martes, febrero 28, 2006

Péguele a Dan Brown

Y sí, yo también quería participar del deporte de moda: el «péguele a Dan Brown». O, al menos, quería saber qué era eso de los que tantos hablan y formarme mi propia opinión con respecto al que parece ser todo un fenómeno social. Así fue que, hallado por fin un medio para leer de El código da Vinci sin aligerar mi bolsillo, me sumergí en sus páginas y salí transformado. Transformado, más que nada, en alguien que jamás volverá a tocar un libro de Dan Brown.


No me referiré aquí al supuesto «anti-catolicismo» de la novela, que me parece que se ha exagerado mucho. No me detendré tampoco en los detalles de la «documentación creativa» que ha dejado su marca en la obra de Brown, aunque creo que vale la pena que haga unos comentarios a propósito de sus múltiples «licencias innecesarias». No me refiero a licencias ficcionales, como que en la novela el conservador del Louvre se llame Jacques Saunière, o que el Chateau Villette sea propiedad de un historiador británico. Claro que cosas como ésas son perfectamente legítimas en una ficción. A lo que me refiero es a las licencias que toma el autor respecto de la pretensión, enunciada bajo el título «Los hechos», de que «todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces». Me refiero a todos aquellos pasajes en que me invadía el impulso de gritar algo en la línea de: «¡Mamá! ¡El abuelo Dan está inventando de nuevo!».

Sin ninguna duda, el ejemplo culminante de los pasajes de esta clase son aquellos en los que Langdon y Teabing le exponen a Sophie la «verdad» sobre el Santo Grial (capítulos 56, 58 y 60). Por supuesto, Sophie hace muchas preguntas; pero nunca formula las que serían verdaderamente relevantes. No hablo de la nula evidencia documental de todas las afirmaciones; esa cuestión se plantea para descartarla de inmediato con una muestra de relativismo epistemológico que apesta a tres leguas (además de chocar de frente con todo lo demás que se dice en el libro, claro). No, hablo de preguntas que cuestionen la estructura lógica de la teoría. Por ejemplo: ¿por qué los apóstoles habrían de escandalizarse de que Jesús besara a su propia esposa? Y hablando de apóstoles: ¿dónde está el apóstol que falta? Si en el fresco de Leonardo La última cena, quien se supone que es Juan es en realidad María Magdalena, ¿dónde está el verdadero Juan? ¿Lo mandaron a comprar más vino?

Pero no es el travesti de La última cena la única indicación de las terribles «verdades» reveladas, claro que no. Según Langdon no deja de insistir (y de insistir, y de insistir), parecería que todo bicho que camina, vuela, nada, se arrastra o yace patas para arriba es un simbolismo de «lo sagrado femenino». A medida que leía iba tomando notas mentales para una posible parodia (sí, yo también quiero un pedazo de la torta, ¿qué hay?), y en un momento se me ocurrió algo del estilo de «la idéntica longitud de las orejas del perro Pluto es un símbolo del equilibrio entre lo masculino y lo femenino». Pero entonces, en el capítulo 61, me topé con lo suguiente y se me cayó el alma a los pies:

Al igual que en el caso de Leonardo, a Walt Disney le encantaba incluir mensajes ocultos y símbolos en sus obras. Para el ojo entrenado del experto en simbología ver alguna de las primeras películas de Disney era quedar sepultado bajo un alud de alusiones y metáforas.

La mayor parte de sus mensajes trataban de la religión, de la mitología pagana y de las historias de la diosa sometida. No es casualidad que retomara los cuentos de la Cenicienta, la Bella Durmiente y Blancanieves; en las tres se trata el tema de la encarcelación de la divinidad femenina.

Qué novela completa, ¿verdad? Hasta incluye parodias a sí misma. Y no es éste el único caso, ya que en el capítulo 6 se lee lo siguiente:

—Le aseguro —dijo— que a pesar de lo que vea en las películas, la interpretación demoníaca del pentáculo no es rigurosa desde el punto de vista histórico.

Y más tarde, en el capítulo 74:

Langdon decidió no escandalizar a sus alumnos explicándoles que más de diez sociedades secretas de todo el mundo —muchas de ellas bastante influyentes— seguían practicando ritos sexuales y mantenían vivas las antiguas tradiciones. El personaje de Tom Cruise en la película Eyes wide shut lo descubría sin querer cuando se colaba en una reunión privada de neoyorquinos de clase alta y era testigo de un Hieros Gamos. Por desgracia, los realizadores de la película no habían reflejado correctamente los pormenores, pero lo esencial estaba ahí, una sociedad secreta en comunión, entregándose a la magia de una unión sexual.

Dos aclaraciones. Una: la negrita es mía en todos los casos. Dos: Considero que bastante gente muere en la novela como para que yo cargue las tintas hablando de muertos y degollados.

Es cierto que una novela no tiene ninguna obligación de educar, pero al menos debería tener la decencia de no deseducar. Con todo, no creo que haya habido mala fe de parte de Brown. En todo caso, de lo único que me atrevería a acusarlo es de no tener criterio para documentarse. Y así resulta que sus personajes, aun siendo supuestamente expertos en historia, tienen tan poco criterio como el autor y toman por fuentes confiables libros pseudohistóricos como La revelación templaria de Lynn Picknett y Clive Prince, La mujer de la vasija de alabastro y La diosa en los evangelios de Margaret Starbird, y El enigma sagrado de Henry Lincoln, Michael Baigent y Richard Leigh. (Estos dos últimos autores, por cierto, parecen haber decidido que ya han ganado bastante dinero vendiendo El enigma sagrado como investigación histórica y llegado a la conclusión de que podrían ganar aún más declarando que todo es creación suya y, en consecuencia, demandando por plagio a Dan Brown.)

Es mi sospecha que este supuesto revisionismo es la principal causa del éxito de este libro, que, por lo demás, no tiene ningún rasgo que lo haga sobresalir en la montaña de best-sellers fabricados como fideos. Aunque esta laxitud al documentarse no se limita a las pretendidas teorías históricas. Pero, como ya dije, no me detendré a listar todos los errores en que incurre la novela: por una parte, no es mi intención, y por otra, se requeriría un blog entero dedicado específicamente a ello. Si le interesa obtener detalles sobre el particular, puede empezar leyendo el artículo que ha escrito José Luis Calvo, que, le aseguro, no hace más que empezar a rasgar la superficie. Si lee inglés, hallará algo más jugoso en el artículo al respecto de la Wikipedia.

Ahora bien, obviando todos esos detalles, vayamos a la cuestión que me llevó a leer el libro: ¿qué tal es El Código da Vinci como ficción? Haré a continuación un análisis, más o menos superficial, de los distintos aspectos de la novela. Trataré de no revelar detalles del argumento, aunque no podré evitar dar ciertas pistas que, si usted no ha leído la novela y tiene intención de hacerlo, tal vez reconozca en tal ocasión y le anticipen lo que sigue. Advertido queda.

Como bien dicen los que ya la han transitado, es entretenida y se lee rápido. De hecho, se lee en piloto automático, ya que no exige apenas esfuerzo al lector, no sólo para leerla, sina tampoco para decodificarla. No hay capas subyacentes de significado: todo lo que hay está a la vista, como las baratijas sobre el lienzo de un vendedor callejero. (Encontré una sola excepción a esto, de la que hablaré más adelante.)

El estilo es totalmente despejado; no recurre más que a las metáforas e imágenes más elementales. Por supuesto, no esperaba florituras ni virtuosismos; pero es que no se hace el menor intento de usar el lenguaje, no ya de una manera estética, sino siquiera para generar atmósfera. No se gastan palabras en nada que no sea relatar llanamente la historia, como si de una simple crónica se tratara. De igual manera, los personajes no tienen ningún rasgo distintivo, ya sea físico o espiritual, que no sea enteramente funcional a la trama.

Tal vez no cree atmósfera, pero sí crea suspenso. Y lo hace echando mano siempre del mismo recurso: lleva la situación a un punto de ruptura, en que parece inminente una nueva revelación, y entonces... Entonces sucede algo que rompe el clima y posterga la revelación cuatro o cinco capítulos. Puede funcionar una vez, y puede funcionar dos veces; pero más o menos a la quinta uno ya empieza a sentir que le están tomando el pelo. (Sensación que se acrecienta al comprobar lo anodinas que son las revelaciones.)

El desarrollo de los sucesos es un poco menos lineal de lo que había preconcebido, aunque eso se debe sólo al uso de flashbacks. De hecho, me da la impresión de que se abusa del recurso, utilizándoselo para explicar los detalles más nimios.

Y es que las explicaciones son, precisamente, algo de lo que El Código da Vinci no escasea. Muchas de ellas son totalmente prescindibles, ya que no detallan nada que un lector medianamente despierto no pueda advertir por su cuenta. Es este exceso expositivo una de las razones de que afirme de que todo está a la vista, de que no es necesario escarbar para encontrar nada.

¿Y en qué consiste la trama? Básicamente, se trata de un gran juego de la búsqueda del tesoro, en el que la resolución de cada pista lleva a otra pista nueva, en algún otro punto turístico. En este aspecto, la trama es modular: si el autor hubiera necesitado alargar o acortar la obra, podría haber agregado o quitado, respectivamente, pasos intermedios de la búsqueda sin que el conjunto se resintiera demasiado. Debo decir, sin embargo, que una revelación postergada más, acompañada de su correspondiente escape audaz e ingenioso, tal vez haya sido un tanto cansador.

En resumidas cuentas, llegué al capítulo 98 con la idea de que era un thriller del montón, no particularmente bueno, pero tampoco particularmente malo.

Y entonces, al llegar al final de ese capítulo, mi opinión dio un vuelco.

Lo admito: la revelación del final de capítulo 98 es verdaderamente inesperada.

Porque dudo mucho que alguien en su sano juicio pueda esperar una revelación tan estúpida.

(Con decirle que, imaginando la parodia prospectiva que ya he mencionado, había pensado en usar esa misma revelación para lograr un efecto cómico. Al constatar que al propio autor ya se le había ocurrido, casi me pongo a llorar.)

Me explico: cuando una obra de ficción utiliza el recurso de la «revelación inesperada» (pienso ahora en películas como Nueve reinas o El club de la pelea, y seguramente usted recordará muchos otros ejemplos), éste suele tener el efecto de cambiar el sentido de todo lo que ocurrió con anterioridad. En el caso particular de El Código da Vinci, el golpe de timón es tal que, de hecho, todo lo que sucedió hasta ese punto no tiene ningún sentido.

Ésta es otra instancia en que se echan en falta las preguntas pertinentes:

¿Por qué alguien intentaría robar algo que ya está en su poder?

¿Por qué alguien habría de apartarse de un camino que lo llevará a obtener lo que desea, sólo para poner en marcha una treta arriesgada que, de hecho, le dificultará la consecución de sus objetivos?

¿Por qué un villano se revelaría como tal de manera totalmente innecesaria ante personas cuya ayuda necesita y que, por añadidura, no desconfían en absoluto de él?

Mucho me temo que la respuesta sea: ¡Para tener una revelación inesperada, nada menos! ¿Acaso un petardo bien puesto no vale más que un argumento sólido e inteligente?

Y se supone que debo creer que este personaje se trata de alguien de inteligencia privilegiada. Si incluso, en abierta violación al inciso 7 de las conocidísimas reglas para ser un señor del mal, se regodea en las «genialidades» de su plan. Genialidades tales como, por ejemplo, haber urdido una trama enmarañada que implica al Opus Dei solamente para conseguir a un matón que le hiciera el trabajo sucio. ¡Brillante!

Ya faltan pocos párrafos para que deje a su disposición los comentarios de esta entrada, amigo lector epiceno. Allí podrá dejar su opinión o, en todo caso, llamarme «envidioso», «resentido» y demás calificativos que suelen merecer quienes se refieren en términos menos que elogiosos a algún fenómeno masivo (aunque, si tal es su propósito, dudo mucho que haya leído hasta aquí). Pero antes, permítame glosar la excepción que anticipé más arriba.

Tal excepción está protagonizada por el matón que acabo de mencionar. Tal matón es un corpulento monje albino llamado Silas. No revelo ningún secreto al mencionar esto; aunque tal vez sí lo haga si digo que, cerca del final de la novela, Silas se ve obligado a andar un buen trecho llevando una pesada carga sobre los hombros. Cuál es la naturaleza de esa carga es algo que no revelaré; aunque sí encuentro oportuno comentar que debe realizar tal tarea semidesnudo y con una herida en el costado, bajo las costillas. Es una imagen sugerente si se considera la temática de la novela, ¿no cree? Más aún teniendo en cuenta que de aquella acción de Silas resulta que se salva una vida; y finalmente, agotado por el esfuerzo y la pérdida de sangre, el monje muere redimido.

Siento realmente que, en medio de tanta promiscuidad de simbologías forzadas y explicaciones excesivas, ese paralelo sencillo, esa confianza en la inteligencia del lector, funcionarían no sólo como una redención para Silas, sino también como una mini-redención para el propio autor. Claro, no lo redimiría de mucho; a lo más, de uno o dos capítulos. Y no puedo evitar preguntarme si no fue un accidente, si realmente Brown se daba cuenta de lo que estaba haciendo al escribir esto. Si he de juzgar por el resto de la obra, me siento tentado a pensar que, si lo hubiera advertido, habría gastado otro flashback en explicitar el significado de la escena.

Y, sin embargo, tengo que darle a Dan Brown el beneficio de la duda. Tengo que dársela porque no dice, simplemente, «murió redimido». El capítulo 102 (muy probablemente el más corto de la novela) describe una escena que, personalmente, me trajo a la memoria la muerte de Roy Batty en Blade Runner, aunque el sentido es diferente: un Silas contrito reza por última vez bajo la lluvia, y las gotas le limpian la sangre de las manos. No será carne de premio literario, pero no me cabe duda de que es muy superior al resto de los centenares de páginas del ladrillo.

Pero entonces, si Dan Brown es mínimamente capaz de esto, ¿por qué ese resto de los centenares de páginas? Y tal vez se me responda: Brown quiere vender, y las escenas que piden perspicacia y sensibilidad del lector no venden. La pirotecnia argumental que no resiste el menor análisis sí.

Qué triste, ¿verdad?

domingo, febrero 12, 2006

¿Y ahora qué hago con mi teoría conspiranoica?

Estoy perturbado. Estoy anonadado. Estoy patidifuso y patitieso, las dos cosas al mismo tiempo. Estoy... Estoy más o menos como cuando me enteré de que en el momento en Colón se apersonó en la corte de los reyes de España, ya todo el mundo estaba avivado de que la Tierra no era plana. O que la Muralla China no se ve desde la Luna.

El responsable esta vez de mi traumático desengaño ha sido el blog Curioso pero inútil. En una entrada referida a las turbulencias causadas por las alas de los aviones se lee lo siguiente:

Estas turbulencias se deben a que las alas son finitas (no de poco grosor ;), sino de tamaño limitado). El aire a mayor presión de la parte inferior del ala sube por el borde exterior de la misma y se encuentra con el aire a menor presión de la parte superior*.

El asterisco final encuentra su media naranja en una nota al pie. ¡Ay, nota al pie! Eres tú la causante de mis angustias:

*¡Ojo, hay muchos sitios por ahí donde les dirán que esta diferencia de presiones es lo que hace volar un avión. No es del todo cierto. Para empezar, según esta explicación los aviones no podrían volar boca abajo. Y lo hacen. Sacaremos tiempo para este complejo tema.

¿Y bien? ¿No se justifica mi estado? ¿No me acompaña usted en el sentimiento, ahora que ambos lo sabemos? He vivido engañado: no es el principio de Bernoulli, responsable, entre otras cosas, de que la pelota doble, el que gobierna el vuelo de las aeronaves más pesadas que el aire. La Wikipedia me lo confirma:

Una manera común e incorrecta de entender cómo un ala desarrolla sustentación se basa en la presión diferencial por encima y por debajo de ésta. En este modelo, las presiones pueden calcularse averiguando las velocidades en torno al ala y usando la ecuación de Bernoulli. Sin embargo, esta explicación suele usar información falsa, como la presunción incorrecta que las dos porciones de aire que se separan en el borde frontal del ala deben reencontrarse en el borde trasero, y la de que es la diferencia en la velocidad del aire lo que causa los cambios en la presión.

(La traducción es mía.)

Los dos últimos clavos en el ataúd los pusieron sendas entradas de MalaCiencia: «¿Por qué vuela un avión?» y «Newton vs. Bernoulli».

Lo cual me lleva a la pregunta del título: ¿Y ahora qué hago con mi teoría conspiranoica? Con lo bonita que me había quedado, y lo orgulloso que estaba de ella. Hasta la había sustentado con gráficas generadas por computadora. ¿Dónde ha quedado mi credibilidad?

Tal vez lo que deba hacer es seguir el impulso conspiranoico estándar: meter primera y escapar hacia adelante. Y en tal situación, afirmo sin que me tiemble la voz que todo se trata de desinformación difundida por Boeing y Airbus para desacreditarme, utilizando la artera táctica de hacer pasar por falsa la teoría misma que me ocupo de refutar.

Maquiavélico, ¿verdad?

Lo cierto es que, con el shock cultural que me han causado, Remo y Patxi, los muchachos de CPI, se han ganado un lugar entre los enlaces de Pez Diablo.

martes, febrero 07, 2006

Dos al precio de uno

Finalmente ha llegado a mis manos el número 11 de la revista NEO. No se deje engañar por la tapa; no es por eso que la compré. Lo habría hecho aunque fuera Danny DeVito quien estuviera vestido con ese atuendo.

No, mis razones son mucho más profundas. Tan profundas que hay que cavar hasta la página 54 para hallarlas. Si tal hace, amigo lector epiceno, se encontrará al llegar allí con que debe girar la revista unos noventa grados sexagesimales a dextrorsum para leer con comodidad.

Y, si tiene la atención debidamente entrenada, notará que la firma del artículo se corresponde con el nombre del autor de este humilde blog ictidiabólico.

Fue gracias a los buenos auspicios de Alejandro Alonso (cuya obra puede usted leer en Axxón) que Alejandro Agostinelli, secretario de redacción de NEO, me ha asignado la sección de humor de la revista. Lanzo desde aquí mi agradecimiento a ambos Alejandro A.

Y si compra NEO ahora, se llevará sin cargo extra mi cuento «Donde la magia es real» que Axxón publica hoy. Corresponde aquí que salude a Sergio Gaut vel Hartman, el encargado de seleccionar material literario para la revista. Sergio ha calificado el cuento de «cacotopía», lo cual no sé cómo tomar. Mas no se deje usted distraer por mis estériles disquisiciones y marche a ritmo de click a leer el cuento (si tiene ganas, claro).

No, lo lamento, pero dudo que el kiosquero acepte también el ritmo de click. Para que le permita llevarse su ejemplar de NEO tendrá que cambiar la canción por la de «plin, caja». No, tampoco le van a vender las páginas 54 y 55 sueltas. No insista, compre la revista entera que trae una tapa interesante. Y todo lo demás también, claro.