

—¡Funesto! —volvió a reír—. ¿Lo dices sólo porque una nave fantasma sale de la nada y llega a la estación sin tripulantes? ¡Ya creo que es funesto!

—Está bien, ríete, pero creo que haríamos bien en deshacernos de esa nave.

—Estás realmente asustado. Y me estás asustando a mí —admitió ella, mientras observaba con recelo al Albania a través de una ventana—. En realidad, a mí tampoco me gusta mucho. Me causa escalofríos.

El vozarrón del comandante Dimitrovsky surgió de pronto de los altoparlantes.

—Atención todo el personal, presentarse de inmediato en la sala de control.

Daniel se puso de pie. —Creo que nuestros problemas están por comenzar.

* * *

Virginia estaba de pie junto a Dimitrovsky, visiblemente alterada. No era que el resto del tiempo fuera una persona tranquila, pero esta vez había algo desusado en ella. Las ojeras, elocuente testimonio del insomnio a que el café la había condenado, estaban más pronunciadas que de costumbre. Movía inconscientemente sus dedos en busca de un cigarrillo, pero en la estación no había ninguno; en las instalaciones espaciales el aire respirable es un recurso limitado y, por lo tanto, valioso. En cuanto a Ramírez, no se lo veía por ninguna parte.

—¿Qué pasa? —preguntó Daniel apenas entró a la sala.

—Ramírez desapareció —respondió Dimitrovsky sin mostrar inquietud.

—¿Cómo que desapareció?

—Estábamos registrando la nave, y perdí contacto con él —murmuró Virginia—. Cuando fui a ver qué sucedía, ya no estaba.

El comandante levantó en el aire una tarjeta de memoria.

—Este es el registro del intercom de Virginia —dijo, e introdujo la tarjeta en un terminal cercano.

¿Me escuchas, Virginia? —se oyó la voz de Ramírez a través de un parlante.

—Te escucho. ¿Dónde estás?

—En la sala de máquinas. Es extraño, nunca había visto algo así.

—¿Qué cosa?

—Esta sala es más grande de lo normal. Hay un aparato aquí, que no sé qué es.

—Tal vez sea un nuevo tipo de motor.

—No, no parece un motor... no se parece a nada que...

La transmisión, hasta ese momento limpia y clara, comenzó a llenarse de ruidos. La voz de Ramírez era cada vez más difusa, más amorfa. A Daniel le recordó la primera comunicación con el Albania. Todo era igual: los mismos ruidos, los mismos microestallidos, la misma distorsión en la voz...

—Cuando llegué a la sala de máquinas, no había nadie —explicó Virginia, confusa.

—Ésta es una situación crítica —dictaminó el comandante—. Nadie se acercará al muelle dos hasta que se hayan descifrado los registros del Albania —se volvió hacia Daniel—. Schilder, tú eres nuestro experto en comunicaciones. Quiero que veas si puedes sacar algo en claro de esto —le ordenó, señalándole el terminal.

Quejándose entre dientes por tener que trabajar en su tiempo libre, Daniel se sentó y comenzó a analizar el registro del intercomunicador. Mientras los demás salían de la sala, Dimitrovsky fue hacia Víctor.

—¿Cómo va eso? —le preguntó.

—Tuve un pequeño contratiempo, pero va avanzando.

—Avíseme cuando esté listo —finalizó.

Un instante después, la puerta se abrió y McKinley entró a la sala. Daniel lo miró extrañado; curiosamente, no se había percatado de su ausencia durante la reunión. Y es difícil no notar la falta de tal coloso; en su juventud su corpulencia le había ganado el mote de «Monte McKinley», que a disgusto arrastraba desde entonces.

—Al fin decidió honrarnos con su visita, ingeniero —dijo un Dimitrovsky que trataba de ser irónico. Echó una ojeada a su reloj—. Convoqué al personal hace más de diez minutos. La reunión ya terminó.

—¿Qué? —exclamó McKinley, ofuscado—. ¡Pero si acaba de anunciarla!

—Anuncié la reunión a las diecinueve cincuenta y cuatro. Actualmente son las veinte y siete.

McKinley miró su reloj, confundido. —¡Son las diecinueve cincuenta y cinco!—alegó.

—Retrasar su reloj es una excusa muy torpe, señor McKinley. Esperaba algo más de usted. —Se encaminó hacia la puerta—. Hay un nodo defectuoso en el nivel cuatro, en la intersección de los pasillos A y H. Encárguese de reemplazarlo —terminó, sin voltear a verlo.

—¿Por qué tenemos que aguantar a ese viejo con ínfulas de general? —vociferó McKinley apenas Dimitrovsky desapareció tras la puerta—. ¡Ni siquiera es una estación militar! —Echó un vistazo a los otros dos y, tras suspirar con abatimiento, salió de la estancia.

* * *

Los últimos segundos de la transmisión se presentaban ante los ojos de Daniel como un rompecabezas que debía armar. Por supuesto, resulta más fácil mejorar la calidad de una comunicación en curso que la de una grabada. La voz se confundía con el ruido, era casi parte de él, no podían separarse el uno del otro. Aplicó un filtro, pero sólo empeoró las cosas. Probó con remodular el mensaje, pero era inútil: aquella voz no parecía humana. Sintió un escalofrío ante aquel pensamiento.

—¡Maldición! —bramó de pronto Víctor, golpeando con el puño el tablero de su consola.

—¿Qué pasa? —se interesó su compañero.

—Es la tercera vez que el sistema falla. A este paso, nunca terminaré de desencriptar los registros.

—Dijiste que era un algoritmo muy complejo. Tal vez estás sobreexigiendo al procesador —aventuró Daniel.

—No, no puede ser sólo eso. Tiene que haber algo más.

—Entonces, puede que haya algún disturbio electromagnético —dijo, y deslizó su silla hasta otra consola. Allí recuperó los registros de la actividad electromagnética de las últimas horas.

—Mira, aquí hay tres picos —señaló en la pantalla—. El primero es a las diecinueve cuarenta y siete.

—Sí, por esa hora fue la primera falla —asintió el otro.

—El segundo fue a las diecinueve cincuenta y cinco.

—Sí, el viejo acababa de convocar... —se detuvo, recordando algo—. ¿Diecinueve cincuenta y cinco? ¿No era ésa la hora que indicaba el reloj de McKinley?

—Sí... sí, creo que sí.

—¿Crees que el disturbio haya afectado su reloj?

—Es posible. Como sea, el tercero fue hace sólo...

Un revuelo en el exterior de la sala distrajo su atención. Movido por la curiosidad, Daniel se asomó a la puerta justo a tiempo para ver a Cristina corriendo por el pasillo.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—Virginia está en shock —respondió ella, antes de perderse en un cruce de corredores. Sin dudar ni un instante, los otros dos fueron tras ella.

* * *

Al entrar en la enfermería, vieron al doctor Lester sosteniendo a Virginia, tratando de que las convulsiones no la hicieran caer de la camilla. Ella estaba allí, semiconsciente, balbuceando cosas ininteligibles.

—¡Cinco miligramos de simpatrazol, rápido! —vociferó Lester. Cristina se dirigió presurosa a cumplir la orden, y un instante después puso la jeringa en su mano. El doctor hundió la aguja en el brazo de Virginia, y ella de a poco dejó de moverse, como un juguete al que se le agotan las baterías. Quedó inmóvil, con los ojos fijos en las luces del techo, como si mirara un objeto muy lejano.

—¿Qué pasó? —lo interrogó Dimitrovsky, que en ese momento llegaba a la carrera, respirando con dificultad.

—No sé. Estaba trabajando aquí, y de repente la oí gritar desde la cocina.

—¿La cocina? ¿Dónde está Franco?

—No sé, no lo vi.

Todos se miraron entre sí. ¿Otra desaparición? Dimitrovsky se acercó al terminal de comunicaciones.

—Franco Angelini, aquí Dimitrovsky, responda —transmitió. Transcurrieron unos segundos, pero nadie respondió. El comandante golpeó con fuerza la pared.

—¡Maldición! —vociferó—. ¿Qué pasa con mis hombres? ¿Por qué desaparecen?

—Esta vez ocurrió dentro de la estación. Las cámaras de seguridad deben haber registrado lo que pasó —sugirió Víctor.

La pantalla mostraba una vista amplia de la cocina. En un lateral Franco, el regordete cocinero de la estación, revolvía el contenido de una gran olla con una cuchara de madera. Prefería las cucharas de madera a las de metal o plástico porque, según decía, le daba un «sabor tradicional» a la comida. En una esquina se leía la hora de la grabación: 20:22:49. Virginia entró por un lado y abrió una de las conservadoras.

Necesito cafeína —se la oyó decir a través del parlante.

¿No estás ya bastante nerviosa? —respondió Franco.

—Eso no te importa —dijo ella, sacando una lata de bebida cola de la conservadora.

—Está bien, está bien. Yo sólo decía...

Daniel se sintió indignado. Franco era una de las personas más afables en Cronus 1, una persona con la que se podía hablar de cualquier tema. Alguien que sabía escuchar. Se había convertido en el psicólogo de facto de la estación. Cada vez que alguien tenía un problema, era a él a quien recurrían, incluso Virginia. No era justo que lo tratara de esa manera.

Virginia... —dijo débilmente.

¿Qué pasa? —respondió ella de mala manera. Estaba de espaldas a él, apoyada en la conservadora, con la lata en la mano.

—No sé... esto es...

Ella se dio vuelta, y lo que vio no fue de su agrado. Franco estaba inexplicablemente rodeado por un aura verdosa.

Ayúdame —suplicó él, mientras el halo luminoso parecía entrar en él y luego se desvanecía, dejando vacante el espacio que antes había ocupado el cuerpo del cocinero.

Virginia dejó caer la lata y retrocedió hasta toparse con la pared. Ya se abría su boca, ya emergía del parlante un grito agudo, estridente, que inundaba la sala y perforaba los tímpanos como una aguja.

Víctor detuvo la reproducción. Ya habían visto suficiente.

—Bueno, creo que eso lo explica —dijo luego de unos segundos el doctor, exhalando la tensión en un suspiro.

—¡Esto no explica nada! —ladró Dimitrovsky, furioso—. ¿No se da cuenta de que estamos peor que antes? ¡Mis hombres desaparecen en el aire, y ni siquiera sé por qué!

Daniel no lo escuchaba; había quedado mirando la hora de la grabación: 20:23:31. Veinte veintitrés. Había visto eso pocos minutos atrás, cuando... Giró su cabeza hacia una pantalla cercana. No podía ser, no. No podía tener relación con...

—Tal vez no desapareció del todo —aventuró—. Tal vez vuelva a aparecer.

Todas las miradas se volvieron hacia él. —¿Qué quieres decir? —preguntó alguien.

Daniel corrió hacia una consola. La pantalla aún lucía el gráfico del electromagnetismo.

—Este es el registro de la actividad EM de las últimas horas. Miren, hay tres picos inusuales. Miren la hora del último: veinte veintitrés.

—¡La misma hora en que desapareció Franco!

—Así es. Y miren el primero: diecinueve cuarenta y siete. ¿No coincide con la desaparición de Ramírez?

—Sí —confirmó el comandante, confuso—. Sí, creo que sí. ¿Pero crees que pueda tener relación...?

—Hasta ahora, es lo mejor que tenemos.

—Pero hay un defecto en esa teoría —objetó Lester—. Hasta ahora hubo tres picos, pero sólo dos desapariciones.

—Por eso digo que tal vez vuelvan a aparecer —continuó, excitado con su descubrimiento—. Miren el segundo pico: diecinueve cincuenta y cinco. ¿Le dice algo esa hora, comandante?

—No... no recuerdo...

—¿No recuerda? Es la hora que tenía McKinley cuando llegó tarde a la reunión.

—Sí... sí, es verdad. ¿Y crees que...?

—Que McKinley estuvo desaparecido durante diez minutos.

—Pero tendría que recordarlo. El aura... no puede no haberlo visto.

—Tal vez no lo recuerda —intervino Lester—. A veces el cerebro bloquea el recuerdo de una experiencia traumática. Es un mecanismo natural de defensa.

—¿Y qué puede ser más traumático que verse a sí mismo desapareciendo? —concluyó Daniel, satisfecho. Todo cerraba.

Tuvo que ser Cristina quien arrojara una piedra al estanque.

—Pero Ramírez no ha reaparecido. Ni ninguno de los tripulantes del Albania.

Todas las cabezas se volvieron automáticamente hacia la nave. ¿Sus tripulantes habrían corrido la misma suerte? Sí, era la única explicación que tenían.

—¿Y cuál es el origen de esas alteraciones EM? —indagó Dimitrovsky.

—Bueno, no lo sé. Como le dije, son inusuales. Pero no podrían hacer desaparecer a un ser humano, ni mucho menos. Deben ser un efecto secundario de algún otro fenómeno.

—¿Qué clase de fenómeno?

—Ojalá lo supiera. Ningún fenómeno conocido hace desaparecer personas de esa manera.

—Pues averígualo —terminó, y luego se dirigió a Lester—. Quiero que le haga un chequeo general a McKinley, en busca de cualquier anormalidad.

—De acuerdo —asintió el médico—, pero ¿dónde está McKinley?

* * *

Daniel entró al comedor. Allá, en una mesa lejana, estaba Cristina, mirando fijamente a través de una ventana. Se acercó lentamente y se sentó frente a ella.

—¡Daniel! —exclamó ella con sorpresa—. No te oí llegar.

—¿Cómo está Virginia? —le preguntó.

—El doctor dice que se repondrá en algunas horas.

—Entonces, ¿por qué estás tan preocupada?

—¿Tú no lo estás? Todos podríamos desaparecer en cualquier momento.

—No lo sé. Las tres desapariciones ocurrieron con poca diferencia de tiempo. Pero hace ya más de una hora que no pasa nada.

—Sí, pero mira al Albania. Allí había muchas más personas que aquí. Y todas desaparecieron.

—Eso puede significar que el fenómeno se está debilitando. Tal vez ya desapareció —trató de reconfortarla, esperando que sus palabras fueran verdad.

—Tal vez —asintió ella vagamente—. Daniel, tengo miedo —admitió.

—Eso es natural. Todos tenemos miedo.

—¿Incluso Dimitrovsky?

—Estoy seguro de que en este momento el viejo está temblando bajo su escritorio —dijo, y rieron juntos.

—Ya me siento mejor —sonrió ella.

—¿No tienes hambre?

—Sí, pero no quiero entrar en la cocina.

—Está bien, yo iré.

—¡No! Tengo miedo de que no regreses.

—Pero tenemos que comer. Si no, desapareceremos pero por lo flacos —dijo, y volvieron a reír.

—Está bien, ve, pero no tardes mucho.

—Lo prometo.

Se puso de pie y se encaminó hacia la cocina. Mientras revisaba las conservadoras, pensaba en Cristina. La había conocido hacía casi un año, mientras asistían a los cursos de entrenamiento para la vida en la estación espacial. Le pareció una persona excepcional, alegre y dinámica, alguien con quien era grato conversar. Internamente, le preocupaba el cambio que la llegada del Albania había obrado en ella. Solía ser una mujer vital, llena de energía, y no se echaba atrás fácilmente. La había visto en acción poco tiempo atrás cuando McKinley recibió una fuerte descarga eléctrica que lo dejó inconsciente. Durante varias horas, ella trabajó hombro con hombro con el doctor Lester para reanimarlo, sin descansar ni un instante. Tal vez eso era lo que ella necesitaba para sobrellevar esta situación que tanto la angustiaba: trabajar, tener algo en que concentrarse. Pero para eso alguien tendría que enfermarse o sufrir algún accidente, y con la condición actual ya tenían bastante de que preocuparse.

No, no le gustaba verla de esa manera, tan tensa, tan afligida. Quería que volviera a ser la de antes, la muchacha rebosante de vida que él había conocido. Se dijo a sí mismo que lo sería, tan pronto como esta crisis hubiera pasado. Cargando algunos bocadillos emprendió el regreso al comedor, y en ese momento decidió que estaba enamorado de ella.

* * *

—¿Qué has averiguado hasta ahora? —inquirió Dimitrovsky.

—No mucho —respondió Víctor desde su asiento—. Para empezar, que la nave pertenece a una compañía llamada Quantumax.

El nombre no les decía mucho, y no les extrañaba. Probablemente no era sino una más de la miríada de empresas que surgían y morían de la noche a la mañana, en busca de explotar ese mercado relativamente nuevo que era el espacio exterior.

—¿Algo más?

—La fecha es llamativa. El último registro está fechado a 18 de enero de 2061.

—¿Hace ocho años?

—Así es.

—Pero eso no es posible. ¿Está seguro de que lo descifró correctamente?

—El código Wallman puede desencriptarse con un una exactitud muy cercana al cien por ciento. Podría haber error en una fecha o dos, pero no en todas.

—Entonces, ¿qué pasó en estos ocho años?

—Tal vez el fenómeno la hizo desaparecer todo ese tiempo —aventuró Daniel.

—¿La nave entera?

—No tenemos evidencia de que afecte solamente a seres humanos. Tal vez ha hecho desaparecer también objetos, y no nos dimos cuenta... Además, no debemos olvidar que estamos frente a un fenómeno de naturaleza desconocida.

—Hay otras cosas extrañas en el registro —continuó Víctor—. Por ejemplo, que la nave haya viajado ocho meses hasta un punto mucho más allá de la órbita de Plutón.

—¿Para qué?

—No está muy claro. Habla de cierto dispositivo llamado generador LWZ que activaron al llegar allí, pero tampoco dice qué es ni qué función cumple.

Víctor leyó en la pantalla: «Las lecturas del funcionamiento del generador LWZ están dentro de los valores esperados. Los instrumentos captan indicios de la formación del vórtice de gravitones. Se espera la apertura de la singularidad dentro de...»

—Dios mío —susurró Víctor—. No es posible. Están tratando de...

—¿De qué? —lo incitó Dimitrovsky, ansioso—. ¿Están tratando de qué?

—LWZ. Sí, eso tiene que significar... Sí, todo cierra.

—¿Qué? ¿Qué es lo que cierra? ¿Qué era lo que trataban de hacer?

—Un salto cuántico —finalizó Víctor, absorto.

—¿Qué? ¿Qué es un salto cuántico?

—Esencialmente, una violación a las leyes de la geometría euclidiana —respondió, girando su silla. Víctor tenía afición por la ciencia, especialmente la física. Devoraba todo material sobre el tema que llegara a sus manos. Y no mucho tiempo atrás había quedado fascinado con las posibilidades del salto cuántico, propuesto teóricamente por los físicos Liehmann, Weber y Zoff a principios de siglo—. En teoría, para ir de un punto a otro es necesario pasar por todos los puntos intermedios, ¿verdad?

—Sí... es verdad.

— Ahora bien, supongamos que el punto de partida se encuentra en nuestro Sistema Solar, y el punto de llegada está en otra estrella. Entonces, se tardaría mucho tiempo en recorrer la distancia entre los puntos. Una nave actual tardaría siglos. Incluso viajando a la velocidad de la luz, se tardarían años.

— ¿Y ellos intentaban viajar más rápido que la luz?

—No, nada puede viajar más rápido que la luz. Pero en teoría, es posible crear artificialmente una singularidad, una especie de «agujero» en la continuidad espacio-temporal. Cualquier cosa, como una nave, que entrara a la singularidad desaparecería del espacio normal y, casi al mismo tiempo, reaparecería en otro punto. Ahora bien, si se programan correctamente todas las variables, es posible determinar exactamente en qué punto va a emerger la nave. Se iría de un punto a otro sin pasar por los puntos intermedios. En lugar de recorrer la distancia, simplemente la «saltarían».

—Y así podrían viajar de una estrella a otra en segundos en vez de años —concluyó Daniel—. ¿Pero por qué se alejaron tanto?

—Bueno, es que la gravedad del Sol o de los planetas podría afectar el proceso. Sin embargo, eso es sólo teoría. Nadie lo había intentado...

—Hasta ahora —completó Dimitrovsky—. Y parece que su experimento no resultó como esperaban.

—Por lo menos ya conocemos el origen de nuestro problema —intervino Daniel—. Tenemos un agujero cósmico en el muelle dos.

—Y tenemos que deshacernos de él —dictaminó el comandante—. Suéltala inmediatamente.

—No basta con soltarla —lo contrarió Daniel—. Hay que alejarla de aquí.

—¿De qué manera?

—Bueno... —titubeó—. Alguien tendría que ir al puente de la nave y fijar un curso de alejamiento.

—Es peligroso —agregó Víctor—. Supongo que la posibilidad de ser afectado por la singularidad aumenta al acercarse al LWZ.

—Además, si hay alguien a bordo de la nave cuando se suelte, ¿cómo volverá a la estación?

—Podría utilizar el transbordador. Si es que aún funciona, claro.

—Tendremos que arriesgarnos —determinó Dimitrovsky—. Nos reuniremos en el muelle cuatro en cinco minutos.

* * *

Al principio, nadie tenía muy en claro por qué Dimitrovsky había decidido que todos se replegaran al muelle cuatro. Al viejo no le gustaba dar explicaciones de sus órdenes, y mucho menos en situaciones críticas. Sin embargo, el motivo era evidente, y fue Víctor quien lo desentrañó: él mismo había dicho que la posibilidad de desaparecer aumentaba con la proximidad al Albania, y el muelle cuatro era el lugar más alejado. Allí estaban relativamente seguros, si era que había en aquellos momentos un lugar que pudiera ser calificado de «seguro».

—Éste es el plan —explicó el comandante, señalando en la pantalla un diagrama de la estructura interna del crucero—. Alguien tendrá que llegar al puente de la nave, en la cubierta uno, soltarla y fijar un curso de colisión con el planeta. Luego de eso, tendrá pocos minutos para llegar al transbordador, en la cubierta tres, y salir antes de quedar atrapado en el campo gravitatorio. ¿Alguna pregunta?

—Sólo una —intervino Lester—. ¿Quién va a ponerle el cascabel al gato?

Dimitrovsky suspiró y paseó la vista por la concurrencia. —Necesito un voluntario —dijo al fin.

Un súbito silencio inundó la sala. Todos se miraron entre sí. Quien fuera podría no regresar. Pero alguien tenía que hacerlo.

—Está bien, yo iré —volvió a suspirar Dimitrovsky luego de unos segundos que parecieron horas—. Después de todo, soy el único que tiene experiencia piloteando naves grandes.

—No podrá hacerlo solo —terció Víctor—. Alguien debe estar en la sala de control para cerrar el muelle y recibir luego al transbordador. Yo lo haré.

—Muy bien —asintió Dimitrovsky—. ¡Vamos! No hay un minuto que perder.

* * *

Todos quedaron asombrados por la velocidad con que todo se organizó. Solían debatir durante horas para decidir el menú de la cena. Y esto no había llevado más que unos minutos de planeamiento. Nadie recordaba que se hubiera tomado antes una decisión con tal celeridad.

Los que quedaron en el muelle cuatro abrieron un canal de comunicaciones para no perder detalle de lo que iba sucediendo.

Ya estoy en la nave —dijo el vozarrón de Dimitrovsky—. Parece que nadie tomó en cuenta este agujero en la puerta.

No se preocupe por eso —respondió Víctor—. Cuando la nave se separe, la sección se cerrará automáticamente para impedir la despresurización. No tendrá que pasar por ahí, no se preocupe.

No me preocupo. Bien, estoy subiendo. —A través del parlante se escuchaba débilmente el sonido metálico de las botas de Dimitrovsky sobre los travesaños de la escalera de mano.

—Ya estoy en la cubierta uno. Camino hacia el... un momento, algo está mal.

La transmisión comenzó a distorsionarse. Daniel cerró los ojos, escuchando con su oído entrenado los fatídicos microestallidos.

—Víctor, ¿qué está pasando?... Esto no es...

—Aquí... no, esto no puede estar pasando... ¡Oh, Dios mío!...

Cristina se abrazó con fuerza a Daniel. El terminal de comunicaciones quedó de improviso en silencio. Ni ruido de interferencia, ni microestallidos, ni gritos. Sólo silencio, un silencio que pesaba toneladas.

—¿Y ahora qué? —dijo al fin el doctor, moviendo la cabeza.

Daniel suspiró, juntando fuerzas.

—Lo intentaremos de nuevo —resolvió—. Doctor, usted me ayudará desde la sala de control.

—¿Qué? Pero yo no sé manejar esos aparatos.

—Yo le daré instrucciones por la radio.

—De ninguna manera. No voy a hacerlo. No cuente conmigo. —De repente, la idea de abandonar el muelle se le antojaba espantosa.

—No, no lo hagas —sollozó Cristina, abrazándolo con toda su fuerza—. Por favor, no vayas.

—Tengo que hacerlo.

—No, no vayas —insistió ella—. Podemos quedarnos aquí, en el muelle. Aquí estaremos seguros hasta que llegue la nave de suministros. La haremos atracar aquí, y entonces...

—No, no podemos hacer eso —dijo él, zafándose—. Cristina, mi amor, tengo que ir. Tenemos que salir de aquí.

—No, por favor —suplicaba ella mientras Daniel se marchaba—. ¡No!

Se alejó por los corredores, tratando de no escucharla. Él también estaba aterrorizado, pero algo más fuerte que el miedo lo hacía correr hacia la sala de control para volver a abrir la compuerta del muelle para luego internarse en la siniestra nave. Se preguntó qué era, y se dijo que debía de ser lo mismo que hacía a Cristina actuar tan decididamente ante una persona herida, sin inmutarse por la sangre o los gritos de dolor. Sí, debía ser eso mismo, aunque no pudo responder de qué se trataba.

Aún no había resuelto cómo haría para reingresar a la estación una vez a bordo del transbordador, cuando abrió la puerta de la sala de control.

—No, no puede ser sólo eso —dijo una voz—. Tiene que haber algo más.

Se frotó los ojos con ambas manos y volvió a mirar, a ver si era cierto aquello que había visto. ¡Víctor! ¡Era Víctor! ¡Entonces no había desaparecido! ¡Estaba vivo! Estuvo a punto de correr a estrechar a su amigo entre sus brazos, pero algo lo detuvo.

—Entonces, puede que haya algún disturbio electromagnético —dijo otra voz a su derecha. Giró la cabeza para ver la fuente, y dio un paso atrás, horrorizado. Allí, sentado frente a una consola, de espaldas a la puerta, estaba él.

—Mira, aquí hay tres picos —se oyó decir—. El primero es a las...

—Esto... esto ya sucedió —murmuró, confuso—. Ya sucedió, y está sucediendo de nuevo. No... no es posible...

Sintiéndose como en un sueño, se acercó lenta, sigilosamente, a aquel facsímil de sí mismo, y con suavidad, como si pudiera romperlo, le apoyó la mano en el hombro.

* * *

Despertó en medio de un ataque de tos, y tenía los ojos irritados. Miró alrededor, para ver que estaba envuelto en una nube de humo. Un tenue resplandor verdoso iluminaba débilmente la escena, mientras una estridente sirena taladraba sus oídos. Hizo un esfuerzo mental, pero no pudo recordar dónde estaba ni cómo había llegado allí. Trató de ponerse de pie, pero no estaba acostado: estaba flotando boca abajo, a un metro de lo que creía el suelo, y que en realidad era una de las paredes del corredor.

Dejó de toser y bajo la sirena oyó otra tos más suave, más aguda. Forzó la vista en aquella dirección y pudo distinguir a pocos metros la trenza rubia de Cristina.

—¡Cristina! —la llamó. Trató de avanzar hacia ella, pero sólo logró azotar el aire con los brazos.

—¡Daniel! —respondió ella, y se acercó rápidamente. Se deslizaba aferrándose a las tuberías del techo. Cuando estuvo suficientemente cerca, se impulsó con sus piernas y se dejó llevar por la inercia hasta él.

—Pensé que te había perdido —le dijo, abrazándose a él.

—¿Qué pasó? ¿Por qué no hay gravedad? ¿Y qué pasó con las luces?

—Muchos sistemas fallaron, incluyendo el generador gravitónico. Hubo muchas explosiones. ¡Oh, Daniel, pensé que ya no te vería!

—¿Dónde están los demás? ¿Lester, y Virginia, y...?

—Desaparecieron hace horas. Pensé que me había quedado sola.

Daniel miró alrededor; entre el humo y la semioscuridad, no reconocía el lugar.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—No lo sé —respondió ella—. Pero ya no estamos en órbita.

Daniel giró para mirar por la ventana, esperando ver el tinte amarillento de las nubes de Saturno. Pero no lo encontró. Allí afuera se abría un espacio negro, sin estrellas. El resplandor verdoso provenía de allí, pero no podía distinguir la fuente.

—Trataba de llegar a nuestro transbordador, pero me perdí —explicó ella, agitada —. No sé donde estamos.

—Pues averigüémoslo —dijo él, y se pusieron en marcha.

Una voz potente se superpuso al ulular de la sirena.

—Alerta, alerta. Despresurización total en niveles ocho y nueve. Se recomienda evacuar la estación inmediatamente.

—Por lo menos sabemos que éste no es el nivel ocho ni nueve —dijo Cristina. Daniel no la escuchó; estaba pensando en otra cosa. Una vez que alcanzaran el transbordador, ¿a dónde irían? No estaban en el espacio normal, eso era seguro. Tal vez era otro universo. ¿Y a dónde irían en otro universo? No importaba, cualquier lugar era más seguro aquella estación a punto de colapsar.

En esto estaba pensando cuando se topó con algo. Lo miró bien: era una caja de herramientas. A un lado, un panel de la pared estaba suelto, dejando al descubierto toda la circuitería.

—Estamos en el nivel cuatro —dijo Daniel, como recordando algo.

—¿Cómo lo sabes?

—McKinley estaba trabajando en el nivel cuatro antes de desaparecer. En la intersección de los corredores... A y H, creo.

—Entonces estamos cerca —observó ella—. El transbordador está en el nivel cinco.

Siguieron avanzando hasta unas escaleras que sabían se encontraban unos metros más adelante, pero no podían ver a causa del humo. Subieron al nivel siguiente aferrándose al pasamanos. A llegar a la desembocadura vieron una puerta en la que apenas podían leer TRANSBORDADOR 1.

—No funciona —informó ella tras pulsar el control de apertura—. Usa el mecanismo manual.

Daniel abrió un panel en la pared, dejando al descubierto una palanca metálica. Tiró con fuerza de la palanca, pero apenas pudo moverla unos centímetros. La puerta se abrió lo suficiente para permitir ver el interior del transbordador, iluminado por el resplandor verde, pero apenas podían pasar un brazo por aquella abertura.

Oyeron una detonación cercana, y en el pasillo comenzó a soplar una brisa que en menos de un segundo se transformó en un viento huracanado.

—Alerta, alerta. Despresurización en el nivel cinco. Se recomienda evacuar la estación inmediatamente.

—¡Daniel! —oyó gritar a Cristina, que pasaba volando a su espalda. En un intento desesperado logró asirla por un brazo, mientras con la otra mano se aferraba con toda la fuerza de que era capaz a la empuñadura de la palanca.

La miró con desesperación, pugnando por flexionar el brazo, por atraerla hacia sí. No podía perderla ahora, tan cerca de que todo se acabara. Apoyó los pies en la pared para asentarse y tiró de ella con todas sus fuerzas. Se esforzaba tanto que le dolían los músculos, pero no podía darse por vencido. No podía dejarla ir. Tenían aún tanto por decirse, tantas cosas por vivir juntos...

Súbitamente, la palanca se destrabó y giró libremente hasta formar un ángulo recto con la pared. Daniel sintió un agudo dolor al chocar su cabeza con la empuñadura, y cuando reaccionó oyó un agudo grito a su izquierda. Abrió los ojos; vio su mano derecha, aún sujeta a la palanca. Su corazón dio un vuelco cuando giró la cabeza y comprobó que su mano izquierda estaba libre. Más allá no distinguía a nadie, sólo la densa masa de humo que se deslizaba corredor abajo.

Durante un momento el tiempo se detuvo. La oscuridad, el humo, las sirenas, la corriente que habría de arrastrarlo a una muerte segura, todo dejó de tener sentido. No acertaba a otra cosa que mirar a la nube oscura que se alejaba de él, como si con ella se fuera todo su mundo.

La voz computarizada lo devolvió a la realidad.

—Alerta, alerta. Despresurización en el nivel cinco. Se recomienda evacuar la estación inmediatamente.

Comprobó que la puerta se había abierto totalmente. Con gran esfuerzo logró deslizarse al interior del transbordador y cerrar la escotilla. Los paneles de aleación cerámica amortiguaron las sirenas.

—Alerta, alerta. Despresurización total en niveles cinco, ocho y nueve. Se recomienda...

Se ubicó en el puesto del piloto y automáticamente, sin pensar, comenzó a accionar controles. Los monitores le informaron que el transbordador se había soltado, y fijó un curso de alejamiento. El ulular de la sirena fue disminuyendo poco a poco, hasta desaparecer por completo. Entonces, la nave se sacudió bruscamente, arrojándolo del asiento. Se acomodó de nuevo y se colocó el cinturón de seguridad. El transbordador se sacudió otra vez, y otra vez más, y entonces todo se volvió negro.

* * *

Despertó lentamente, oyendo voces en sus sueños. Sintió un dolor agudo en su sien izquierda. Se había golpeado, sin duda.

¿Dónde estaba? A medida que se recuperaba del mareo, advirtió que el resplandor verde había desaparecido y, más allá, las estrellas habían vuelto a brillar. Pero, ¿qué estrellas eran ésas? Recordó las palabras de Víctor y pensó, aún confuso, que podía hallarse en un punto distante de la galaxia. Tal vez ni siquiera estaba en la Vía Láctea. Podía hallarse en cualquier lugar del universo. Temió que jamás volvería a la Tierra, que moriría en aquel pequeño transbordador, sin comida ni agua.

La voz de su sueño volvió a sonar en sus oídos.

—Nave no identificada, éste es el carguero Guadalquivir. Identifíquese, por favor.

No, no era un sueño. En realidad, otra nave trataba de comunicarse con él. Entonces no estaba tan lejos. Podría volver a su hogar en poco tiempo. Volvería a ver a su familia, a sus amigos...

—No saben cuánto me alegra oírlos —contestó.

Al fin nos responde —se oyó la otra voz. Daniel quedó sorprendido con la claridad de la comunicación—. Recibimos su señal de socorro hace horas. ¿Qué pasó con su nave?

¿Horas? ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Y qué lugar era ése, exactamente? No estaba cerca de Saturno, de eso estaba seguro; esa nave había llegado en muy poco tiempo. Tal vez estaba más cerca de la Tierra de lo que imaginaba.

—No vengo de una nave —respondió—. Vengo de la estación Cronus 1, en...

¿Cronus 1? —lo interrumpió la otra voz—. ¿Es una broma?

—No, no es una broma. Sé que estoy un poco lejos, pero puedo explicar todo. Créame, es una historia muy interesante.

—Ya creo que será interesante. ¡Cronus 1 desapareció hace más de ochenta años!

Se quedó sin palabras. Su mente se puso en blanco. Se desplomó en el asiento, mientras una nave colosal, la más grande que jamás había visto, aparecía por un costado y abría una compuerta lateral para recibirlo en sus entrañas.