sábado, noviembre 17, 2007

Momentos «ajá»

En la vida existen, amigo lector epiceno, y usted ya debe saberlo, momentos «¡ajá!».

Por ejemplo:

«¡Ajá! ¡Esta palabra expresa exactamente lo que estoy pensando!»

«¡Ajá! ¡Todo cuerpo sumergido en un fluido recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del fluido desalojado!»

«¡Ajá! ¡Si pongo un número menor en esta columna, pago menos impuestos!»

«¡Ajá! ¡Así que por esto no hay que tomar cicuta!»

Y así como existen momentos «¡ajá!», hay también, por otra parte, momentos «ajá». Así, sin signos. La diferencia no es sólo de puntuación.

Veremos algunos ejemplos en esto que vi hace un rato en Yahoo! Noticias.

«Circulan por mes 7.000 millones de mensajes de texto»

Sí, parece una cifra demasiado grande. Pero, cuando uno se para a pensarlo un momento, se da cuenta de que, en efecto, es una cifra demasiado grande.

Hagamos un somero análisis del cuerpo de la noticia, a ver si nos da algún indicio (excesivas negritas en el original):

En la Argentina, los mensajes de texto ya mueven 500 millones de pesos al mes.

[...]

Los mensaje cortos de texto comenzaron como una tendencia de los más jóvenes, pero se expandieron y hoy se envían y reciben 7.000 millones por mes.

[...]

En Movistar el precio es de 14 centavos más impuestos, lo que representa unos 16 a 17 centavos de precio final

En Personal, de 12 a 15 centavos más impuestos.

La noticia prosigue, pero observemos los datos que tenemos aquí y hagamos unas sencillas cuentas.

Consideremos el costo menor: 12 centavos por mensaje. Puesto que estamos tomando una cota mínima, deberíamos obtener un guarismo inferior a la facturación real, ¿no es así?

Entonces, pues:

(7.000.000.000 de SMS / mes) × ($0,12 / SMS) = $840.000.000 / mes

De todo lo anterior se deduce que 840 millones es menos que 500 millones.

Ajá.

«Al analizar la facturación» (otra vez negritas, por favor), encontramos el origen del número:

Movistar factura alrededor de $ 500 millones al mes. Un 30% de ese monto es por servicios de transmisión de datos, rubro del cual el 90% son los SMS.
Así que ya lo ve: 500 millones es (al menos, según Yahoo!) la facturación mensual por todo concepto de una sola empresa. De esta cantidad, el 90% del 30% (o sea, el 27%, o 135 millones en magnitudes absolutas) es en concepto de SMS. Lo cual, por supuesto, sólo puede significar que esos 500 millones son la recaudación total de todas las empresas en concepto de SMS.

Ajá.

Y por último...

Por último, Clarín destaca el alto nivel de penetración del servicio en el país: hay un promedio de 90 SMS por mes por cliente contra menos de 60 en EEUU.
Observe usted: 90 SMS por mes por cliente. O sea:

(7.000.000.000 SMS / mes) / (90 SMS / mes × cliente) ≈ 78.000.000 clientes

Lo cual significa que en Argentina, de cada diez habitantes, unos veinte son usuarios de telefonía celular.

Ajá.

sábado, noviembre 10, 2007

¿Cuanto más lejos, mejor?

Hagamos un trato, amigo lector epiceno.

Los comentarios de esta entrada están abiertos; es libre de escribir en ellos lo que guste. Nada será suprimido, como no sea algo manifiestamente off-topic, un spam desvergonzado, un copy-paste kilométrico o todas las anteriores. Sí, ésa es la política habitual en Pez Diablo, pero esta vez le voy a pedir algo a cambio: por favor, lea antes la entrada. Léala en su totalidad, reflexione unos instantes sobre lo que dice, repase cualquier párrafo que le haya dejado dudas. Entonces sí: comente cuanto le plazca. ¿Le parece razonable?

Sería conveniente también que acordáramos de antemano qué asuntos tienen relevancia para el tema de la entrada y cuáles no la tienen. A saber, son relevantes: la física, la química, la biología, la matemática, la ingeniería. Si bien haré uso de conceptos (elementales) de algunos de estos campos, no soy experto en ninguno de ellos, de modo que, si cometo algún error, agradeceré ser corregido.

Por otra parte, no son relevantes: mi estilo de escritura, mi elección de vocabulario, mi uso de la puntuación, la plantilla de este blog, los colores de este blog, el nombre de este blog, el servidor en que este blog está alojado, la regularidad con que lo actualizo, qué otros temas he tratado en él, en qué trabajo, dónde trabajo, para quién trabajo, cuánto gano, dónde estudié, qué estudié, a quién voté en las últimas elecciones, mis preferencias de lectura, mis creencias religiosas o falta de ellas, mi historia clínica, el tamaño y composición de familia, mi ropa, mi higiene personal, mi corte de pelo, mi cara.

Estas listas no son completas; no pretenden agotar las posibilidades, sino sólo definir categorías. En resumen: si tiene intenciones de refutar lo que aquí digo, sírvase hablar de ello, no de mí.

Aún si decide pasar por alto esta petición y acusarme de algo, por el amor de Rachnou, sea original. Si todo que se le ocurre es que soy un cipayo a sueldo de las multinacionales o un tonto útil, no se moleste: no me causará otra cosa más que bostezos. Y, en todo caso, tenga la decencia de sustentar cualquier acusación que haga. Si alguien me está pagando, especifique quién me paga, cuánto, en qué moneda y, sobre todo, dónde puedo ir para reclamar lo que me deben, ya que hasta ahora no he visto un solo centavo.

Estas condiciones, por supuesto, no son vinculantes. La posibilidad de dejar comentarios no se cierra a nadie. Pero si decide ignorarlas, aténgase a las consecuencias y no venga después a llorar porque la gente se ríe de usted y le tira maníes.

¿Por qué este largo exordio? Porque en esta entrada me propongo enfrentar un tema que despierta grandes pasiones: la telefonía celular y los supuestos efectos sobre la salud de sus emisiones.

¡Eh! ¿Dónde va? ¿No habíamos acordado que leería todo el texto antes de comentar? ¡Si no sabe qué voy a decir! ¿Piensa pegarme una noticia que habla de un estudio que demuestra que las microondas son nocivas? Puede ahorrarse la fatiga dactilar, pues no diré aquí lo contrario. No lo haré, por tres razones: 1) Ya lo ha hecho otra gente con más preparación y mejores argumentos; 2) sería meterme en camisa de once varas, pues, por definición, quien afirma que tales radiaciones son peligrosas sabe más que quien dice que no, y 3) para los efectos de la presente entrada, daré por sentado que son dañinas. Así es: asumiré la hipótesis de su nocividad y veré adónde lleva.

Los teléfonos y sus radiaciones

Será oportuno empezar repasando algunos conceptos básicos de telefonía celular. Para eso contaremos con ayuda. Le presento al señor Lego.



Como usted puede ver, el señor Lego tiene un teléfono celular, y con él quiere llamar a su novia para invitarla a tomar un helado. ¿Cómo sucederá eso? El señor Lego no sabe muy bien cómo funciona su celular (después de todo, es un lego), pero tiene cierta idea de que es más o menos como un walkie-talkie. Un walkie-talkie bastante más sofisticado de lo normal, claro está: para empezar, con él se puede hablar y escuchar al mismo tiempo. También permite contactarse con otro teléfono específico. Pero la principal diferencia entre un walkie-talkie corriente y un teléfono celular es que con éste último la comunicación no es directa, sino que utiliza intermediarios. Aquí es donde entran las estaciones base.



El celular del señor Lego se comunica con la estación base más cercana. En otro sitio, otra estación base establece contacto con el celular de su novia, la señorita Playmobil. Ambas estaciones están conectadas a una central que canaliza y coordina la comunación. Y así, el señor Lego puede oír cómo su novia le dice: «Hoy no, estoy muy ocupada. Dejémoslo para otro día, ¿sí?».

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, parece haber un problema. La comunicación entre el teléfono y la estación base se establece mediante radiofrecuencias que suelen estar en la banda de las microondas, y hay personas a las que le preocupa que la presencia de microondas en el ambiente pueda acarrear graves riesgos para la salud. (Como anuncié, no discutiré aquí si tales riesgos son reales o no: sencillamente asumiré que existen.) Y algunas de esas personas no sólo se preocupan, sino que además ponen manos a la obra y exigen soluciones a las autoridades. ¿Qué soluciones? Básicamente, que las antenas se alejen.

Bien, puesto que hipotetizar no cuesta nada, hipoteticemos: ¿Qué pasaría si alejáramos la antena (es decir, la estación base) del señor Lego? Sabrá usted, amigo lector epiceno, que las ondas de radio, cualquiera sea su frecuencia, se debilitan con la distancia. Por lo tanto, si nos limitamos a alejar la antena, ¿qué es lo que sucede?



Así es: el señor Lego se queda sin cobertura. No puede llamar a su novia, y ella luego le reprochará que se olvidó de su cumpleaños. Todo mal.

Para impedir esta catástrofe sentimental, será necesario aumentar la potencia de emisión de la estación base para que su señal alcance el celular del señor Lego con la misma intensidad que antes. Y entonces, ¿qué es lo que sucede?



Exacto: el señor Lego recibe la misma cantidad de radiación que antes. Si las microondas son peligrosas, el peligro no ha disminuido para él.

Y esto no es todo. Supongamos que la nueva separación entre el señor Lego y la estación base es diez veces mayor que la anterior. ¿Cuánto será necesario aumentar la potencia de emisión? ¿Diez veces? Suena intuitivo, y aún esto sería problemático, pero no es así. Las ondas de radio se debilitan según el cuadrado de la distancia, y la potencia se debe elevar en la misma proporción. Si las ondas deben recorrer el doble, para que lleguen a destino en las mismas condiciones que antes la potencia ha de multiplicarse por cuatro (dos al cuadrado). Si la distancia es el triple, la potencia deberá ser nueve veces mayor (tres al cuadrado). ¿Y si la distancia aumenta diez veces? Pues la potencia se multiplicará por diez al cuadrado, es decir, debe ser cien veces mayor. En consecuencia, cualquiera que viva en las cercanías del nuevo emplazamiento de la torre queda expuesto a una cantidad de radiación a la que antes no estaba expuesto nadie.

¿Qué es lo que se ha solucionado alejando la antena?

Y aún nos estamos olvidando de algo: la comunicación es bidireccional. No basta que la señal de la estación llegue al celular; además, la señal del celular debe llegar a la estación. Esto implica aumentar también la potencia de emisión del teléfono, en la misma proporción que la de la torre.


En estas condiciones, el celular se quedará sin baterías apenas el pobre señor Lego alcance a decir «hola». Aunque, claro está, tal vez no pueda hablar mucho más que eso antes de que se le hierva el cerebro.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Varias formas de cáncer están entre los males que se atribuyen a la radiación de los teléfonos celulares. Huelga decir que ésta es una enfermedad muy grave, y preocuparse por ella es una inquietud perfectamente legítima. Sin embargo, como acabamos de ver, la solución propuesta implica instaurar un estado de cosas en que los focos de radiación sospechosa deben aumentar sus emisiones. Y no pasemos por alto el hecho, en absoluto irrelevante, de que uno de esos focos va pegado a la cabeza de un ser humano. La solución de alejar las antenas es inútil si el riesgo no existe; pero si el riesgo es real, es contraproducente.

Pero, ¿y entonces? ¿Hay algo que se pueda hacer?

Si las microondas son perniciosas, la única solución definitiva sería desmantelar toda la infraestructura y usar los celulares sólo para jugar al Tetris. Dudo mucho, sin embargo, que esta suerte de abstinence only cellphone education vaya a ganar muchos adeptos.

La alternativa, pues, sería acercar las antenas.

Sí, acercarlas. Una red celular más densa requeriría emisiones de menor entidad. ¿Qué tal si hubiera, por ejemplo, una estación base por manzana? En ese caso, las señales no necesitarían viajar más allá de cincuenta o cien metros. En virtud de la ley de la inversa del cuadrado que hemos visto antes, cubrir un radio de cien metros requiere cien veces menos potencia que cubrir uno de un kilómetro. Tampoco las antenas necesitarían ser tan grandes, por lo que incluso el impacto visual se vería disminuido. En lugar de grandes y antiestéticas torres, las estaciones quedarían reducidas, digamos, a una caja en cada esquina. (No soy ingeniero, por lo que desconozco si esto último es técnicamente viable; se trata sólo de una especulación.)

No soy ingenuo; sé que aún en este escenario no faltarían quienes denunciaran la proximidad de estas «cajas de la muerte», exigiendo que se las llevaran lejos. Hasta sería posible que iniciaran una campaña de SMS. Pero esto ya está en terreno de la psicología, y excede el alcance de esta entrada.

Pero no todas las medidas requieren la poco probable cooperación de las compañías; algunas pueden tomarse individualmente de manera sencilla. Hemos visto que, si estas emisiones son verdaderamente nocivas, el mayor peligro no proviene de las antenas, sino de los propios teléfonos. Por lo tanto, si a usted lo preocupan estos asuntos, tal vez debería considerar el uso de auriculares. No son costosos (ciertamente cuestan bastante menos que un teléfono, y en algunos casos vienen incluidos en el mismo paquete), y reducen enormemente la exposición. Volvemos a la ley de la inversa del cuadrado: por un cerebro que está a treinta centímetros de un celular pasa hasta cien veces menos radiación que por uno que está a tres centímetros.

Listo. Esto es todo lo que tenía que decir. Ahora es cuando usted me acusa de haberme vendido a Telefónica. Por qué querría venderme a la empresa que inspiró la entrada anterior, o que en un par de días empezará a cobrar las consultas de saldo, es algo que se me escapa; pero estoy seguro de que ya se le ocurrirá algo.