miércoles, setiembre 20, 2006

Las gallinas me dan la razón

Escribí hace unos días:

Hágame caso, amigo lector epiceno: si atesora recuerdos de su niñez, déjelos que sigan siendo recuerdos. Es cierto que con las facilidades de Internet es muy grande la tentación de revivirlos; pero, si acepta el consejo de un bloguero que no actualiza nunca, no lo haga. Déjelos nomás en el arcón de la memoria, tales como estaban cuando los vio por última vez con ojos de niño. Si no me escucha a mí, escúchelo entonces a Brent Sienna, que está de acuerdo conmigo. Créame, es la única manera de mantener viva la ilusión de que su infancia fue de mejor gusto que la de los chicos de ahora.

Brent Sienna ya es, per se, una opinión autorizada. Pero hoy ha surgido otro aval a las afirmaciones de mi auto-cita, éste de naturaleza avícola.

No lo engañen las apariencias, amigo lector genérico y epiceno: esas gallinas trazadas con pulso dudoso sobre un vulgar Post-it compendian la sabiduría de los siglos. Deberían imprimirse en el reverso de los días del almanaque, en lugar de esos aforismos que cubren con un peluquín de fingida profundidad su calvicie de ideas. Agregue usted también Savage Chickens a sus marcadores y visítelo cada día por una nueva perla. No se arrepentirá.

miércoles, setiembre 13, 2006

La transformación de los transformers

Sí, otra vez voy a hablar de los Transformers. ¿Qué hay? Después de todo, éste es mi blog. Si quiere leer sobre alguna otra cosa, no tiene más que buscar otro sitio o enviarme anónimos amenazantes, y con todo gusto aumentaré la variedad temática de Pez Diablo.

Pero antes permítame referirme, amigo lector epiceno, a la película que prepara Michael Bay y que apenas mencioné al pasar en la entrada anterior. Es una producción rodeada de cierta aura de misterio y secreto, y apenas se han difundido algunas imágenes. Y, como era de esperar, los foros y blogs de los fans se han saturado de comentarios del estilo de: «¡Optimus Prime usa Goodyear, no Michelin! ¡Esta película será espantosa!». Y allí vi una oportunidad creativa.

Lo reconozco: mi carita angelical no me delata, pero en el fondo soy malvado. Y malvado como soy, vi que los fans ya habían condenado a la perdición eterna a los responsables de los nuevos diseños de los personajes; que ya que habían exigido que la muerte llegara con alas veloces a quienes habían profanado los recuerdos de su infancia con el boceto de guión que se filtró hace unos meses. Y pensé que, ya que habían hecho todo eso, bien podrían echas rayos y truenos sobre la «reimaginación» de la mitología de los Transformers que habría de caer en mis manos de un modo que no me sería dado revelar. Sé, sin embargo, que los fans son una especie peligrosa, de manera que también mi identidad habría de ser preservada a mandíbula batiente.

Me permitiré una pequeña digresión antes de continuar. Los personajes del universo Transformers se cuentan por docenas, pero aparentemente no hay uno solo, autobot o decepticon, que se llame «Spoiler». De modo que, imposibilitado de incluir aquí una imagen de tal cibertroniano inexistente, le propongo el siguiente ejercicio mental: imagínese que este párrafo es la barrera de una cabina de peaje. Y el precio por cruzarla es conocer detalles de la película que se estrenará el año que viene. Pues he desentrañado los arcanos del tiempo, me he asomado al futuro, me he bajado de Internet el infame guión filtrado y no tendré reparos en destriparlo inmisericordemente. Proceda, pues, si lo desea, cargando sobre sí toda responsabilidad.

Image Hosted by ImageShack.usActualización 15/09/2006: Vea usted lo que son las cosas. No hay ningún transformer llamado Spoiler, pero sí hay un gobot con ese nombre. Vamos, no me pregunte qué son los gobots; me niego a creer que alguien que está leyendo por su propia voluntad un post sobre este tema no conoce a los transformers pobres de Hanna-Barbera. No encontré en la web ninguna imagen de Spoiler de la serie, lo cual no es extraño: según IMDb, el personaje apareció en un solo episodio (y con voz de Peter «Optimus Prime» Cullen, nada menos). Sí encontré, en cambio, varias imágenes del muñeco, y aquí pongo una. Ya está, no le queda de qué quejarse.

Hecha la advertencia, continúo:

En mi traviesa adaptación ficticia, la mayoría de los transformers no eran extraterrestres. En un tiempo habían sido humanos que, como resultado de un experimento militar secreto, habían sido fusionados con máquinas. Varios de ellos (los que luego serían conocidos como «autobots») tenían la capacidad de proyectar tras sus volantes imágenes holográficas de quienes habían sido. Tenía preparada una triple excusa con que los productores justificarían esto: 1) Darle tiempo de pantalla a los autores. 2) Mejorar su capacidad de los robots para pasar inadvertidos en el tránsito (después de todo, un auto que se conduce solo no es precisamente un buen disfraz). 3) Explicar por qué los autobots habían sido capaces de mantenerse en contacto con su humanidad, mientras que en el caso de los decepticons «la máquina había terminado por dominar al hombre».

Así fue que, cuando leí en el guión que los transformers proyectaban pilotos holográficos en sus cabinas, tuve que agarrarme la cabeza.

Claro que eso no era más que un detalle. Pero no era todo. En mi adaptación, la tecnología para fusionar los seres humanos y las máquinas (llamada, por supuesto, «cibertrónica») era el resultado de aplicar ingeniería inversa sobre un único transformer extraterrestre: Megatrón. El despiadado líder de los decepticons había sido encontrado por las fuerzas armadas décadas atrás y estaba congelado en el Área 51. Igualito que en Día de la independencia, ¿vio? Imagínese mi sorpresa cuando, en el guión, leo que uno de los personajes dice:

¿Oyeron hablar del Área 51? Eso es un juego de niños. Ésta... es el Área 52.

No, lo siento, no hay premio por adivinar quién está en criostasis en el Área 52. Ni de dónde salió no la cibertrónica, sino toda la tecnología del siglo XX:

En realidad, están mirando al creador de la era moderna: el microchip, el láser, el vuelo espacial, los autos... Todo eso fue creado estudiándolo a él.

Finalmente, debí rendirme. No me quedó otra alternativa que reconocer que los guionistas Alex Kurtzman y Roberto Orci son verdaderos profesionales en un campo en el que yo no llego ni a aficionado. A mí nunca se me habría ocurrido que Día de la independencia pudiera ser insuficiente y hubiera que agregarle al menos cuatro o cinco escenas calcadas de Terminator 2 (reemplazando, eso sí, el ovejero alemán por un chihuahua). Nunca se me habría ocurrido que el dulce Bumblebee orinara aceite sobre unos agentes del gobierno. Nunca se me habría ocurrido que los transformers fueran radiactivos, lo cual es de suma importancia para seguirles el rastro con contadores Geiger, pero no es ni siquiera un detalle menor cuando interactúan con los humanos. Nunca se me habría ocurrido que Megatrón fuera una especie de Shang Tsung cibernético que se alimenta de las «chispas» de los autobots caídos. ¿Y si le cuento que, además, es hermano de Optimus Prime? Admito mi humillante derrota.

Pero claro, yo no soy un fan, sino apenas un entusiasta moderado. Mi chistecito ya no tenía sentido, pero aún quedaba algo de esperanza para la película. Después de todo, yo creo que una «buena película» no es necesariamente sinónimo de «adaptación fiel».

(Aquí es donde usted dice: «Bien, Andrés, entonces, ¿qué opinión te merece el guión según sus propios méritos?».)

Qué bueno que me lo pregunta, y de esa manera tan educada además. Permítame responderlo de esta forma: Sospecho que Kurtzman y Orci tienen cada uno en su casa un estuche en el que guardan celosamente un libro de estereotipos, una tijera y un envase de plasticola. Apenas arranca la historia, chocamos de frente con el sargento William Lennox, un soldado ansioso por volver a su casa para conocer a su hija recién nacida. Y eso no es más que el comienzo. Avanzando un poco más nos encontramos con el protagonista, Sam Witwicky, un geek que, por supuesto, está enamorado de la chica más linda de la escuela. Pero ¡ay! Ella ni siquiera registra su existencia, y prefiere la compañía del atleta abusivo. Mas no temáis, tímidos jóvenes destinatarios de tal fantasía, pues Sam logrará finalmente conquistar el corazón de la bella Mikaela con ayuda de su nuevo amigo autobot. Al llegar a este punto muchos fans pensarán que Bumblebee no sólo tendría que haber seguido siendo un Volkswagen escarabajo, sino que además debería tener pintado el número 53 y llamarse Herbie.

Y es que Sam es un geek y no un nerd, a diferencia de Glen, el hacker que a los treinta y pico años vive con su abuela, juega al World of Warcraft en su tiempo libre y, según sabemos de su propia boca, no ha conocido mujer. Los guionistas le dan una colega joven y bonita, tal vez sólo para mostrar cómo al final siguen siendo sólo amigos. Se produciría un desequilibrio catastrófico en las fuerzas del universo si otro destino le correspondiera a alguien que es nerd, hacker y negro. Pero el personaje de Glen equilibra esto con sus habilidades informáticas, con las que demuestra que los packet sniffers y programas similares son cosas de niñas: él descifra el contenido de una transmisión mirando una representación gráfica de la señal.

Si ha llegado hasta aquí, amigo lector epiceno, es que ha decidido pagar el precio. Tal vez, si tengo suerte, esté pensando que ese precio es menor que lo que le habría costado la entrada al cine. Aunque, al fin de cuentas, no hay que olvidar que hablamos sólo de un boceto y las cosas pueden ser diferentes en la versión definitiva. Y siempre nos queda el recurso de ir a ver la película sólo por los efectos especiales. Eso les dará una lección a los productores.

martes, setiembre 05, 2006

¡Optimus Prime es argentino!

Tal vez no lo sepa, amigo lector epiceno, pero en el corriente año de 2006 se cumple el vigésimo aniversario de Transformers: La película. No, está claro que no me refiero a la producción con que para el próximo año nos amenazan el director y los guionistas que cometieron La isla. Hablo de una película de animación que se estrenó en 1986 y que, si pudiera, me recomendaría a mí mismo a los nueve años. De esa manera entendería a tiempo cuál fue la catástrofe que puso de cabeza la serie de la noche a la mañana, eliminando a los personajes más interesantes y carismáticos. Claro que también tendría que regalarme una videocasetera, pero ¿qué inconveniente puede representar eso para alguien capaz de viajar en el tiempo y encontrarse con su yo de nueve años?

(Hay otra razón por la que quisiera haberla visto en aquel entonces: disfrutarla. Hágame caso, amigo lector epiceno: si atesora recuerdos de su niñez, déjelos que sigan siendo recuerdos. Es cierto que con las facilidades de Internet es muy grande la tentación de revivirlos; pero, si acepta el consejo de un bloguero que no actualiza nunca, no lo haga. Déjelos nomás en el arcón de la memoria, tales como estaban cuando los vio por última vez con ojos de niño. Si no me escucha a mí, escúchelo entonces a Brent Sienna, que está de acuerdo conmigo. Créame, es la única manera de mantener viva la ilusión de que su infancia fue de mejor gusto que la de los chicos de ahora. Bueno, está bien, puede ver un pedacito. Pero después apague YouTube y deje todo como estaba.)

Cerrado que hube este paréntesis de realidad, procederé a deoír mi propia advertencia y a hablar de Los Transformers. Aunque no específicamente de las series, ni de una u otra película, sino del aniversario que mencioné más arriba. Acontece que, en celebración, las compañías jugueteras Hasbro y Takara lanzaron en su momento una Edición Vigésimo Aniversario de Optimus Prime. (Bueno, en realidad la lanzaron en 2004 al cumplirse veinte años del estreno de la serie original; pero, por supuesto, no dejarán pasar la oportunidad de relanzarla en 2006).



¿No es encantador? Vamos, no me diga que no lo quiere, porque no le creo. ¿Quién no querría un kilo y medio de metal totalmente articulado que se transforma en un camión con acoplado y todo? Y ya que mencioné al acoplado, aquél que en la serie tenía la virtud de volverse intangible toda vez que su dueño caminaba por ahí en modo robot:


Éste es un detalle que no conocía del valeroso líder autobot. Ya tenía noticia de algún aspecto de su vida privada, pero no me lo habría imaginado haciendo gala de la celeste y blanca. Tenía entendido que Optimus era una suerte de Ronald Reagan de diez metros de alto con conexiones neurales estables; ahora caigo en la cuenta de que... ¡Horror! ¡Debe ser del gremio de Hugo Moyano! ¡Y seguramente tiene frases «ingeniosas» escritas en el paragolpes trasero! ¿Tendrá colita rutera? ¿Y seguro? ¿Tendrá seguro?

Pero, en fin, todas estas consideraciones son sólo accesorias. La costumbre manda que debo sentirme orgulloso por compartir nacionalidad con un grande, como si de alguna manera fuera mérito mío. Así que, ¡aguante Ótimus viejo y peludo nomás!