viernes, agosto 22, 2008

Pis en la Tierra a todos los perros de buena voluntad

Tuve que contenerme para no titular esta entrada «Confirmado: la religión vuelve P a la gente», donde P es una grosería. Sí, sé que habría sido injusto; pero malditas sean las ganas que tengo de ser justo después de ver esto. De lo que tengo ganas es de sentarme en el suelo y llorar hasta quedarme dormido en posición fetal.

El siguiente informe ha sido puesto en YouTube por Alejandro Agostinelli con la venia del emisor original, CableVideo Santa Fe. Véalo y después me cuenta:

Primera parte: «Imagen perfecta de Jesús»




Segunda parte: «La gente está muy conmovida»




Tercera parte: «Ojalá sea algo bueno»




Cuarta parte: «Que los que están sacando por el celular se lo muestren a los niños»




Quinta parte: «Este perrito tuvo la buena voluntad de orinar contra la pared»




Sexta parte: «Esto es un aviso»



Ya que lo hemos visto, analicemos los hechos de manera ecuánime y con palabras sencillas:

Es una mancha de pis de perro.

Esas personas se están emocionando por una mancha de pis de perro.

Le están rezando a una mancha de pis de perro.

Están adorando una condenada mancha de pis DE PERRO.

Por favor, que alguien deje de inmediato de respetar las creencias de esta gente. No les están haciendo ningún bien.

viernes, agosto 15, 2008

Al universo no le importa, pero a mí sí

La entrada anterior parece haber generado un pequeño revuelo. Varios blogs la han reproducido y hasta la tradujeron al esperanto. Y ciertamente ha recibido un buen número de comentarios, la mayoría de ellos positivos; aunque, como suele suceder, los más interesantes son los críticos.

De ésos, quisiera detenerme en éste, firmado «Naxo»:

Los seres humanos necesitamos pensar que hay algo más en lo que depositar nuestra confianza...

Alguien que nos cuida, ya que nosotros al parecer el trabajo no lo queremos (querés un ejemplo reciente? la guerra de Rusia que hoy acaba de terminar...)

Alguien a quien encomendar nuestros muertos, y que los deje vigilarnos, ya que no creo que vos aceptes la muerte tan fácil... es más, ALGO DESPUÉS DE LA MUERTE, que dudo que exista con la ausencia de "una fuerza superior" -.-

O sea, vos pensás que si te morís, listo; si se muere un familiar tuyo NUNCA lo vas a volver a ver, que no hay vida después de la muerte y que los milagros son simples coincidencias... Un amigo mío volcó en plena autopista a 110 por hora, y ahora está bien... qué suerte! bueno, la suerte también sería una "fuerza superior" así que ni siquiera tuvo suerte -.-

Pensá lo que decís, o por lo menos respetá la libertad de credo como yo te respeto por ser ateo.
Diría que esto refleja parte del problema de comunicación entre ateos y religiosos. Pero yo no pretendo hablar en nombre de nadie más que de mí mismo, y no me parece correcto asumir una actitud distinta con respecto a Naxo. Así que limitaré a ambos mi escueto análisis, que es el siguiente:

Para mí, el asunto de la religión, de la existencia o inexistencia de dioses, es un asunto intelectual. El comentario de Naxo, por otra parte, parece reflejar que, para él, se trata de algo emocional.

No he dicho, señor Naxo, que la muerte sea algo fácil de aceptar. Sé del dolor de perder a un ser querido, y sé también de la angustia que provoca pensar en la propia finitud. Son sentimientos que, mejor aún que respetarlos, los entiendo.

Pero a un nivel intelectual no puedo entender, ni respetar, la pretensión de que el universo tenga que enjugarnos las lágrimas.

Me resulta fácil de creer que la convicción de que uno sigue vivo después de muerto, o de que hay alguien allá arriba que nos quiere, haga más llevaderos los trances amargos. Pero una idea consoladora no es lo mismo que una idea verdadera.

Da la impresión de que las creencias religiosas son mentirillas piadosas que nos contamos a nosotros mismos para no hacernos sufrir.

Por supuesto, hay ocasiones en que sería maravilloso que hubiera un Gran Papá o una Gran Mamá que nos llevara de la mano. (La idea que tiene alguna gente parece coincidir más con la de un Gran Hermano, pero ése es otro asunto.) ¿Lo hay? Tal vez, tal vez no; en lo personal, lo dudo mucho. Debo decir que encuentro muy poco convincentes los argumentos que suelen presentarse a su favor. Y es posible que el menos convincente de todos sea el que plantea que algo es cierto porque necesitamos creerlo.

Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.

«¡Oh, pero qué nihilista es usted! —me reprochará alguien—. ¿Cómo puede vivir pensando que el universo es indiferente y que la existencia es absurda?»

Pero yo nunca dije que la existencia fuera absurda. Y rechazo el nihilismo que muchas veces se postula como supuesta conclusión lógica del ateísmo. El mal entendido surge, una vez más, de una diferencia de perspectivas.

Sí, el universo es un lugar indiferente y hostil, regido por fuerzas impersonales. Sí, somos fruto de un azar minúsculo e intrascendente, y así como surgimos nos iremos un día sin que nadie llore nuestra ausencia. ¿Y qué? ¿Por qué esa insistencia en mirarnos desde una perspectiva cósmica? Haríamos mejor en mirarnos desde una perspectiva humana.

Nuestro universo no está hecho de cuásares ni de galaxias espiraladas. Está hecho de miles de millones de personas; personas que trabajan, luchan, sueñan, ríen y sufren. Tal vez el cosmos sea indiferente con la humanidad, pero eso no significa que la humanidad deba ser indiferente consigo misma.

En el gran orden de las cosas, somos una mota de polvo sobre una mota de polvo. Pero es nuestra mota de polvo. No está mal ser provinciano en este aspecto.

¿Y cuándo no lo hemos sido, después de todo? ¿Qué son los dioses, sino la proyección de nuestra propia humanidad sobre el universo? Los dioses, si se me permite la torpe metáfora, nacen cuando queremos mirar hacia afuera de nosotros mismos y vemos nuestro reflejo agrandado y deformado en la superficie.

Nos gusta pensar que, cuando un niño llora de hambre, las estrellas se conmueven. En realidad, las estrellas siguen allá en lo suyo, que es convertir hidrógeno en helio, sin enterarse. Pero eso no disminuye en nada la tragedia.

Cuando un niño llora de hambre, nosotros nos conmovemos.

Y no hay ningún nihilismo en ello.

Actualización 16/08/2008: Tengo buenos comentaristas. Los que han dejado su aporte hasta ahora han agregado lo que ayer me quedó en el tintero por una mezcla inoportuna de inercia lírica y dolor de cabeza. Me gustó especialmente el comentario de Inés Toledo:

Eso de que somos algo insignificante en medio de la inmensidad del Universo nunca me ha convencido. No conozco el punto de vista de ningún extraterrestre...
Desde el mío, los seres humanos somos un fruto extraordinario de la evolución. Yendo un poco más atrás, somos un fruto extraordinario de las leyes que rigen el cosmos.


Gracias por decirlo, Inés. Muchas veces oímos la acusación: «Para ustedes los ateos, los seres humanos somos mera materia». No, no somos «mera» materia: somos, en palabras de Carl Sagan, materia consciente de sí misma. (O, expresado en el sabroso cinismo de Kurt Vonnegut, materia que se queja demasiado.) He ahí la diferencia entre un «conjunto de átomos» y otro.

Después viene: «Para ustedes el amor no es más que química, y por lo tanto no vale nada». Pero lo que hace valioso al amor, a la empatía, a la tristeza, no es que sean dones de un supuesto espíritu inmaterial, o que sean, por el contrario, «pura química». Nuestras emociones son valiosas en sí mismas, independientemente de cuál sea su raíz. El cariño que tengo por mis seres queridos, mi alegría ante un hecho afortunado, mi indignación al ver una injusticia, no quedan reducidos por sustentarse en interacciones atómicas.

Nótese la paradoja: no es el ateo (el «materialista»), sino la persona religiosa y «espiritual», quien niega que el ser humano y su vida interior tengan valor intrínseco.

martes, agosto 12, 2008

El oso y el duraznero

Una vez, en medio de un bosquecillo, había un pueblito. Era un pueblito pintoresco y genérico, de los que se suelen fabricar por docenas para cuentitos como éste, con su escuelita, su cura y su zapatero remendón.

Resulta que muy cerca de este pueblito crecía un duraznero, un gran duraznero silvestre. Todos los veranos sus ramas se llenaban de frutas gordas y aterciopeladas que los chicos miraban desde lejos.

Sólo las miraban, porque no podían hacer otra cosa.

—No agarres duraznos de ese duraznero —los reconvenían sus madres—. Hay un oso que ronda el árbol y se come a los que se acercan.

Y ellos obedecían, por supuesto. Se contaban historias de niños traviesos que por hartarse de duraznos habían sido devorados por el oso. Así que los chicos se reunían en el linde del pueblo y miraban los duraznos soñando con la pulpa dulce y jugosa, pero todos se mantenían lejos.

Todos, menos uno.

Una tarde, a la hora de la siesta, un valiente fue derecho al duraznero. Tomó un durazno con temor, mirando cautelosamente a uno y otro lado; se lo comió y tiró el carozo. A continuación se comió otro, ya con más confianza. Y otro. Y otro más. Comió hasta que no pudo seguir y después se durmió a la sombra del árbol.

Ahí lo encontró su mamá al caer la tarde.

—¡Te dije que no comieras duraznos! —le gritaba mientras lo iba arreando a cachetazo limpio hasta su casa—. ¡Te podía haber comido el oso!

Pero no se lo había comido, y la noticia dejó atónito al pueblo. Hasta la fecha, todas las historias eran unánimes: chico que comía duraznos, chico que terminaba en el estómago del oso. Esa misma noche, los hombres instruidos se reunieron en el club a deliberar sobre el asunto mientras tomaban grapa Valle Viejo y jugaban al mus.

—A lo mejor el oso se murió —conjeturó el almacenero—. Después de todo, las historias son muy antiguas.

—Imposible —respondió muy seguro el director de la escuela—. Si el oso se murió, no hay nada que impida que los chicos se empachen de duraznos y después no quieran cenar.

Y, como eso era indeseable, todos estuvieron de acuerdo en que debía ser un oso muy longevo.

Fue el viejo bufetero del club el que dio con la solución. Las historias coincidían en que el oso se comía a los chicos que agarraban duraznos, pero en ningún lugar decía que lo hiciera inmediatamente después del hecho. Bien podía ser que, más tarde o más temprano, el oso acudiera a la casa del pequeño transgresor para alimentarse.

Era una respuesta tan satisfactoria como alarmante. Un oso en el pueblo siempre era un peligro, en especial uno tan rencoroso como aquél. Al día siguiente, todo el pueblo se armó en previsión de su visita.

La visita no se produjo en lo que quedaba del verano, ni tampoco en el otoño. Al fin, el invierno llegó sin que se hubiese visto oso alguno. Los braseros calentaban el club la noche que los hombres instruidos se reunieron a deliberar mientras tomaban caña Legui y jugaban a la generala.

—El oso ya no va a venir —opinó el comisario—. Ya debe estar hibernando en su cueva.

—¿Qué cueva? Si por acá no hay ninguna —retrucó el almacenero.

—Debe ser un oso que no hiberna —aventuró alguien.

—Debe ser un oso que no necesita cueva.

—Debe ser un oso que cava su propia cueva, como las vizcachas.

Entonces al cartero, que hacía poco que vivía en el pueblo, se le ocurrió decir:

—Para mí que el oso no existe.

Los demás se rieron de semejante ocurrencia. Le señalaron las escopetas y los machetes que tenían preparados desde hacía meses, y le hicieron notar que solamente un bobo se arma contra un oso inexistente. Hasta el intendente y el director de la escuela se habían armado, y ésos no eran ningunos bobos.

—Es más, mañana vamos a ir a cazarlo para que vea que sí existe.

Dicho y hecho: todo el día siguiente buscaron en el bosquecillo lindero al pueblo. Pasó la mañana y pasó la tarde, y al final se hizo de noche sin que hubiera aparecido ningún oso. Ni huellas de oso. Ni heces de oso, ni pelos de oso, ni nada.

—Cosa rara —dijo un baqueano al comprobar el gran sigilo del oso y su capacidad para esconderse en el monte ralo. El veterinario estaba maravillado por el eficiente metabolismo que debía tener para no producir desechos. El zapatero, por su parte, habló de lo gruesa y suave que tenía que ser la piel de sus patas si no dejaba huellas. Y, para no ser menos, el peluquero alabó la fuerza de su pelaje.

Todos estuvieron de acuerdo en que debía ser un oso muy particular, y redoblaron la vigilancia.

Pasó el tiempo, un tiempo largo. Varias veces el duraznero se llenó de frutas grandes y fragantes que terminaban pudriéndose en el suelo porque nadie las comía. El último que lo había hecho dejó de ser un chico para convertirse en un hombre, un muchachón fornido que un buen día se fue del pueblo en busca de horizontes más amplios.

Una vez más, los hombres instruidos se reunieron en el club para debatir el asunto mientras tomaban ginebra Bols y jugaban al tute cabrero.

—¿Cómo va hacer el oso para encontrarlo? —planteó el jefe de la estación de tren.

—Lo va a seguir a la ciudad —arriesgó un perito mercantil que andaba de paso.

—Le va a seguir el rastro por el olfato.

—Debe tener contacto con osos de otros lugares.

—El oso es un cuento —metió bocadillo el que había sido cartero y ahora era jefe de la oficina de correo—. Lo inventaron hace mucho las madres del pueblo para que los chicos no se empachen de duraznos y después no quieran cenar.

—Vea, don —se le enojó el comisario—, yo no sé cómo será en el lugar de donde viene usted, pero aquí no se insulta a las madres de los demás llamándolas mentirosas.

—Además —dijo otro con una risita—, si está tan seguro, ¿por qué no va usted a comer duraznos?

No contaban con que el antiguo cartero aceptara el desafío. Al día siguiente fue al duraznero, se atiborró de fruta y durmió la siesta a la sombra. Al atardecer, cuando volvía al pueblo, se encontró con que le cerraban el paso.

—¿Qué hizo, animal? —lo levantaron en peso el intendente, el cura, el director de la escuela y varios más—. ¡Ahora el oso va a venir a buscarlo a usted! ¿Es que no piensa en las pobres criaturas que pone en peligro? ¡Váyase! ¡Váyase y no vuelva más!

Y, después de echar al viejo, se levantó un cerco alrededor del duraznero y se emitió un edicto que condenaba al destierro a todo el que se atreviera a cruzarlo.

Pasaron años. Muchos años. El duraznero terminó por marchitarse y se lo comieron los bichos. El pueblo creció en torno al lugar donde había estado, que hoy es una plaza.

Todos los años, la Plaza del Duraznero es el centro de un festival que atrae gente de toda la región. Los visitantes ven representaciones de las antiguas historias: el muchacho que comió un durazno y huyó para proteger a su familia del oso; el cartero que violó insensatamente la ley y fue expulsado por las autoridades. Ambos debieron encontrar la muerte en tierra lejanas, bajo las garras y los colmillos del oso. Después de las representaciones viene el desfile, en el que los lugareños exhiben orgullosos las armas con que un día darán caza a la bestia sanguinaria.

Por supuesto, nunca falta en esos días un forastero que, después de un par de tragos de grapa, caña o ginebra, se atreve a ofender la tradición local sugiriendo que el oso es un invento. Pero los lugareños están preparados para eso, y enseguida le hacen ver que solamente alguien que no sabe nada de la longevidad del oso, del rencor del oso, de los hábitos de hibernación del oso, del sigilo del oso, del metabolismo del oso y del olfato del oso puede hacer una afirmación tan incauta e ignorante.

—¿Y el duraznero? —suele preguntar a continuación el impertinente, señalando la plaza y el cerco vacío. Y los lugareños, armándose de paciencia, explican una vez más lo que debería ser obvio para todos:

—El duraznero es una metáfora.


Actualización 13/08/2008: Meneado he vuelto a ser, y las visitas entran a raudales. Bienvenido, señor visitante epiceno. Si esta entrada le ha gustado, ¿puedo interesarlo con una porción de gateología?

Actualización 15/08/2008: Gracias a los esfuerzos de Ombresaco, ahora los samideanoj pueden leer una versión en esperanto: «La urso kaj la persiko».