lunes, diciembre 17, 2007

Bumper y Val

Han pasado dos años desde que supimos de él por última vez, pero por fin el capitán Bumper Sticker está de regreso. Y en excelente compañía, según parece.

No, no me refiero a Val Kirlian. O tal vez sí. Depende de si sus gustos van por ese lado, amigo lector epiceno. Aunque, si ése es el caso, le recomiendo que tenga al día la cuota de su obra social. Y la de su seguro de sepelio, por las dudas. Si a pesar de todo quiere conocerla, puede ir a leer «Bumper Sticker y la pirata», la más reciente adición al número actual de Axxón.

Cuando hablo de «buena compañía» me refiero a los cuentos que acompañan a mi humilde pieza en el festejo de la inminente visita número diez millones al sitio de la revista. Mire, mire nomás con quiénes se está codeando en capitán Sticker:

  • «Diccionario Aakwail-Terrano», de Yoss. Una vez más Yoss nos sorprende con una notable exploración astro-bio-cultural narrada de una manera improbable.
  • «El efecto tortuga», de Ricardo Giorno. A veces el marido es como un hijo más. Y, en ciertas circunstancias, eso puede ser peligroso. Muy, pero muy peligroso.
  • «Borgeano», de Daniel Vázquez y Alejando Alonso. Cuando Star Trek sea grande, quiere ser como el universo cayau creado por Alonso. En esta pieza a cuatro manos tenemos una nueva exploración de sintelizados, cronoelipsis y dimensiones Calabi-Yau con interesantes ecos literarios.
  • «Éxtasis», de Carlos Gardini. ¿Por qué se molesta este hombre en firmar sus cuentos? Un Gardini es como un Picasso: el estilo identifica al autor más eficazmente que cualquier firma. Esta vez nos tienta con una suerte de Pigmalión doble e inverso no apto para menores.


Agradezco, por supuesto, a «Axxonita» Vázquez la invitación de unirme a estos festejos en tan notable compañía.

sábado, diciembre 15, 2007

Un fragmento del Libro de Hosú

Un día de aquellos predicaba el Profeta de Hosú en la plaza de la ciudad. Rodeábanlo sus discípulos, y las gentes del lugar oían arrobados sus enseñanzas.

—Habéis de ser mansos y unidos como ovejas —reconveníalos el Profeta—. No pasar el día peleando entre vosotros y haciendo escándalo como los tres gatos que viven en aquel callejón.

Estaba presente un erudito que quería desacreditar al Profeta, y, al ver la ocasión, la aprovechó de inmediato.

—Equivocado estás, ciertamente —lo acusó—. En aquel callejón no viven tres gatos, sino cinco.

—¡Y tú has de saberlo, por supuesto! —se burló el Profeta—. ¿Te ha susurrado Hosú al oído? ¿Se ha aparecido en tus sueños para enseñarte el número de gatos?

—No ha sido necesario, pues cuando venía hacia aquí pasé por el callejón y vi a los gatos con mis propios ojos. Ven, vamos a contarlos y veamos quién se equivoca.

—¡Ve tú, si quieres! Yo no necesito contar a los gatos, pues Hosú me ha dicho su número y Él no miente.

El erudito marchó al callejón y volvió poco después con gesto consternado.

—Equivocado estaba. En el callejón no viven cinco gatos, sino seis.

—¿Y te haces llamar erudito? —lo sermoneó el profeta—. ¡Necio!, te llamo yo. Hace un instante decías que en el callejón viven cinco gatos, y ahora dices con igual convicción que son seis. ¿Qué impedirá que más tarde encuentres un gato más y digas entonces que son siete? Tu palabra es veleidosa como una mujerzuela. ¿Cómo puede alguien creer en ti, si lo que afirmas hoy tal vez lo cambies mañana? Pero la Palabra de Hosú no cambia; es definitiva e inquebrantable, como los votos de una esposa fiel. Hoy dice que los gatos son tres, y mañana seguirá diciendo que son tres. Nada la alterará nunca. La Palabra de Hosú es inmutable, igual que la Verdad. ¡La Palabra de Hosú es la Verdad!

La multitud allí reunida manifestó su admiración por la sabiduría de las enseñanzas del Profeta. Y, entonces, tres de sus discípulos marcharon al callejón para matar a los gatos, cada uno con una piedra en la mano y otra en el bolsillo por si fallaba el primer tiro.

miércoles, diciembre 12, 2007

Mala noticia

Me he encontrado hoy con un triste anuncio de Terry Pratchett en el sitio web de Paul Kidby, el ilustrador de los libros de Mundodisco, con fecha de ayer. Me permito traducirlo aquí:

Amigos:

Me habría gustado mantener esto en reserva por un tiempo, pero a causa de las próximas convenciones y, por supuesto, la necesidad de mantener informados a mis editores, me parece injusto retener las noticias. Me han diagnosticado una forma muy rara de Alzheimer temprano, que está detrás del «accidente» fantasma de este año.

Lo estamos tomando con bastante filosofía y tal vez con un leve optimismo. Por ahora estoy continuando el trabajo para completar Nation y ya he tomado las notas básicas para Unseen Academicals. Si no hay imprevistos, espero cumplir con todos los compromisos actuales y, mientras sea posible, con los futuros, pero discutiré las cosas con los organizadores. Francamente, preferiría que la gente mantuviera la alegría, porque creo que hay tiempo al menos para algunos libros más :o)

[firma de Terry Pratchett]

PD: Quisiera llamar la atención a todos los que lean lo anterior sobre que esto debe interpretarse como «aún no estoy muerto». Por supuesto, lo estaré en algún momento futuro, al igual que todos. Para mí, esto puede estar mucho más lejano de lo que piensan; es muy pronto para saberlo. Sé que es muy humano preguntar «¿hay algo que pueda hacer?», pero en este caso sólo aceptaría ofertas de especialistas en química cerebral.

Primero lo del Negro Fontanarrosa. Ahora, esta noticia. Lola, toma nota.

sábado, noviembre 17, 2007

Momentos «ajá»

En la vida existen, amigo lector epiceno, y usted ya debe saberlo, momentos «¡ajá!».

Por ejemplo:

«¡Ajá! ¡Esta palabra expresa exactamente lo que estoy pensando!»

«¡Ajá! ¡Todo cuerpo sumergido en un fluido recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del fluido desalojado!»

«¡Ajá! ¡Si pongo un número menor en esta columna, pago menos impuestos!»

«¡Ajá! ¡Así que por esto no hay que tomar cicuta!»

Y así como existen momentos «¡ajá!», hay también, por otra parte, momentos «ajá». Así, sin signos. La diferencia no es sólo de puntuación.

Veremos algunos ejemplos en esto que vi hace un rato en Yahoo! Noticias.

«Circulan por mes 7.000 millones de mensajes de texto»

Sí, parece una cifra demasiado grande. Pero, cuando uno se para a pensarlo un momento, se da cuenta de que, en efecto, es una cifra demasiado grande.

Hagamos un somero análisis del cuerpo de la noticia, a ver si nos da algún indicio (excesivas negritas en el original):

En la Argentina, los mensajes de texto ya mueven 500 millones de pesos al mes.

[...]

Los mensaje cortos de texto comenzaron como una tendencia de los más jóvenes, pero se expandieron y hoy se envían y reciben 7.000 millones por mes.

[...]

En Movistar el precio es de 14 centavos más impuestos, lo que representa unos 16 a 17 centavos de precio final

En Personal, de 12 a 15 centavos más impuestos.

La noticia prosigue, pero observemos los datos que tenemos aquí y hagamos unas sencillas cuentas.

Consideremos el costo menor: 12 centavos por mensaje. Puesto que estamos tomando una cota mínima, deberíamos obtener un guarismo inferior a la facturación real, ¿no es así?

Entonces, pues:

(7.000.000.000 de SMS / mes) × ($0,12 / SMS) = $840.000.000 / mes

De todo lo anterior se deduce que 840 millones es menos que 500 millones.

Ajá.

«Al analizar la facturación» (otra vez negritas, por favor), encontramos el origen del número:

Movistar factura alrededor de $ 500 millones al mes. Un 30% de ese monto es por servicios de transmisión de datos, rubro del cual el 90% son los SMS.
Así que ya lo ve: 500 millones es (al menos, según Yahoo!) la facturación mensual por todo concepto de una sola empresa. De esta cantidad, el 90% del 30% (o sea, el 27%, o 135 millones en magnitudes absolutas) es en concepto de SMS. Lo cual, por supuesto, sólo puede significar que esos 500 millones son la recaudación total de todas las empresas en concepto de SMS.

Ajá.

Y por último...

Por último, Clarín destaca el alto nivel de penetración del servicio en el país: hay un promedio de 90 SMS por mes por cliente contra menos de 60 en EEUU.
Observe usted: 90 SMS por mes por cliente. O sea:

(7.000.000.000 SMS / mes) / (90 SMS / mes × cliente) ≈ 78.000.000 clientes

Lo cual significa que en Argentina, de cada diez habitantes, unos veinte son usuarios de telefonía celular.

Ajá.

sábado, noviembre 10, 2007

¿Cuanto más lejos, mejor?

Hagamos un trato, amigo lector epiceno.

Los comentarios de esta entrada están abiertos; es libre de escribir en ellos lo que guste. Nada será suprimido, como no sea algo manifiestamente off-topic, un spam desvergonzado, un copy-paste kilométrico o todas las anteriores. Sí, ésa es la política habitual en Pez Diablo, pero esta vez le voy a pedir algo a cambio: por favor, lea antes la entrada. Léala en su totalidad, reflexione unos instantes sobre lo que dice, repase cualquier párrafo que le haya dejado dudas. Entonces sí: comente cuanto le plazca. ¿Le parece razonable?

Sería conveniente también que acordáramos de antemano qué asuntos tienen relevancia para el tema de la entrada y cuáles no la tienen. A saber, son relevantes: la física, la química, la biología, la matemática, la ingeniería. Si bien haré uso de conceptos (elementales) de algunos de estos campos, no soy experto en ninguno de ellos, de modo que, si cometo algún error, agradeceré ser corregido.

Por otra parte, no son relevantes: mi estilo de escritura, mi elección de vocabulario, mi uso de la puntuación, la plantilla de este blog, los colores de este blog, el nombre de este blog, el servidor en que este blog está alojado, la regularidad con que lo actualizo, qué otros temas he tratado en él, en qué trabajo, dónde trabajo, para quién trabajo, cuánto gano, dónde estudié, qué estudié, a quién voté en las últimas elecciones, mis preferencias de lectura, mis creencias religiosas o falta de ellas, mi historia clínica, el tamaño y composición de familia, mi ropa, mi higiene personal, mi corte de pelo, mi cara.

Estas listas no son completas; no pretenden agotar las posibilidades, sino sólo definir categorías. En resumen: si tiene intenciones de refutar lo que aquí digo, sírvase hablar de ello, no de mí.

Aún si decide pasar por alto esta petición y acusarme de algo, por el amor de Rachnou, sea original. Si todo que se le ocurre es que soy un cipayo a sueldo de las multinacionales o un tonto útil, no se moleste: no me causará otra cosa más que bostezos. Y, en todo caso, tenga la decencia de sustentar cualquier acusación que haga. Si alguien me está pagando, especifique quién me paga, cuánto, en qué moneda y, sobre todo, dónde puedo ir para reclamar lo que me deben, ya que hasta ahora no he visto un solo centavo.

Estas condiciones, por supuesto, no son vinculantes. La posibilidad de dejar comentarios no se cierra a nadie. Pero si decide ignorarlas, aténgase a las consecuencias y no venga después a llorar porque la gente se ríe de usted y le tira maníes.

¿Por qué este largo exordio? Porque en esta entrada me propongo enfrentar un tema que despierta grandes pasiones: la telefonía celular y los supuestos efectos sobre la salud de sus emisiones.

¡Eh! ¿Dónde va? ¿No habíamos acordado que leería todo el texto antes de comentar? ¡Si no sabe qué voy a decir! ¿Piensa pegarme una noticia que habla de un estudio que demuestra que las microondas son nocivas? Puede ahorrarse la fatiga dactilar, pues no diré aquí lo contrario. No lo haré, por tres razones: 1) Ya lo ha hecho otra gente con más preparación y mejores argumentos; 2) sería meterme en camisa de once varas, pues, por definición, quien afirma que tales radiaciones son peligrosas sabe más que quien dice que no, y 3) para los efectos de la presente entrada, daré por sentado que son dañinas. Así es: asumiré la hipótesis de su nocividad y veré adónde lleva.

Los teléfonos y sus radiaciones

Será oportuno empezar repasando algunos conceptos básicos de telefonía celular. Para eso contaremos con ayuda. Le presento al señor Lego.



Como usted puede ver, el señor Lego tiene un teléfono celular, y con él quiere llamar a su novia para invitarla a tomar un helado. ¿Cómo sucederá eso? El señor Lego no sabe muy bien cómo funciona su celular (después de todo, es un lego), pero tiene cierta idea de que es más o menos como un walkie-talkie. Un walkie-talkie bastante más sofisticado de lo normal, claro está: para empezar, con él se puede hablar y escuchar al mismo tiempo. También permite contactarse con otro teléfono específico. Pero la principal diferencia entre un walkie-talkie corriente y un teléfono celular es que con éste último la comunicación no es directa, sino que utiliza intermediarios. Aquí es donde entran las estaciones base.



El celular del señor Lego se comunica con la estación base más cercana. En otro sitio, otra estación base establece contacto con el celular de su novia, la señorita Playmobil. Ambas estaciones están conectadas a una central que canaliza y coordina la comunación. Y así, el señor Lego puede oír cómo su novia le dice: «Hoy no, estoy muy ocupada. Dejémoslo para otro día, ¿sí?».

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, parece haber un problema. La comunicación entre el teléfono y la estación base se establece mediante radiofrecuencias que suelen estar en la banda de las microondas, y hay personas a las que le preocupa que la presencia de microondas en el ambiente pueda acarrear graves riesgos para la salud. (Como anuncié, no discutiré aquí si tales riesgos son reales o no: sencillamente asumiré que existen.) Y algunas de esas personas no sólo se preocupan, sino que además ponen manos a la obra y exigen soluciones a las autoridades. ¿Qué soluciones? Básicamente, que las antenas se alejen.

Bien, puesto que hipotetizar no cuesta nada, hipoteticemos: ¿Qué pasaría si alejáramos la antena (es decir, la estación base) del señor Lego? Sabrá usted, amigo lector epiceno, que las ondas de radio, cualquiera sea su frecuencia, se debilitan con la distancia. Por lo tanto, si nos limitamos a alejar la antena, ¿qué es lo que sucede?



Así es: el señor Lego se queda sin cobertura. No puede llamar a su novia, y ella luego le reprochará que se olvidó de su cumpleaños. Todo mal.

Para impedir esta catástrofe sentimental, será necesario aumentar la potencia de emisión de la estación base para que su señal alcance el celular del señor Lego con la misma intensidad que antes. Y entonces, ¿qué es lo que sucede?



Exacto: el señor Lego recibe la misma cantidad de radiación que antes. Si las microondas son peligrosas, el peligro no ha disminuido para él.

Y esto no es todo. Supongamos que la nueva separación entre el señor Lego y la estación base es diez veces mayor que la anterior. ¿Cuánto será necesario aumentar la potencia de emisión? ¿Diez veces? Suena intuitivo, y aún esto sería problemático, pero no es así. Las ondas de radio se debilitan según el cuadrado de la distancia, y la potencia se debe elevar en la misma proporción. Si las ondas deben recorrer el doble, para que lleguen a destino en las mismas condiciones que antes la potencia ha de multiplicarse por cuatro (dos al cuadrado). Si la distancia es el triple, la potencia deberá ser nueve veces mayor (tres al cuadrado). ¿Y si la distancia aumenta diez veces? Pues la potencia se multiplicará por diez al cuadrado, es decir, debe ser cien veces mayor. En consecuencia, cualquiera que viva en las cercanías del nuevo emplazamiento de la torre queda expuesto a una cantidad de radiación a la que antes no estaba expuesto nadie.

¿Qué es lo que se ha solucionado alejando la antena?

Y aún nos estamos olvidando de algo: la comunicación es bidireccional. No basta que la señal de la estación llegue al celular; además, la señal del celular debe llegar a la estación. Esto implica aumentar también la potencia de emisión del teléfono, en la misma proporción que la de la torre.


En estas condiciones, el celular se quedará sin baterías apenas el pobre señor Lego alcance a decir «hola». Aunque, claro está, tal vez no pueda hablar mucho más que eso antes de que se le hierva el cerebro.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Varias formas de cáncer están entre los males que se atribuyen a la radiación de los teléfonos celulares. Huelga decir que ésta es una enfermedad muy grave, y preocuparse por ella es una inquietud perfectamente legítima. Sin embargo, como acabamos de ver, la solución propuesta implica instaurar un estado de cosas en que los focos de radiación sospechosa deben aumentar sus emisiones. Y no pasemos por alto el hecho, en absoluto irrelevante, de que uno de esos focos va pegado a la cabeza de un ser humano. La solución de alejar las antenas es inútil si el riesgo no existe; pero si el riesgo es real, es contraproducente.

Pero, ¿y entonces? ¿Hay algo que se pueda hacer?

Si las microondas son perniciosas, la única solución definitiva sería desmantelar toda la infraestructura y usar los celulares sólo para jugar al Tetris. Dudo mucho, sin embargo, que esta suerte de abstinence only cellphone education vaya a ganar muchos adeptos.

La alternativa, pues, sería acercar las antenas.

Sí, acercarlas. Una red celular más densa requeriría emisiones de menor entidad. ¿Qué tal si hubiera, por ejemplo, una estación base por manzana? En ese caso, las señales no necesitarían viajar más allá de cincuenta o cien metros. En virtud de la ley de la inversa del cuadrado que hemos visto antes, cubrir un radio de cien metros requiere cien veces menos potencia que cubrir uno de un kilómetro. Tampoco las antenas necesitarían ser tan grandes, por lo que incluso el impacto visual se vería disminuido. En lugar de grandes y antiestéticas torres, las estaciones quedarían reducidas, digamos, a una caja en cada esquina. (No soy ingeniero, por lo que desconozco si esto último es técnicamente viable; se trata sólo de una especulación.)

No soy ingenuo; sé que aún en este escenario no faltarían quienes denunciaran la proximidad de estas «cajas de la muerte», exigiendo que se las llevaran lejos. Hasta sería posible que iniciaran una campaña de SMS. Pero esto ya está en terreno de la psicología, y excede el alcance de esta entrada.

Pero no todas las medidas requieren la poco probable cooperación de las compañías; algunas pueden tomarse individualmente de manera sencilla. Hemos visto que, si estas emisiones son verdaderamente nocivas, el mayor peligro no proviene de las antenas, sino de los propios teléfonos. Por lo tanto, si a usted lo preocupan estos asuntos, tal vez debería considerar el uso de auriculares. No son costosos (ciertamente cuestan bastante menos que un teléfono, y en algunos casos vienen incluidos en el mismo paquete), y reducen enormemente la exposición. Volvemos a la ley de la inversa del cuadrado: por un cerebro que está a treinta centímetros de un celular pasa hasta cien veces menos radiación que por uno que está a tres centímetros.

Listo. Esto es todo lo que tenía que decir. Ahora es cuando usted me acusa de haberme vendido a Telefónica. Por qué querría venderme a la empresa que inspiró la entrada anterior, o que en un par de días empezará a cobrar las consultas de saldo, es algo que se me escapa; pero estoy seguro de que ya se le ocurrirá algo.

martes, octubre 23, 2007

Auxilio

—Auxilio Mecánico Integral, mi nombre es Esteban. ¿Con quién hablo?

—Hola, mi nombre es Armando Ibáñez. Llamo porque se me quedó el auto. Estoy en la Ruta 8, kilómetro...

—Armando, ¿me puede decir su número de afiliado?

—Sí. Nueve cero dos. Te cuento, se me quedó...

—Dígame, Armando, ¿qué estaba haciendo cuando se detuvo su vehículo?

—Eh... Estaba manejando. ¿Qué iba a estar haciendo? Escuchame, ¿me mandás la grúa? Que está empezando a llover y se hace de noche.

—Un momento, Armando... ¿Se encuentra usted instalado tras el volante de su vehículo en este momento?

—¡Sí, claro! ¿Dónde voy a estar? Estoy en el auto, que está en la banquina, con las balizas puestas. ¿Me vas a mandar la...?

—Por favor, Armando, observe que del lado derecho del volante tiene que haber una llave. ¿Puede hacerla girar?

—¿Una lla...? ¿La llave de contacto? ¿Que la haga girar?

—En sentido horario, por favor.

—¿Como si estuviera arrancando el auto?

—Exacto. Hágalo y dígame qué pasa.

—¡Nada! ¡No pasa nada! Escuchame, me queda poca carga en el celular y...

—Por favor, Armando, busque en el panel de su vehículo un indicador que diga FUEL, o en su defecto tenga un dibujo de un surtidor de combustible. Tiene que tener una F a un lado y una E al otro.

—¿Qué? ¿El indicador de nafta? ¿Qué tiene que ver...?

—¿Lo ve? Dígame hacia dónde apunta la aguja de ese indicador, por favor.

—...

—¿Me oye, Armando?

—¿Me estás tomando por imbécil? ¡Tengo medio tanque! Mandame esa grúa de una p...

—Bien, no es el combustible. Vamos a revisar la carga de la batería entonces. Por favor, salga y levante el capó.

—¿Qué, me estás cargando? ¡No voy a salir del auto! ¡Está lloviendo! ¡Y no es la batería tampoco!

—Bi... Bien. En ese caso... A ver... Dígame, Armando, ¿tiene su vehículo instalado un cortacorriente u otro dispositivo similar?

—¿Eh...? Sí, bueno, tengo un... Pero, pero... ¿Qué tiene que ver eso? ¿Me vas a decir que manejé doscientos kilómetros desde Capital con el cortacorriente puesto?

—No sabría decirle, Armando. No brindamos soporte para cortacorrientes. Va a tener que desinstalarlo.

—¡¿LO QUÉ?!

—Desinstale el cortacorriente, intente arrancar de nuevo y, si no funciona, vuelva a llamarnos. Voy a dejar acá anotado, para la persona que atienda su nueva llamada...

—¡Una grúa! ¡Me tenés que mandar una grúa! ¿Hablo en chino o te golpeaste la cabeza cuando eras chiquito?

—Señor Armando...

—¡MANDAME UNA GRÚA, LA REP...!

—Sí... Un minuto, por favor, no cuelgue...

—¿Que no c...? ¿Hola?

Cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de ida... Cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de vuelta...

—¡Hola! ¡Me dejó hablando solo el...!

Todos los kilómetros que tengas que hacer, ¡hacelos tranquilo! Auxilio Mecánico Integral te cuida. Si te afiliás ahora, te regalamos un llavero por los seis primeros meses.

—¡Ya me afilié! ¡Lo que necesito es una grúa!

—Armando, ¿me oye?

—¡SÍ!

—Armando, le vamos a mandar un remolque.

—¡Al fin, hermano! ¿Viste que no era tan difícil? Anotá: Ruta 8, kilómetro 196.

—... ciento noventa y seis... Listo. Su número de reclamo es 14.112. El remolque va a llegar en un plazo de setenta y dos horas.

—...

—¿Armando?

—...

—¿Me oye, Armando?

—¡De setenta y...! ¡De set...! ¡De set...! Pero... Pe... Pe-pe... Pepepep...

—Sí, setenta y dos hor... Muchas gracias por confiar en Aux... enga ust... enas tard...

—¡Ho-ho-hola! El celu-el cel-el cel... Se quedó sin bat... Se quedó sin bat... Sin bat... Auxilio...

Dedicado a todos los sufridos usuarios que han tenido que padecer el servicio técnico alguna vez. Y en especial a El Teleoperador, que me hizo comprender que el mal es universal y eterno.

viernes, octubre 12, 2007

Gateología

Rufus el profeta odiaba a los gatos. Los despreciaba con todo su ser. Lo irritaban sus maullidos; sus pelos lo sacaban de quicio. No soportaba su andar despreocupado, como si nada en el mundo tuviera efecto sobre ellos. Pero, sobre todo, detestaba ese modo casi acusador en que lo miraban, como si conocieran sus secretos más terribles.

Por eso una noche, cuando Rufus se sentó ante su atril para que le fuera revelado un nuevo capítulo del Libro de Hosú, escribió en el pergamino: «El gato es abominación, debe ser destruido. Es voluntad de Hosú».

—No lo digo yo. Lo dice Hosú —manifestó al día siguiente a sus seguidores—. Yo no tengo nada que ver. Sólo hago Su Santa Voluntad.

Palos, piedras y lanzas se levantaron contra los gatos de la ciudad. Los maullidos de dolor y espanto ahogaron todo otro sonido. Los canalones se llenaron de sangre, y durante mucho tiempo el río fue rojo.

* * *

Filón el exegeta vivía, como todos los habitantes de Mifuci, rodeado de gatos. Por ellos era conocida la ciudad. Los gatos eran su mayor tesoro: ellos calentaban los lechos durante el invierno y arrullaban a los durmientes con sus ronroneos, ellos mantenían las casas y los campos libres de alimañas, y con el pelo largo y sedoso de ciertas razas se tejían telas que eran apreciadas en toda la comarca.

Así fue que un día, Filón escribió lo siguiente en su libro, Las verdaderas enseñanzas hosuanas:

«Hosú ama a los gatos. Él nunca mandaría que fueran exterminados. Sus enseñanzas en este aspecto fueron durante mucho tiempo malinterpretadas por hombres que no comprendían su mensaje.

»Es necesario para una correcta exégesis de Su palabra que entendamos que, en tiempos de Rufus el profeta, el uso de la puntuación difería del actual. En aquel entonces, la coma se utilizaba en ocasiones como ahora se usan las comillas. Una redacción moderna del pasaje relevante del Libro de Hosú sería, pues, la siguiente: “‘El gato es abominación’ debe ser destruido.” Está claro, por lo tanto, que lo que debe ser destruido es la idea de que el gato es abominación. ¡Grande es la sabiduría de Hosú, y verdaderas Sus enseñanzas!»

Y, satisfecho, cerró el capítulo con esta admonición:

«Aquél que no crea y entienda esta verdad evidente no es un auténtico hosuano.»

* * *

El Día de los Mártires, en la Plaza de los Mártires, Sumo el sacerdote lanzó este sermón desde su púlpito de mármol:

«El gato es, luego del hombre, la criatura favorita de Hosú. El gato es la gran riqueza de Mifuci y su mayor alegría. ¿A quién debemos semejante dicha? Observad a las estatuas que rodean la Plaza; recordad a los hombres y mujeres que ellas representan, cuya ilustre memoria honramos en este día. A ellos lo debemos, a los Mártires: auténticos hosuanos que, en los lejanos días de Rufus el profeta, ofrendaron sus vidas para defender a los gatos de Mifuci de la furia asesina de los gentiles.

»¿Por qué querrían los gentiles destruir a los gatos?, os preguntaréis. Os lo diré: ¡porque Hosú ama a los gatos, y ellos odian a Hosú! Y no penséis que tales monstruos son algo del pasado; aún hay entre nosotros quienes profesan tal irracional anti-hosuanismo. Ellos dicen que aman a los gatos, mas yo los llamo: ¡Embusteros! ¿Cómo puede ser eso posible, cuando rechazan a Hosú? Sólo en virtud de Su Santo Mensaje alcanza el hombre tal estado de gracia como es la confraternidad con el ser felino. Ésta es una verdad evidente y accesible a la sola razón, tal como nos enseña Filón el exegeta. Hermanos, no permitáis que un no hosuano se acerque a vuestros gatos, pues todo lo que quiere es retorcerles el pescuezo y arrojarlos al río.»

Como parte de las celebraciones, se refrendó la antigua ley que prohibía a lo no hosuanos tener gatos y les obligaba a pagar un alto tributo en concepto de reparación histórica. Y, al final del día, se depositó una ofrenda a los pies de las estatuas de los Mártires y Sumo les concedió el honor póstumo de Sacerdotes de Hosú.

jueves, octubre 11, 2007

Regresos

Dos regresos en uno, ambos relacionados con mi incalificable persona. El más obvio es el regreso de la actividad a este blog ictidiabólico, luego de más de dos meses de quietud. El segundo, excusa de esta entrada, es el regreso de mi nombre a las páginas de Axxón. Pues sucede, amigo lector epiceno, que en la entrega número 34 de la sección Ficción Breve, tal que sale en el día de la fecha, figura un cuento de mi autoría: «Pioneros».

Sí, es ése que empieza: «Doce figuras en trajes de astronauta bajaron...». No, no se lo voy a contar todo acá. Ahí tiene el enlace: vaya y léalo. Lo que sí le puedo contar es que en un momento se me ocurrió que los pioneros no fueran doce, sino trece. Simbolismo, le dicen.

No, se equivocó. El número trece no era en representación de suerte, buena o mala. Y fue precisamente por esa asociación refleja de desistí. Habría sido más una distracción que otra cosa. Piense un poco más.

¿Todavía no se da cuenta? ¿Y si le digo que se me cruzó por la cabeza la loca posibilidad de que la nave no se llamara Ray, sino Rayflower? Sí, afortunadamente de eso también desistí. En fin, se trata de una breve observación de un fenómeno llamativo de la cultura de las Comarcas Asociadas de Septentrión. Ojalá le guste.

(Y tal vez debería avisarle al lector despistado que, además, hay un tercer regreso. ¿O es una tercer güelta?)

viernes, agosto 03, 2007

¿Qué es un himbestigador?

No, amigo lector epiceno; no he equivocado la grafía de la palabra. «Himbestigador» no es lo mismo que «investigador», pese a la evidente paronimia y a algunas versiones acerca de su etimología común. «Investigador», según define el diccionario de la RAE con perogrullesco laconismo, significa «que investiga». El término puede aplicarse legítimamente a una variedad de profesiones: periodistas, científicos, detectives... Un «himbestigador» es algo muy distinto, como quedará claro de inmediato con mi definición:

Un himbestigador es un freak de las historias de terror, ciencia ficción o fantasía que se toma esas historias y a sí mismo demasiado en serio.

Todos los freaks, llámense «tolkiendili», «trekkers», «transfans» o de cualquier otra manera, reúnen un conjunto de características comunes, de los cuales no es la menor la hipertrofia de la glándula racionalizadora. Rasgos del objeto de su afición que para un observador casual pasarían por absurdos son racionalizados con ahínco por el freak dedicado. ¿El capítulo 6 de la quinta temporada contradice al capítulo 15 de la segunda? Paradojas temporales. ¿El remolque de un camión desaparece inexplicablemente fuera de cuadro, para regresar cuando se lo necesita? Depósitos subespaciales. ¿Hay caras en el suelo de una casa? Proyecciones psicoplásticas. ¿El himbestigador se quedó buceando en el Mar Rojo sin ningún motivo? Fuerza misteriosa. No es requisito que la racionalización tenga sentido; el hecho de que la explicación necesite, a su vez, ser explicada ella misma suele pasarse por alto.

Sin embargo, el grupo que nos ocupa presenta también rasgos propios que lo distinguen de todos los demás freaks. La actividad de los himbestigadores (cuyo nombre, pese a algunas opiniones en contrario, es «himbestigancia») requiere, como las sesiones de rol, la creación de un personaje. Pero, a diferencia de lo que ocurre con el rolero convencional, el personaje del himbestigador no se compone para interpretarlo, sino para creérselo.

Haga usted la siguiente prueba: acuda a una convención de Viaje a las estrellas y dígale a algún disfrazado que en realidad no es un klingon, y que ese trozo de cartón y papel de aluminio que sostiene no sería rival para un bat’leth auténtico. ¿Sabe lo que obtendrá en respuesta? En primer lugar, una estruendosa carcajada, y, a continuación, la réplica: «¡Por supuesto que no soy un klingon de verdad, humano yIntagh

Bien, ahora recoja los trozos de su ego maltrecho y encamine sus pasos a una convención de himbestigadores (suelen llamarlas «conferencias»). Una vez allí, diríjase a alguno de ellos y dígale que en realidad no es un antropólogo y que ese colador que sostiene no es una jaula de Faraday; o bien, que aquel anillo tiene de artefacto extraterrestre lo mismo que él de periodista serio, a saber, nada más que las ganas. Al instante comprobará que el sitio de aquella sonora risotada es aquí ocupado por un inmediato, altisonante y ofendido grito coral de indignación. ¿Cómo se atreve usted a acusarlo de no ser aquello que él cree que es?

Por supuesto, no son los himbestigadores los únicos freaks celosos de su afición. Dirija a cualquier grupo una crítica, fundamentada o no, y tendrá garantizada una avalancha de respuestas poco amables. Es casi inevitable volver a mencionar aquí a los jugadores de rol, que muchas veces han salido al encuentro de tantas inexactitudes alarmistas que se difunden sobre su actividad. (No es un dato anecdótico que muchas veces son los himbestigadores quienes hacen circular tales inexactitudes, pero esta vez lo dejaremos pasar.) Sin embargo, ningún freak, salvo que sea un himbestigador, se pondrá a chillar como doncella mancillada, exigiendo una reparación de tal ultraje a su honor y su buen nombre.

Y en los chillidos no queda el asunto. Piense por un instante, amigo lector epiceno: ¿Han demandado los roleros a los que asocian su actividad con el crimen? ¿Ha sabido usted de algún entusiasta de Harry Potter que demandara judicialmente a quienes lo tachan de satanista? ¿Se ha llegado alguna vez hasta los tribunales alguien vestido con hábito de Jedi, exigiendo reparaciones materiales y morales a quien lo ha llamado «ridículo»? Claro que no. Y es que los vulcanos con orejas de goma y los padawan con sables de luz plásticos tienen algo de lo que suelen carecer los himbestigadores con su honor de cartón: sentido de quiénes son y de qué es lo que hacen.

Concluyo, en definitiva, que los himbestigadores no son simples freaks: la himbestigancia constituye, con toda probabilidad, el grado sumo del frikismo.

lunes, julio 09, 2007

Hablemos del tiempo

Ha sucedido por fin. La falta de tema ha hecho presa en este blog ictidiabólico y he quedado reducido a hablar del tiempo. De si llueve, de si no llueve, de si hace calor...

O de si nieva.

Nieve en Pergamino

Plazas blancas, techos blancos, copos revoloteando... Es necesario algo de esta magnitud para sacarme de la cama a las nueve de la mañana de un feriado.

Nieve en Pergamino

Si usted, amigo lector epiceno, vive más allá de ciertas latitudes, ahora estará diciendo «bah». Tenga en cuenta, sin embargo, que este bloguero no veía cosa parecida desde que estuvo en Bariloche en 1996. Y, según se informa, esta región no había conocido la nieve en más de treinta años.

Nieve en Pergamino

(Por cierto: puede hacer click en las fotos para verlas más grandes.)

Nieve en Pergamino

Dadas las condiciones meteorológicas no había mucha luz, pero cámara y acción no podían faltar.



Y bueno, es una producción de bajo presupuesto.

jueves, junio 21, 2007

¿Nadie piensa en las madres?

He aquí una razón más, por si las ya existentes no alcanzaran, para oponerse a la ligereza con que los medios de prensa maltratan los números y las matemáticas en general:

Hace sufrir a las madres.

Ofrezco como prueba el siguiente recorte del matutino local La Opinión, correspondiente al pasado viernes 15 de junio:



Permíteme que te tutee, oh, hermano redactor. Y, mientras te tuteo, dime: ¿no conmueve esto tu espíritu? ¿No te estremece la idea de que tu indiferencia decimal pueda multiplicar cruel e innecesariamente los dolores de una parturienta? ¿Y el niño? ¿Qué me dices del niño? El pobre Santino tendrá que vivir con el estigma de su sobrepeso tipográfico, ¡sólo porque tú no te molestaste en aprender la diferencia entre un punto y una coma!

No prestes oídos sordos a mis palabras, hermano redactor. Éste es un asunto de la mayor gravedad. Por favor, ten siempre presente:

Cada vez que escribes mal un número, una madre sufre.

Por favor, piensa en las madres.

jueves, junio 07, 2007

Los verdaderos cazafantasmas

Los cazafantasmas es una comedia y una fantasía. Que es una fantasía lo sabemos porque sus protagonistas son parapsicólogos que trabajan científicamente y logran demostrar sin lugar a dudas la existencia de su objeto de estudio. Y me siento tentado a decir que esa misma circunstancia da cuenta de su condición de comedia, pero de esto hay múltiples pruebas en contrario.

Hoy ha llegado a la puerta de mi casa tras cabalgar sobre las olas del Atlántico (me imagino que a considerable altura) una de tales pruebas; una que deja claro que los cazafantasmas pueden dar risa sin necesidad de ser serios, ni tan siquiera ficticios.



Los caras de Bélmez, de Javier Javanilles y Francisco Máñez, es (o al menos promete ser desde sus cubiertas) una crónica de la mayor comedia paranormal de la historia. Ha caído en mis manos (¿garras? ¿pezuñas? ¿aletas?) a causa de un fenómeno verdaderamente inquietante, algo que suponíamos un mito del pasado remoto: la generosidad. Más específicamente, la generosidad de Lola Cárdenas y Pedro Gimeno. Su actitud, más que las caras que aparecen «misteriosamente» pintadas en el hormigón de una casa de Jaén, es auténticamente inexplicable.

Muchas gracias, Lola y Pedro. Vuestro paquete me traerá horas de diversión. Y no me refiero sólo al libro:

sábado, abril 21, 2007

El milagro de la ciencia

Se ve que estos días estoy bastante productivo en el rubro de pensar tonterías. Y bueno, pongo ésta acá para sacármela de la cabeza y que no estorbe otros procesos intelectuales más importantes.

* * *

—¡Doctor! ¿Qué pasó? ¿Cómo está?

—Bien, está bien. Pudimos estabilizarlo y está lúcido. ¡Y ya está de nuevo dando órdenes y tomando decisiones! A ese muchacho no hay manera de mantenerlo quieto.

—¿En serio? Vi cuando lo traían. Parecía... Parecía en muy mal estado.

—Sí, lo que le hicieron no tiene nombre. Pero se lo vio venir, ¿eh? La noche anterior tuvo la precaución de poner drogas para resistencia en la comida. Y también le dio a sus estudiantes; parece que tenía miedo de que lo que le hicieron a él se lo hicieran a todos. Sin eso no habría aguantado.

—Entonces, ¿va a estar bien?

—¡Oh, sí! Lo peor ya pasó. Ahora todo es cuestión de regenerar tejidos, y eso es fácil. Para el domingo va a poder levantarse y andar.

—¡Menos mal! ¡Cómo van a alegrarse sus estudiantes cuando lo vean!

—Sí, pero él ya decidió que no se va a quedar mucho más. Un tiempito para cerrar algunos asuntos y después se va. Dice que acá son todos muy brutos. No creo que vuelva.

viernes, abril 20, 2007

Encuentre el número redondo

Entretenimiento de la fecha: encuentre el número redondo en esta pantalla capturada hace minutos.



Pista: no es difícil de encontrar.

Segunda pista: si usted lee esta entrada en el mismo día en que la estoy publicando, verá el número dos veces.

jueves, abril 19, 2007

Comentando comentarios

Sí, señor. He decidido solazarme en un ejercicio de autorreferencialidad y metablogueo, y escribo esta entrada sólo para comentar un par de comentarios que han llegado a este humilde blog ictidiabólico.

El primero de ellos corresponde a una de las primeras entradas, «La leyenda del pez diablo». Sabrá disculparme usted, amigo lector epiceno, si no lo cito completo. Lamentablemente, no dispongo de un sic del tamaño adecuado. De modo que, con su permiso, transcribiré sólo la parte relevante. Si le interesa conocer el ejemplar entero, no tiene más que seguir el enlace.

(...) despues de leer todo lo k dicen con respecto a ese animalsolo les puedo decir una cosa, yo ya lo he visto (...), y no es posible eso de k sea una raya k alguien corto y la transformo pork entonces hablamos de k alguien esta cazando esos animales y no es posible (...)

Entendió, ¿verdad? Por si no le quedó claro, se lo pongo en negro sobre blanco: cazar rayas es imposible. Algunos llaman a la raya «el animal incazable». No comprendo cómo no caí antes en eso; toda la argumentación que expongo en aquella entrada primordial se desmorona a causa de esa fatal distracción. ¡Encuentre usted alguien que haya cazado una raya alguna vez!

(Pescarlas, claro, es un asunto totalmente distinto.)

El segundo comentario llegó esta misma noche a la más reciente «Yo también soy astronauta». Opina mi nuevo colega:

Lo que debe de ser usted es muy fatuo y no astronauta, intentar justificar por que es tu amigo lo injustificable con unas falacias burdas y absurdas que se ha inventado mirando la enciclopedia espasa, es realmente patetico, maxime intentar hacer creer a los corderos, que estaba en lo cierto cuando decia que nosotros los astronautas, perdone señor fatuo pero ese hombre muy sobrio en ese momento no iba. asi que menos sectarismo y menos intentar justificar a los amiguitos cuando cometen barbaridades.Como ha cometido este edil de esa ciudad

Cantaría John Lennon si viera esto: Imagine no Heaven, and no irony signs. Ah, qué bonito sería vivir en un mundo así, ¿verdad? Al menos queda el consuelo de que tales carteles no servirían para nada: si pusiera uno que dijera en Helvética bien grande ALERTA, IRONÍA, no habría ninguna diferencia. Pues, ¿cuál es la esperanza de que note algo así:



alguien que no es capaz de ver esto:?



Imágenes de Rafael López Diez y Hans Splinter, respectivamente, usadas según licencia Creative Commons.

viernes, abril 13, 2007

Hasta luego, Mr. Vonnegut

A los que aún no nacieron; a todos los inocentes hacecillos indistiguibles de la nada: ¡cuidado con la vida!

Yo la contraje. Caí enfermo de vida. Era un hacecillo indistiguible de la nada y de repente se abrió una pequeña mirilla. Luz y sonido entraron a raudales. Las voces empezaron a describirme a mí y al miedo que me rodeaba. Lo que decían era inapelable. Dijeron que era un muchacho llamado Rudolph Waltz y se acabó. Dijeron que corría el año de 1932 y se acabó. Dijeron que estaba en Midland City, Ohio, y se acabó.

No callaron nunca. Año tras año amontonaron detalle sobre detalle. Todavía siguen. ¿Saben lo que dicen ahora? Que estamos en 1982 y que tengo cincuenta años.

Pamplinas.

Esto es el inicio de Buena puntería, una gran novela de Kurt Vonnegut. Con cierta vergüenza reconozco que es el único Vonnegut en que invertido a la fecha. Claramente, he cometido una injusticia: alguien que escribe de esta manera no merece no ser leído. Hago votos de reparar esta falta en cuanto tenga ocasión. Y si usted, amigo lector epiceno, no conoce a Vonnegut, debería hacer un voto similar.

(Es un pequeño alivio de mi culpa comprobar que el traductor, si bien hace un trabajo muchísimo más digno que otro que he comentado aquí, comete también una pequeña traición apenas comenzado el texto. Pues encuentro que en alguna ocasión, Vonnegut aconsejó: «No use puntos y coma. Son travestis hermafroditas que no representan absolutamente nada. Sólo sirven para demostrar que uno fue a la facultad».)

Lamentablemente, Kurt Vonnegut ya no escribirá más cosas indignas de no ser leídas. Su mirilla se cerró hace un par de días, el miércoles 11 de abril.

Hasta luego, Mr. Vonnegut. Hasta que nos volvamos a encontrar en alguna librería.

viernes, febrero 16, 2007

Argumento de venta.

«El fumar es perjudicial para la salud.» Por ley, toda publicidad de cigarrillos debe incluir esta inscripción en la República Argentina. En muchos países hay provisiones similares.

Por supuesto, las tabacaleras cumplen a regañadientes. Se quejan de que eso afecta su imagen y de que constituye un acoso a sus clientes. Yo creo que esa actitud sólo demuestra una falta de visión de sus agencias de publicidad. Un creativo digno de su título debería ser capaz de convertir la desventaja en ventaja; de hacer una llave de judo publicitario y utilizar en su provecho la fuerza del oponente. Basta un poco de imaginación para integrar la advertencia al anuncio y utilizarla como argumento de venta. Por ejemplo:




¿Le gusta? Tiene una versión king size, si para usted el tamaño es importante. Y también una en inglés.

(Agradezco a Sascha Hüttenhain su generosidad al permitirme usar su magnífico retrato «Marboro Man». La tipografía de Marlboro proviene de Cool Text.)

domingo, febrero 04, 2007

Yo también soy astronauta

He notado en estos días, en listas de correo pobladas mayoritariamente por españoles, cierta hilaridad motivada por un reciente discurso dado por el alcalde de Sevilla. Tal señor (llamado, según me entero, Alfredo Sánchez Monteseirín) habría repetido varias veces en su breve alocución «nosotros los astronautas».

Permítame decir, amigo lector epiceno, que el tonito burlón con que se habla y se escribe acerca de este episodio me parece fuera de lugar. Y no lo digo como simple bloguero. Lo digo como colega del señor Monteseirín.

Sí, yo también soy astronauta. Y puedo demostrarlo.

«¿Cómo lo demostrará?», adivino que se estará preguntando. «¿Cón certificados? ¿Con documentos? ¿Con fotografías y videos?»

Nada de eso. Probaré mis palabras mediante la tortura léxica. Se trata de un método muy sencillo (aunque requiere cierto oficio), consistente en someter las palabras a tormentos hasta que digan lo que uno quiere. El principal instrumento para aplicarla es, por supuesto, el diccionario de la Real Academia Española. Ya ha de saber que la RAE es la autoridad máxima en todo; las cosas son como su diccionario las describe, y aquello que no aparece en él no existe.

Veamos, pues, de qué manera define tan magna obra la palabra «astronauta».

astronauta.
(De astro y nauta).
1. com. Persona que tripula una astronave o que está entrenada para este trabajo.

Continuemos con nuestra indagación viendo cuál es la definición de «tripular».

tripular.
(Del lat. interpolāre).
1. tr. Dotar de tripulación a un barco o a un aparato de locomoción aérea.
2. tr. Conducir o prestar servicio en un barco o vehículo aéreo.
3. tr. desus. Descartar, desechar.

Ampliando con la segunda acepción la definición inicial, vemos que se puede llamar «astronauta» a toda «persona que conduce o presta servicio en una astronave o está entrenada para este trabajo». Puesto que el mismo diccionario habla de «tripular una astronave», nos está dando autorización tácita para considerar a las astronaves como un caso particular de «barco o vehículo aéreo». Esto es perfectamente compatible con la definición canónica del término:

astronave.
(De astro y nave).
1. f. Vehículo capaz de navegar más allá de la atmósfera terrestre.

Observe usted que el diccionario deja bien claro que no es necesario prestar efectivamente servicio a bordo de una astronave; basta con estar entrenado para ello. Pues bien: yo, como diseñador gráfico, estoy entrenado para prestar un servicio. Y puedo prestarlo en cualquier sitio, incluso a bordo de una astronave. No hay nada allí que me impida diseñar un isotipo o una página. Luego, estoy entrenado para prestar servicios a bordo de una astronave. De lo cual se desprende que soy astronauta, quod erat demonstrandum.

(Sí, es obvio que todo lo que antecede a este párrafo tiene una intención cómica. No se lo puede tomar de otra manera. Hay, sin embargo, personas que presentan seriamente argumentos de esta clase; que pretenden utilizar la tortura léxica como un método legítimo de defensa de credenciales autoconferidas. Sí, de veras. Este señor pretende que se lo tome en serio. ¿Me lo va a discutir a mí? Antes de pensar en tal cosa, mire a la derecha de esta página: verá allí enlaces a por lo menos nueve cuentos que yo he escrito. Cada cuento tiene su título, ¿verdad? Por lo tanto, tengo nueve títulos. Así que vaya a cuestionar a otro.)

viernes, enero 26, 2007

Pinta tu aldea y te acalambrarás de tanto pintar

Hace unos días, en un amable chat con personas que conozco, una de ellas dio en pedir que le mostrara fotos de mi ciudad. El espíritu estaba dispuesto, pero Internet fue débil: las más diversas búsquedas revelaban más bien poco, y ese poco dejaba bastante que desear.

Así fue que, animado por esta gente, creé una cuenta en Flickr y agregué un photoset de imágenes de Pergamino. (Sabrá disculpar usted, lector epiceno y caritativo, mi impericia como fotógrafo.) Todas las fotos llevan una licencia Creative Commons de atribución: puede hacer con ellas lo que le se le ocurra, con la única condición de que mencione mi nombre como el de quien apretó el botón.

Preveo engordar la colección toda vez que surja la oportunidad o, simplemente, me dé la gana.

jueves, enero 25, 2007

¡Que Dios no te escuche!

Nada más que un cuentito pavo que se me ocurrió. O una pequeña subversión teológica, si le gusta más.

* * *

—No hay sentimiento más noble y elevado —recitó el seminarista— que el que nos mueve a alabar a Dios.

—¿Por qué? —replicó su amigo— ¿Por qué Dios necesita que lo alaben? ¿Tiene problemas de autoestima?

—¡Que no te escuche! —se apuró el seminarista a ahogar las palabras de aquel insensato. Elevó su voz como si quisiera que lo oyeran desde el Cielo—. ¿Quién sino el Señor es digno de alabanza? ¿Quién sino Él podría haber creado un universo tan maravilloso y perfecto?

—¿Perfecto? —El otro reprimió una carcajada—. ¿Qué me contás de la guerra, del hambre, de las pestes...? ¿Qué tiene de maravillosa o de perfecta la creación de Dios?

—¡Que Dios no te escuche! —alzó con desesperación los brazos y la mirada—. ¡No lo escuches, Señor! ¡No sabe lo que dice!

—¿Por qué no me tiene que escuchar? ¿Qué me va a hacer Dios, a ver?

—Él va a... a... Oh, Dios...

Vio que ya era tarde cuando apareció un desgarrón en la estructura de la realidad.

Dios, agobiado por las críticas a su obra, rompió el universo en pedazos, lo tiró a la basura y empezó a trabajar en uno nuevo.

martes, enero 23, 2007

San Tosríos, el patrono de la realidad

La última vez que me referí al inefable Santosríos, prometí que la siguiente entrada estaría dedicada a algo más digno de atención. Y así fue. Esa siguiente entrada no se ocupó, sin embargo, del tema que había puesto como ejemplo: El señor de la luz, de Roger Zelazny. No hice referencia a la revolución místico-socialista de Sam, alias príncipe Siddharta, alias Sujetador de Demonios, alias Tathagatha, alias Mahasamatman, alias Buddha, alias el Iluminado, alias...

No, de lo que hablé es esa ocasión fue, curiosamente, de la influencia de los astros.

De la influencia auténtica de los astros; no la que depende de fuerzas caprichosas e indetectables, ni del verdadero prodigio de la matemática inexacta. No la que se basa en la interpretación arbitraria de una división arbitraria del cielo en un número arbitrario de porciones arbitrariamente iguales, nominadas arbitrariamente según la agrupación arbitraria de estrellas que ocupaba cada una de ellas en un momento arbitrario de la historia.

No, la influencia a la que me referí es esa fascinación que ejercen el universo y sus fuerzas sobre nosotros, criaturas atadas a la Tierra. La fascinación de pensar que la Tierra es un astro más, sujeto a las mismas reglas. La fascinación por el cosmos que tiene como aliado al conocimiento, no a la ignorancia.

Pero mi promesa quedó cumplida a pesar de todo, por lo que me permito volver por tercera y última vez sobre quien ya hablé; uno de ésos que pretenden que todo aquel cúmulo de arbitrariedades conforma una especie de ley natural.

En la anterior entrada dedicada al tal personaje, un comentarista comentó:

Eso debe ser alguna tendencia medible y estudiable en ellos, debe ser que a falta de tener algo para meter en sus inexistentes curriculums de charlatan apuntan los km como si eso tuviese un valor... bueno tiene el valor de los km recorridos timando a la gente y haciendo el idiota :P

Actualización: Soy humano, soy falible. La cita anterior es válida, pero la que yo quería poner era esta otra:

Estos charlatanes son una risa. Cuando tienen que mostrar su currículum en lugar de enrostrarnos sus aciertos dan datos del tipo: leí 150 libros, le dedique 10.000 horas a la astrología o participé de tantos programas de televisión.

Esto me dio en qué meditar. Y esta meditación me llevó a comprender por qué Santosríos me recriminó que yo dijera que su defensa de la astrología se basa en tres puntos. En realidad, se basa en, al menos, cuatro. Yo había enumerado, y vuelvo a hacerlo, los siguientes criterios:
  • La astrología es un saber antiguo.
  • Hay millones de personas que creen en la astrología.
  • Negar la astrología es «atentar contra las creencias o los intereses» de esos millones de personas.
E, injustamente, olvidé mencionar el cuarto:
  • La astrología ha sido estudiada en profundidad por Santosríos.
Lamentablemente, este cuarto criterio tiene el mismo defecto de los anteriores: no nos dice nada sobre la validez de la astrología. Santosríos podría haberle destinado diez veces más horas y leer cien veces más libros, pero eso sólo nos hablaría de su dedicación al tema, no del tema mismo. E, igualmente, los teólogos dedicaron millares de horas y de páginas al estudio de la religión católica, lo cual, al igual que ya vimos que sucedía con los tres argumentos originales, no le impide a Santosríos rechazarla in toto y hasta llamar «fascista» a la iglesia.

Y hay aún un quinto argumento, que pasé por alto por completo: la celebridad. Arguye Santosríos que grandes científicos se dedicaron a la astrología: Brahe, Kepler, Newton... En muchos casos, esto es cierto. Pero esto, por sí mismo, tampoco le da validez a la astrología. No aceptamos las leyes de las órbitas planetarias porque quienes las formularon fueron famosos. Al contrario, las aceptamos porque son coherentes con lo que se observa. Es esto lo que dio fama a sus descubridores, no a la inversa.

Y, en caso de que Santosríos quiera discutir esto último, no haría mal en recordar que muchos de aquellos mismos sabios también eran profundamente religiosos y se dedicaron tanto a a la teología como a la ciencia. Si el mero peso del nombre de Kepler autoriza a dar por cierta la mancia de los astros, el mismo efecto debería tener en las consideraciones religiosas.

Al menos, eso pensaba yo.

Sí. Estas nuevas reflexiones me han hecho cambiar de parecer.

Ya tenemos la que parece ser una lista completa de los Cinco Criterios Santofluviales de validez epistemológica. Para conservar la simetría, modificaré levemente el orden y los enumeraré de esta manera:
  • Edad
  • Cantidad
  • Sensibilidad
  • Celebridad
  • Dedicación
De estos cinco criterios, solamente cuatro tiene la religión en común con la astrología, a saber:
  1. Son antiguas;
  2. son creídas por muchas personas que
  3. se sienten muy afectadas cuando se niega su creencia, y
  4. fueron cultivadas por científicos y pensadores ilustres.
He aquí, por fin, el punto de desequilibrio. Vemos definitivamente por qué no hay contradicción, por qué no hay incongruencia en abrazar la astrología mientras se desdeña el catolicismo. Este último falla en el quinto y crucial criterio:

No fue estudiado por Santosríos.

¡Aleluya, hermano! Al fin de esta larga y laboriosa exégesis, la verdad se revela ante nuestros ojos y vemos a Santosríos en toda su gloria de sumo Arbiter Realitatis, el que con su munificente mirada otorga peso gnoseológico a los saberes.

¡Y le reprochábamos que hablase desde la ignorancia! ¿Cómo no iba a hacerlo, si lo que Santosríos ignora no puede ser?

¿Cómo no iba a inventarse los hechos, si los hechos no son tales sino en virtud de la atención que Santosríos se digne dispensarles?

Él dicta que los agujeros negros no están demostrados, y quien afirme lo contrario es víctima de los perversos científicos, amos de las ilusiones.

Él afirma que Randi y Ratzinger son aliados, y ése es un hecho evidente por cuanto es él quien lo pronuncia; dudarlo sería como dudar que el cielo es azul.

Él decreta que los escépticos no critican a la iglesia, y toda prueba en contrario yace en un limbo platónico mientras él no decida iluminarla con su mirada; sus autores son fantasmas insustanciales toda vez que él no los conoce.

En siglos pretéritos no había procesos formales de canonización; los santos se determinaban por aclamación popular. Siguiendo esa tradición, aclamo, por la sola fuerza del número (soy uno, y el uno es el primero de los números) a San Tosríos, patrono de la realidad.

Y si no le gusta ser un santo a la usanza de la religión occidental, eso tiene fácil arreglo: en un instante lo vuelvo a proclamar Tosríos-San, una deidad completa, con Su Aspecto y Sus Atributos. Tosríos-San, alias El Que Guarda Las Llaves De La Existencia, alias El Dictaminador, alias El Que No Necesita Saber.

¡Salve, Sancti Flumine, Gratia Pleno! ¡Salve, Arbiter Realitatis! ¡Salve, Umbilicus Mundi!

Hago votos, pues, de no volver a usar Su Nombre en vano; y como no puedo estar seguro de cuándo es el caso, sencillamente no volveré a referirme a él en este blog.

Hermano epiceno, puedes marchar en paz.

lunes, enero 22, 2007

La noche del cometa

Fueron varios días de frustración. Fueron varios atardeceres de soportar las picaduras de los mosquitos mientras caminaba por banquinas y baldíos en busca del ángulo correcto, en busca de un horizonte despejado.

Hoy, por fin, lo logré. Y ni siquiera necesité abandonar el patio de mi casa. C/2006 P1, a quien sus amigos llaman «McNaught», cayó finalmente en las lentes de mi objetivo.



Con un tiempo de exposición de cuatro segundos y, a falta de trípode, una escalera para estabilizar la cámara, logré capturar la belleza del universo manifestándose entre los tubos de calefacción, los acondicionadores de aire y los tanques de agua.



Un tapial alto es mejor que una escalera. Es cierto que es un tapial inclinado, pero ¿para qué sirve Photoshop, si no para enderezar cometas torcidos?



De regreso a mi PC, encontré otro cuerpo con cola.



Un furor inhumano destellaba en sus ojos como un fuego. Mejor dicho, como dos fuegos. O como el flash de una cámara reflejado en las retinas de una perra. De todas formas, fue una noche de eventos cósmicos, de estrellas alineadas que despiertan en los humanos el deseo atávico, acarreado en nuestra memoria racial, de sacar fotos sin ton ni son. Y aquí están.

domingo, enero 21, 2007

Santosríos «responde»

Hoy me levanté (tarde, como corresponde a un domingo) con la intención de dejar caer por aquí unas breves líneas sobre la novela que me acompaña a dormir en estas noches: El señor de la luz, de Roger Zelazny. Alrededor de la página 80 (que es la que marca el señalador ahora) empieza a prefigurarse lo que parece ser una versión transhumanista del mito de Prometeo, con una fuerte impronta de las religiones de la India y un Buda que sabe que es un charlatán.

Al final, las líneas resultaron ser más breves aún de lo que me imaginaba. No puedo escribir más sobre la novela. Estoy exultante, estoy desbordado: ¡Santosríos me contestó!

Bueno... «Contestar», lo que se dice «contestar»... Para empezar, todavía no sé quiénes son los científicos que negaron los planetas extrasolares y la posibilidad de vida extraterrestre. ¿Qué me contestó, entonces? Bien, tal vez sea conveniente que lea usted mismo el comentario que dejó en la entrada anterior:

Mire Diplotti:

Miro, don Santoríos.

No tengo nada que hablar con usted, porque usted no pretende debatir. Invito a cualquier persona a seguir sus intervenciones en el foro de Lola Cárdenas.

¡Qué coincidencia! A eso mismo lo invito yo, amigo lector epiceno. Y hasta pongo el enlace.

Usted me desacredita en su blog partiendo de dos premisas falsas: que “la astrología es mi fuerte como yo mismo digo”, y que “mi justificación son 3 puntos básicamente”. Toda su argumentación posterior nace de dos mentiras.

Bien, vayamos por partes:

Parte 1: Con respecto a que la astrología es el fuerte del señor Santosríos, él mismo dice, refiriéndose a su trayectoria astrológica:

A ver, más de 10.000 horas de preparación a lo largo de 20 años.

Más de 150 libros estudiados, analizados, comprobados y seleccionada la parte válida.

Más de 1.000 cartas astrales de todo tipo analizadas, explicadas y estudiadas en busca de errores o aspectos no descubiertos hasta la fecha.

Bien, aquí debo darle la razón.

10.000 horas a lo largo de 20 años no llegan ni a las 10 horas por semana. El estudiante menos aplicado dedica bastante más que eso a sus estudios.

150 libros en 20 años da un promedio de 7,5 libros anuales. Una vez más, cualquier estudiante lee más que eso. Yo mismo leí el doble de eso en los últimos seis meses, sólo de ficción.

1.000 cartas astrales en 20 años son 50 cartas al año. Bueno, no es de extrañar, con una dedicación que no llega a una hora y media por día, parte de la cual se dedica a leer algunas páginas.

De modo que, pues, el señor tiene razón: la astrología no es, ni puede ser, su fuerte. Así que la agregamos a la lista en que ya tenemos a la astronomía, la astrofísica, la cosmología, la estadísticas...

Lo cual, sin embargo, no le impide decir:

Por eso siempre me he vestido normal, sin florituras, incluso algo desaliñado, a lo largo de más de 300 programas de televisión propios sobre Astrología, varios cursos y muchísimas charlas y conferencias. Tengo buenos amigos científicos, algunos de los cuales conocen la disciplina, y otros se dedican a criticarla, como Halley hizo con Kepler. Yo simplemente respondo como hizo éste último: “caballero, yo he estudiado el tema. Usted, no”.

Punto 2: Con respecto a que el señor Santoríos basa la defensa de la astrología en tres puntos básicos, a saber:
  • La astrología es un saber antiguo.
  • Hay millones de personas que creen en la astrología.
  • Negar la astrología es «atentar contra las creencias o los intereses» de esos millones de personas.
El señor Santosríos dice que yo miento al decir esto. ¿No fue él mismo, sin embargo, quien escribió lo siguiente?

Usted puede creer lo que dice la ciencia occidental sobre la Astrología y su falsedad. Pero recuerde que hay 2.000 millones de personas en el mundo que no sólo la aceptan en la actualidad, sino que muchas de ellas la utilizan desde su nacimiento. Recuérdelo: una de cada tres personas.

¿Y también lo siguiente?

Pretender que la astrología es falsa y que la gente deje de estudiarla o practicarla, sobre todo cuando 2.000 millones de personas en el mundo no piensan así, es atentar contra las creencias o los intereses de esos 2.000 millones de personas [...]

¿Y lo siguiente además (negritas mías)?

Los astrólogos, como siempre, han preferido dejarse de estupideces epistemológicas, y llamar planetas a todos, incluyendo el Sol y la Luna, así que lo que digan los astrónomos oficiales, quieran meter más planetas o más signos del zodiaco, les importa un rábano. Están más preocupados en por qué entre todos les pagamos la juerga de Praga, o su trabajo como astrónomos, mientras a ellos ni siquiera les dejan abrir un centro Universitario que diera rango oficial a un estudio que tiene algo así como 10 veces más años de antigüedad que el de éstos últimos, que es 1.000 veces más conocido entre la población, y que una de cada 3 personas en el mundo está convencida de su profundo valor.

Ahí están sus argumentos, incluso todos juntos y uno atrás del otro en la última cita. Son, con toda precisión, los que ya señalé en mi entrada anterior: edades, cantidades y sensibilidades. ¿Cuál es mi mentira, pues?

Sigue el comentario:

Usted me da una lista de 20 artículos de 20 desconocidos (dónde están los ataques de Randi, de algún firmante del manifiesto contra la Astrología, de algún miembro del CSIC, de algún astrofísico) para eludir la cuestión de fondo:

No son veinte artículos: son diecisiete artículos y tres sitios web. Y sus autores, desconocidos o no, no son veinte, sino menos: hay enlaces que comparten autor, lo cual quedó bien claro. Y también queda bien claro que el señor Santosríos no se tomó la molestia de seguirlos; de lo contrario, no tendría yo que hacer estas aclaraciones.

En todo caso, ¿soy yo quien está eludiendo la cuestión de fondo? Santosríos dice que los escépticos no critican a la iglesia. Yo recopilo unos cuantos enlaces que demuestran que tal cosa no es correcta, y le dejo un comentario en que le digo:

Doy por sentado que, con estos datos en la mano, corregirá su afirmación de que los escépticos no critican a la iglesia.

¿Ha corregido el señor Santosríos su afirmación? No señor, ahí sigue tan campante. Los sitios y artículos que enlacé al señor Santosríos no le valen, porque son de «desconocidos». Veinte, para más datos.

El comentario de Santosríos sigue de esta guisa:

o Randi y los “escépticos” mienten y hay milagros, o la Iglesia miente y no hay milagros.

Lo cual es una versión resumida de otra cosa que Santosríos escribió sobre Randi:

Sólo el papa Juan Pablo II se encargó de hacer santos a 483 personas, lo que supone la aceptación de 966 milagros, y da pie a la conocida paradoja del “ésto es imposible pero verás como cuela”: o la iglesia miente, y no hay ninguno de esos 966 milagros, o este sujeto del millón miente, los milagros existen, y ya tenía que haberle dado el dinero a la iglesia católica para que lo sume, por ejemplo, a los 3.600 millones de euros que el estado español le da todos los años.

Lo curioso es que el que dice que no existen los milagros y la que dice que tiene pruebas de 966 milagros recientes no sólo no se meten mano entre sí, sino que además se han puesto de acuerdo en liársela a los astrólogos mediante la consigna de “engañabobos en pecado mortal”.

Curioso, ¿no es así? Tal vez sea más curioso el hecho de que el propio Randi opinó sobre estas afirmaciones de Santosríos. Algún bocón le fue con el chisme:

[...] es curioso, particularmente la parte en que me pone en liga con la iglesia. Este personaje no parece tener comprensión de la realidad, ni la capacidad de leer y entender, pero ¿por qué debería sorprendernos?

Eh, a mí no me mire. El que escribió esto fue Randi. Yo sólo lo traduje. Pero es cierto que, si el señor Santosríos se hubiera avenido a informarse sobre el desafío de James Randi en las fuentes mismas, en lugar de hablar de oídas (lo que, a diferencia de la astrología, sí parece ser su fuerte), sabría que el millón de dólares se le ofrece a quien se presente a reclamarlo y pueda demostrar sus afirmaciones en condiciones controladas de observación. La iglesia no está dispuesta a hacer ni una cosa ni la otra. Caramba, tal vez eso explique por qué la Fundación Educativa James Randi no le ha otorgado el premio. No hay necesidad de imaginarse a Randi y a Ratzinger como extraños compañeros de cama.

Así que, si Randi y ustedes están tan seguros de que no hay milagros, ataquen por favor a la Iglesia de Roma TODOS USTEDES, empezando por Randi: ¿qué hacen atacando a los astrólogos, que en España no movemos ni 10 millones de euros al año que nos pagan SÓLO los que creen en nosotros, en vez de atacar a la Iglesia, que recibe 3.500 millones anuales, la gran mayoría de los cuales LOS PAGAMOS TODOS, creamos o no?

Una vez más, Santosríos escribe más rápido de lo que lee o piensa. Y, peor aún, Santosríos decreta. Él decretó que los escépticos no critican a la iglesia, y no permitirá que ninguna cantidad de pruebas en contrario lo aleje de su convicción: son todos «desconocidos» y punto. Él decretó igualmente que Randi tampoco critica a la iglesia, y en vano será, entonces, que enlace a estos escritos suyos y de sus corresponsales, que recopilé en cuestión de minutos:
Puedo predecir, sin mirar el tránsito de Mercurio ni la oposición de Saturno, que Santosríos no seguirá estos enlaces. Está instalado con demasiada comodidad en su ignorancia, en el mundo que se ha construido a fuerza de ponerse los dedos en los oídos y cantar «naraniero, naraniero, fiuuuu, fiuuuu, lará lalá...». El dictaminó, para su propia tranquilidad de espíritu, que los científicos negaban la existencia de planetas extrasolares y de vida extraterrestre. Jamás responderá mi pregunta acerca de quiénes son esos científicos, ni de cuándo dijeron tales cosas: sencillamente, no lo sabe. Tal vez se lo inventó, o tal vez está simplemente regurgitando propaganda como un papá pingüino regurgita pescado sin digerir. Ninguna de las dos posibilidades es muy halagüeña. Lo único cierto es que no lo sabe.

Hay un comentario más de Santosríos, éste para Pedro Gimeno, quien seguramente se sorprenderá mucho cuando descubra que ha sido rebautizado como Ricardo. Lo lamento por el pobre si no le gusta su nuevo nombre: ya ha de saber que Santosríos es el árbitro de la realidad. En fin, se llame como se llame, tiene disponible los comentarios para responder, si así lo desea. Por mi parte, me propongo dedicar la próxima entrada de Pez Diablo (que quién sabe cuándo escribiré) a algún asunto más digno de mi atención. Por ejemplo, a El señor de la luz. Roger Zelazny es alguien infinitamente más culto e imaginativo que esta otra persona que toma su ignorancia como medida de todas las cosas.

martes, enero 09, 2007

¡Santos ríos, Batman!

Hace unos días, en los comentarios de una de las últimas entradas del blog de Lola Cárdenas Luque, conocí a un pintoresco personaje. Su nombre parece ser Oscar, y desconozco su apellido; pero allí donde va, deja la firma «Santosríos». Le recomiendo, amigo lector epiceno, que si dispone de tiempo lea los ciento tres (hasta el momento) comentarios, que no tienen desperdicio. A partir del tema de la entrada (los mitos sobre la «salud natural»), la discusión derivó por otros derroteros: probabilidad y estadística, cosmología, astrofísica, astronomía... Y, de una manera asombrosa, el señor Santosríos demostró en todos ellos la misma insolvencia.

Claro que ser insolvente en un tema no es un defecto. En estos tiempos de conocimientos crecientes e hiperespecialización, nadie puede saberlo todo. Lo común es que, fuera de nuestra área laboral, todos sepamos algo sobre algunas cosas y muy poco o nada acerca de muchas otras. El problema, claro, surge cuando alguien pretende sentar cátedra precisamente sobre aquellos asuntos en que su insolvencia se hace manifiesta.

Que es, justamente, lo que el señor Santosríos hace allí donde deja su firma.

Tal vez usted piense en este momento que todo lo que el señor Santosríos busca es publicidad, y que yo le estoy siguiendo el juego al dársela. Pero, la verdad sea dicha, si es eso lo que quiere yo estoy encantado en enlazar su blog. Ojalá todo el mundo fuera a leer sus disquisiciones sobre el sexo femenino, o su bonito cuento que justifica la explotación.

Sin embargo, el fuerte del señor Santosríos, según afirma él mismo, es la astrología. Básicamente, sus argumentos a favor de la astrología se resumen en tres puntos:

  • La astrología es un saber antiguo.
  • Hay millones de personas que creen en la astrología.
  • Negar la astrología es «atentar contra las creencias o los intereses» de esos millones de personas.
Si escribiera en latín, a estos argumentos los llamaría, respectivamente, argumentum ad antiquitatem, argumentum ad numerum y argumentum ad populum, y diría que los tres argumenta son formas de falacia. Sin embargo, como escribo en español, lo diré de la siguiente manera.
  • Que una idea sea antigua no nos dice nada de su validez.
  • Que muchas personas crean en una idea tampoco nos dice nada de su validez.
  • Que esas personas se sientan afectadas porque se niega esa idea, una vez más, tampoco nos dice absolutamente nada sobre su validez.
Podríamos discurrir interminablemente acerca de estos tres puntos, pero sería una discusión sobre edades, cantidades y sensibilidades, no sobre astrología.

Me permito abrir aquí un paréntesis. En los comentarios del blog de Lola Cárdenas se da cabal cumplimiento a una ley que enuncio aquí mismo, siguiendo el modelo de la Ley de Godwin:

A medida que la discusión con un creyente verdadero se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en que se nombre a Galileo Galilei tiende a uno.

¿Le gusta? Le permito humildemente que la llame «Ley de Diplotti», en el caso de que no tenga ya nombre. Es precisamente compararse con Galileo lo que hace el señor Santosríos:

[...] ¿alguien se ha puesto en mi lugar? ¿Alguien se ha puesto en el lugar de Galileo, con toda la comunidad en contra? ¿O simplemente se quedan en «se lo merece, por estar en el error»?

Analicemos por un momento la pertinencia de esta comparación. Galileo fue procesado por defender ideas que chocaban contra la tradición milenaria. Santosríos, por su parte, dice que la astrología debe ser cierta precisamente porque es una tradición milenaria.

No nos quedemos en eso. Traslademos al contexto del proceso a Galileo las Tres Tesis Astrológicas de Santosríos:
  • ¿Cuál de los dos modelos constituía un saber antiguo: el heliocéntrico (propuesto por Galileo), o el geocéntrico (defendido por la iglesia)?
  • ¿Cuál de los dos constituía la creencia de millones de personas: el heliocéntrico o el geocéntrico?
  • ¿Negar cuál de los dos habría implicado «atentar contra las creencias o los intereses» de esos millones de personas?
Así, pues, está claro: en el supuesto de que los jueces hubieran concedido validez a tales argumentos, éstos habrían contribuido a la condena de Galileo, no a su exoneración.

Cierro aquí el paréntesis. Hemos visto que tales defensas de la astrología sencillamente no funcionan. ¿Menciona Santosríos alguna verdadera defensa? ¿Algún estudio que tenga aspecto de científico?

Por lo que yo he podido ver, menciona dos: la investigación del «Efecto Marte» por Michel Gauquelin, y las predicciones de André Barbault. Ambos muy criticados por usar definiciones imprecisas y resbalosas que permitían ajustar y manipular los datos a posteriori.

Y nada más.

¿Y para qué sirve todo esto? Todo esto sirve, hermano, para defendernos de las acechanzas de la ciencia. La malvada ciencia que sólo busca dinero y poder; los pérfidos científicos que negaron (sí, negaron) que existieran planetas extrasolares y vida extraterrestre; los corruptos científicos, escorias de la humanidad, que pretenden hacernos creer algo tan absurdo como el Big Bang, que proclama que:

[...] esa enorme cantidad de cuerpos de tamaño gigantesco (podemos hablar de algo así como más de 1.000.000.000.000.000.000 de estrellas y planetas), [...] al principio estaban todos apretados y juntitos dentro de un puntito más pequeño que la cabeza de un alfiler

O a lo mejor no. A lo mejor deberíamos subir un nivel y afirmar que el propio Santosríos el que pretende hacernos creer esto sobre la ciencia y los científicos. Cuando le pregunté (y le volví a preguntar) quiénes eran los científicos que negaban los planetas extrasolares y la posibilidad de vida extraterrestre, ¿sabe lo que me respondió?

Nada.

Sin embargo, como esta mañana me siento caritativo, le concederé el beneficio de la duda. Un beneficio, sin embargo, que es de una caridad dudosa: consiste en suponer que no está fabricando un hombre de paja que le resulte más fácil de atacar, sino que, simplemente, es un ignorante que no sabe de lo que habla.

Acusación que, curiosamente, él no deja de hacer contra quienes critican a la astrología.

En las últimas dos entrada de su blog, «Salud, escépticos y debates (I)» y «Salud, escépticos y debates (II)», se dedica a recapitular, desde su muy particular punto de vista, las discusiones que ha tenido con los escépticos. Allí (además de las obligatorias acusaciones de fascismo) dice de ellos cosas como:

Si cualquier disciplina, estudio, afición o interés cuenta con un número de seguidores, es automáticamente válida para ellos.

Lo cual no obsta para que, pocos párrafos después, escriba:

Pretender que la astrología es falsa y que la gente deje de estudiarla o practicarla, sobre todo cuando 2.000 millones de personas en el mundo no piensan así, es atentar contra las creencias o los intereses de esos 2.000 millones de personas [...]

Lo cual, a su vez, tampoco es óbice para que inmediatamente después afirme:

La iglesia católica, la institución de corte fascista más longeva de la historia, pide dos milagros para santificar a alguien, o sea, dos hechos inexplicables para la ciencia.

Al señor Santosríos le tiene sin cuidado «atentar contra las creencias y los intereses» de los millones de feligreses católicos. Le tiene también sin cuidado la longevidad de la institución. Cree asimismo que está mal dar algo por válido sólo porque «cuenta con un número de seguidores». Se supone que no debemos darnos cuenta de que ésas son justamente las razones que él esgrime en defensa de la astrología.

Luego de un intermezzo en que nombra sin nombrar a James Randi y lo acusa de estar en liga con la iglesia para perjudicar a los astrólogos...

Bueno, está bien. Lo espero. Termine de revolcarse de la risa y vuelva. El texto seguirá aquí cuando ya no le quede aire en los pulmones.

Como decía: luego de decir lo que ya le dije que dice, hace la siguiente pregunta (imaginará él que retórica):

¿Dónde están los «escépticos» cuando se trata de la iglesia? Yo diría que es una simple cuestión de interés económico, pero me tienta la idea de pensar en que la iglesia no son unos cuantos chalados, sino algo mucho más grande, fuerte y establecido, aunque no sea ciencia y asegure los mismos imposibles científicos.

Tras leer esto, demoré unos veinte minutos en reunir otros tantos enlaces a sitios, blogs y artículos escépticos críticos con la iglesia católica en particular y la religión en general. A continuación los dejé en un comentario en su blog, respondiendo a su pregunta con un lacónico «entre otros lados, están aquí».

Los enlaces que reuní son los siguientes:
Y, a continuación, textos temáticos en distintos blogs.

En Golem:
En Sentido común:
En La corte de los milagros:
En ¡Existen los fantasmas! [El blog]:
En Guía de la cocina antropofágica:
En Proyecto Darwin:
Y finalmente, en Magonia, el decano de los blogs escépticos:
Luego de dejar los enlaces, le explicaba que éstos apenas empezaban a rasgar la superficie, y que podía encontrar muchos más si buscaba, por ejemplo, en la Red por una información crítica (la cual aparece enlazada en muchos blogs escépticos). No dije nada más; incluso me abstuve de señalar que una vez más, según su inveterada costumbre, estaba pontificando sobre asuntos sobre los que evidentemente no tiene la menor idea.

Ya han pasado más de doce horas. Sin embargo, en tal entrada hay al momento en que escribo esto sólo un comentario, que, ¡caramba!, no es el mío.

Actualización: que el mensaje no apareciera se debió a un error de mi parte. Aparentemente, el sistema lo tomó por spam debido a que contenía muchos enlaces, y lo rechazó automáticamente. Ya remedié la situación en un nuevo comentario que he dejado, que apareció de inmediato.

Sin embargo, le concederé, una vez más, el beneficio de la duda. El señor Santosríos se compromete a responder a las preguntas que el lector le deje en los comentarios. Usa esas palabras exactas: «me comprometo». Puede ir y leerlo usted mismo.

Actualización: en realidad, las palabras exactas son «prometo contestarte». Mea culpa. De todas formas, el significado es el mismo.

Pues bien, le tomaré la palabra. Seguiré el procedimiento que prescribe y, en la última entrada, le haré las preguntas que dejó sin responder en el blog de Lola Cárdenas: ¿Quiénes son los científicos que negaron la posibilidad de vida extraterrestre y los planetas extrasolares? ¿Dónde y cuándo lo negaron?

No dudo que esta vez me responderá.