martes, octubre 23, 2007

Auxilio

—Auxilio Mecánico Integral, mi nombre es Esteban. ¿Con quién hablo?

—Hola, mi nombre es Armando Ibáñez. Llamo porque se me quedó el auto. Estoy en la Ruta 8, kilómetro...

—Armando, ¿me puede decir su número de afiliado?

—Sí. Nueve cero dos. Te cuento, se me quedó...

—Dígame, Armando, ¿qué estaba haciendo cuando se detuvo su vehículo?

—Eh... Estaba manejando. ¿Qué iba a estar haciendo? Escuchame, ¿me mandás la grúa? Que está empezando a llover y se hace de noche.

—Un momento, Armando... ¿Se encuentra usted instalado tras el volante de su vehículo en este momento?

—¡Sí, claro! ¿Dónde voy a estar? Estoy en el auto, que está en la banquina, con las balizas puestas. ¿Me vas a mandar la...?

—Por favor, Armando, observe que del lado derecho del volante tiene que haber una llave. ¿Puede hacerla girar?

—¿Una lla...? ¿La llave de contacto? ¿Que la haga girar?

—En sentido horario, por favor.

—¿Como si estuviera arrancando el auto?

—Exacto. Hágalo y dígame qué pasa.

—¡Nada! ¡No pasa nada! Escuchame, me queda poca carga en el celular y...

—Por favor, Armando, busque en el panel de su vehículo un indicador que diga FUEL, o en su defecto tenga un dibujo de un surtidor de combustible. Tiene que tener una F a un lado y una E al otro.

—¿Qué? ¿El indicador de nafta? ¿Qué tiene que ver...?

—¿Lo ve? Dígame hacia dónde apunta la aguja de ese indicador, por favor.

—...

—¿Me oye, Armando?

—¿Me estás tomando por imbécil? ¡Tengo medio tanque! Mandame esa grúa de una p...

—Bien, no es el combustible. Vamos a revisar la carga de la batería entonces. Por favor, salga y levante el capó.

—¿Qué, me estás cargando? ¡No voy a salir del auto! ¡Está lloviendo! ¡Y no es la batería tampoco!

—Bi... Bien. En ese caso... A ver... Dígame, Armando, ¿tiene su vehículo instalado un cortacorriente u otro dispositivo similar?

—¿Eh...? Sí, bueno, tengo un... Pero, pero... ¿Qué tiene que ver eso? ¿Me vas a decir que manejé doscientos kilómetros desde Capital con el cortacorriente puesto?

—No sabría decirle, Armando. No brindamos soporte para cortacorrientes. Va a tener que desinstalarlo.

—¡¿LO QUÉ?!

—Desinstale el cortacorriente, intente arrancar de nuevo y, si no funciona, vuelva a llamarnos. Voy a dejar acá anotado, para la persona que atienda su nueva llamada...

—¡Una grúa! ¡Me tenés que mandar una grúa! ¿Hablo en chino o te golpeaste la cabeza cuando eras chiquito?

—Señor Armando...

—¡MANDAME UNA GRÚA, LA REP...!

—Sí... Un minuto, por favor, no cuelgue...

—¿Que no c...? ¿Hola?

Cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de ida... Cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de vuelta...

—¡Hola! ¡Me dejó hablando solo el...!

Todos los kilómetros que tengas que hacer, ¡hacelos tranquilo! Auxilio Mecánico Integral te cuida. Si te afiliás ahora, te regalamos un llavero por los seis primeros meses.

—¡Ya me afilié! ¡Lo que necesito es una grúa!

—Armando, ¿me oye?

—¡SÍ!

—Armando, le vamos a mandar un remolque.

—¡Al fin, hermano! ¿Viste que no era tan difícil? Anotá: Ruta 8, kilómetro 196.

—... ciento noventa y seis... Listo. Su número de reclamo es 14.112. El remolque va a llegar en un plazo de setenta y dos horas.

—...

—¿Armando?

—...

—¿Me oye, Armando?

—¡De setenta y...! ¡De set...! ¡De set...! Pero... Pe... Pe-pe... Pepepep...

—Sí, setenta y dos hor... Muchas gracias por confiar en Aux... enga ust... enas tard...

—¡Ho-ho-hola! El celu-el cel-el cel... Se quedó sin bat... Se quedó sin bat... Sin bat... Auxilio...

Dedicado a todos los sufridos usuarios que han tenido que padecer el servicio técnico alguna vez. Y en especial a El Teleoperador, que me hizo comprender que el mal es universal y eterno.

viernes, octubre 12, 2007

Gateología

Rufus el profeta odiaba a los gatos. Los despreciaba con todo su ser. Lo irritaban sus maullidos; sus pelos lo sacaban de quicio. No soportaba su andar despreocupado, como si nada en el mundo tuviera efecto sobre ellos. Pero, sobre todo, detestaba ese modo casi acusador en que lo miraban, como si conocieran sus secretos más terribles.

Por eso una noche, cuando Rufus se sentó ante su atril para que le fuera revelado un nuevo capítulo del Libro de Hosú, escribió en el pergamino: «El gato es abominación, debe ser destruido. Es voluntad de Hosú».

—No lo digo yo. Lo dice Hosú —manifestó al día siguiente a sus seguidores—. Yo no tengo nada que ver. Sólo hago Su Santa Voluntad.

Palos, piedras y lanzas se levantaron contra los gatos de la ciudad. Los maullidos de dolor y espanto ahogaron todo otro sonido. Los canalones se llenaron de sangre, y durante mucho tiempo el río fue rojo.

* * *

Filón el exegeta vivía, como todos los habitantes de Mifuci, rodeado de gatos. Por ellos era conocida la ciudad. Los gatos eran su mayor tesoro: ellos calentaban los lechos durante el invierno y arrullaban a los durmientes con sus ronroneos, ellos mantenían las casas y los campos libres de alimañas, y con el pelo largo y sedoso de ciertas razas se tejían telas que eran apreciadas en toda la comarca.

Así fue que un día, Filón escribió lo siguiente en su libro, Las verdaderas enseñanzas hosuanas:

«Hosú ama a los gatos. Él nunca mandaría que fueran exterminados. Sus enseñanzas en este aspecto fueron durante mucho tiempo malinterpretadas por hombres que no comprendían su mensaje.

»Es necesario para una correcta exégesis de Su palabra que entendamos que, en tiempos de Rufus el profeta, el uso de la puntuación difería del actual. En aquel entonces, la coma se utilizaba en ocasiones como ahora se usan las comillas. Una redacción moderna del pasaje relevante del Libro de Hosú sería, pues, la siguiente: “‘El gato es abominación’ debe ser destruido.” Está claro, por lo tanto, que lo que debe ser destruido es la idea de que el gato es abominación. ¡Grande es la sabiduría de Hosú, y verdaderas Sus enseñanzas!»

Y, satisfecho, cerró el capítulo con esta admonición:

«Aquél que no crea y entienda esta verdad evidente no es un auténtico hosuano.»

* * *

El Día de los Mártires, en la Plaza de los Mártires, Sumo el sacerdote lanzó este sermón desde su púlpito de mármol:

«El gato es, luego del hombre, la criatura favorita de Hosú. El gato es la gran riqueza de Mifuci y su mayor alegría. ¿A quién debemos semejante dicha? Observad a las estatuas que rodean la Plaza; recordad a los hombres y mujeres que ellas representan, cuya ilustre memoria honramos en este día. A ellos lo debemos, a los Mártires: auténticos hosuanos que, en los lejanos días de Rufus el profeta, ofrendaron sus vidas para defender a los gatos de Mifuci de la furia asesina de los gentiles.

»¿Por qué querrían los gentiles destruir a los gatos?, os preguntaréis. Os lo diré: ¡porque Hosú ama a los gatos, y ellos odian a Hosú! Y no penséis que tales monstruos son algo del pasado; aún hay entre nosotros quienes profesan tal irracional anti-hosuanismo. Ellos dicen que aman a los gatos, mas yo los llamo: ¡Embusteros! ¿Cómo puede ser eso posible, cuando rechazan a Hosú? Sólo en virtud de Su Santo Mensaje alcanza el hombre tal estado de gracia como es la confraternidad con el ser felino. Ésta es una verdad evidente y accesible a la sola razón, tal como nos enseña Filón el exegeta. Hermanos, no permitáis que un no hosuano se acerque a vuestros gatos, pues todo lo que quiere es retorcerles el pescuezo y arrojarlos al río.»

Como parte de las celebraciones, se refrendó la antigua ley que prohibía a lo no hosuanos tener gatos y les obligaba a pagar un alto tributo en concepto de reparación histórica. Y, al final del día, se depositó una ofrenda a los pies de las estatuas de los Mártires y Sumo les concedió el honor póstumo de Sacerdotes de Hosú.

jueves, octubre 11, 2007

Regresos

Dos regresos en uno, ambos relacionados con mi incalificable persona. El más obvio es el regreso de la actividad a este blog ictidiabólico, luego de más de dos meses de quietud. El segundo, excusa de esta entrada, es el regreso de mi nombre a las páginas de Axxón. Pues sucede, amigo lector epiceno, que en la entrega número 34 de la sección Ficción Breve, tal que sale en el día de la fecha, figura un cuento de mi autoría: «Pioneros».

Sí, es ése que empieza: «Doce figuras en trajes de astronauta bajaron...». No, no se lo voy a contar todo acá. Ahí tiene el enlace: vaya y léalo. Lo que sí le puedo contar es que en un momento se me ocurrió que los pioneros no fueran doce, sino trece. Simbolismo, le dicen.

No, se equivocó. El número trece no era en representación de suerte, buena o mala. Y fue precisamente por esa asociación refleja de desistí. Habría sido más una distracción que otra cosa. Piense un poco más.

¿Todavía no se da cuenta? ¿Y si le digo que se me cruzó por la cabeza la loca posibilidad de que la nave no se llamara Ray, sino Rayflower? Sí, afortunadamente de eso también desistí. En fin, se trata de una breve observación de un fenómeno llamativo de la cultura de las Comarcas Asociadas de Septentrión. Ojalá le guste.

(Y tal vez debería avisarle al lector despistado que, además, hay un tercer regreso. ¿O es una tercer güelta?)