La entrada anterior parece haber generado un pequeño revuelo. Varios blogs la han reproducido y hasta la tradujeron al esperanto. Y ciertamente ha recibido un buen número de comentarios, la mayoría de ellos positivos; aunque, como suele suceder, los más interesantes son los críticos.
De ésos, quisiera detenerme en éste, firmado «Naxo»:
Los seres humanos necesitamos pensar que hay algo más en lo que depositar nuestra confianza...
Alguien que nos cuida, ya que nosotros al parecer el trabajo no lo queremos (querés un ejemplo reciente? la guerra de Rusia que hoy acaba de terminar...)
Alguien a quien encomendar nuestros muertos, y que los deje vigilarnos, ya que no creo que vos aceptes la muerte tan fácil... es más, ALGO DESPUÉS DE LA MUERTE, que dudo que exista con la ausencia de "una fuerza superior" -.-
O sea, vos pensás que si te morís, listo; si se muere un familiar tuyo NUNCA lo vas a volver a ver, que no hay vida después de la muerte y que los milagros son simples coincidencias... Un amigo mío volcó en plena autopista a 110 por hora, y ahora está bien... qué suerte! bueno, la suerte también sería una "fuerza superior" así que ni siquiera tuvo suerte -.-
Pensá lo que decís, o por lo menos respetá la libertad de credo como yo te respeto por ser ateo.
Diría que esto refleja parte del problema de comunicación entre ateos y religiosos. Pero yo no pretendo hablar en nombre de nadie más que de mí mismo, y no me parece correcto asumir una actitud distinta con respecto a Naxo. Así que limitaré a ambos mi escueto análisis, que es el siguiente:
Para mí, el asunto de la religión, de la existencia o inexistencia de dioses, es un asunto intelectual. El comentario de Naxo, por otra parte, parece reflejar que, para él, se trata de algo emocional.
No he dicho, señor Naxo, que la muerte sea algo fácil de aceptar. Sé del dolor de perder a un ser querido, y sé también de la angustia que provoca pensar en la propia finitud. Son sentimientos que, mejor aún que respetarlos, los entiendo.
Pero a un nivel intelectual no puedo entender, ni respetar, la pretensión de que el universo tenga que enjugarnos las lágrimas.
Me resulta fácil de creer que la convicción de que uno sigue vivo después de muerto, o de que hay alguien allá arriba que nos quiere, haga más llevaderos los trances amargos. Pero una idea consoladora no es lo mismo que una idea verdadera.
Da la impresión de que las creencias religiosas son mentirillas piadosas que nos contamos a nosotros mismos para no hacernos sufrir.
Por supuesto, hay ocasiones en que sería maravilloso que hubiera un Gran Papá o una Gran Mamá que nos llevara de la mano. (La idea que tiene alguna gente parece coincidir más con la de un Gran Hermano, pero ése es otro asunto.) ¿Lo hay? Tal vez, tal vez no; en lo personal, lo dudo mucho. Debo decir que encuentro muy poco convincentes los argumentos que suelen presentarse a su favor. Y es posible que el menos convincente de todos sea el que plantea que algo es cierto porque necesitamos creerlo.
Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.
«¡Oh, pero qué nihilista es usted! —me reprochará alguien—. ¿Cómo puede vivir pensando que el universo es indiferente y que la existencia es absurda?»
Pero yo nunca dije que la existencia fuera absurda. Y rechazo el nihilismo que muchas veces se postula como supuesta conclusión lógica del ateísmo. El mal entendido surge, una vez más, de una diferencia de perspectivas.
Sí, el universo es un lugar indiferente y hostil, regido por fuerzas impersonales. Sí, somos fruto de un azar minúsculo e intrascendente, y así como surgimos nos iremos un día sin que nadie llore nuestra ausencia. ¿Y qué? ¿Por qué esa insistencia en mirarnos desde una perspectiva cósmica? Haríamos mejor en mirarnos desde una perspectiva humana.
Nuestro universo no está hecho de cuásares ni de galaxias espiraladas. Está hecho de miles de millones de personas; personas que trabajan, luchan, sueñan, ríen y sufren. Tal vez el cosmos sea indiferente con la humanidad, pero eso no significa que la humanidad deba ser indiferente consigo misma.
En el gran orden de las cosas, somos una mota de polvo sobre una mota de polvo. Pero es nuestra mota de polvo. No está mal ser provinciano en este aspecto.
¿Y cuándo no lo hemos sido, después de todo? ¿Qué son los dioses, sino la proyección de nuestra propia humanidad sobre el universo? Los dioses, si se me permite la torpe metáfora, nacen cuando queremos mirar hacia afuera de nosotros mismos y vemos nuestro reflejo agrandado y deformado en la superficie.
Nos gusta pensar que, cuando un niño llora de hambre, las estrellas se conmueven. En realidad, las estrellas siguen allá en lo suyo, que es convertir hidrógeno en helio, sin enterarse. Pero eso no disminuye en nada la tragedia.
Cuando un niño llora de hambre, nosotros nos conmovemos.
Y no hay ningún nihilismo en ello.
Actualización 16/08/2008: Tengo buenos comentaristas. Los que han dejado su aporte hasta ahora han agregado lo que ayer me quedó en el tintero por una mezcla inoportuna de inercia lírica y dolor de cabeza. Me gustó especialmente el comentario de Inés Toledo:
Eso de que somos algo insignificante en medio de la inmensidad del Universo nunca me ha convencido. No conozco el punto de vista de ningún extraterrestre...
Desde el mío, los seres humanos somos un fruto extraordinario de la evolución. Yendo un poco más atrás, somos un fruto extraordinario de las leyes que rigen el cosmos.
Gracias por decirlo, Inés. Muchas veces oímos la acusación: «Para ustedes los ateos, los seres humanos somos mera materia». No, no somos «mera» materia: somos, en palabras de Carl Sagan, materia consciente de sí misma. (O, expresado en el sabroso cinismo de Kurt Vonnegut, materia que se queja demasiado.) He ahí la diferencia entre un «conjunto de átomos» y otro.
Después viene: «Para ustedes el amor no es más que química, y por lo tanto no vale nada». Pero lo que hace valioso al amor, a la empatía, a la tristeza, no es que sean dones de un supuesto espíritu inmaterial, o que sean, por el contrario, «pura química». Nuestras emociones son valiosas en sí mismas, independientemente de cuál sea su raíz. El cariño que tengo por mis seres queridos, mi alegría ante un hecho afortunado, mi indignación al ver una injusticia, no quedan reducidos por sustentarse en interacciones atómicas.
Nótese la paradoja: no es el ateo (el «materialista»), sino la persona religiosa y «espiritual», quien niega que el ser humano y su vida interior tengan valor intrínseco.