Antes de que me lo recrimine, le hago notar, amigo lector epiceno, que hace más de un mes que no escribo sobre religión. No, que en todo ese tiempo no haya escrito sobre ninguna otra cosa no invalida mi argumento. Y a fin de cuentas, el blog es mío y escribo lo que quiero.
Bueno, bueno, está bien. No llore. Le prometo que la próxima entrada será sobre otra cosa. Pórtese bien y le compro un helado.
Pero, mientras tanto, permítame dar forma a una de mis más recientes elucubraciones al respecto. Y forma le daré siguiendo la antigua tradición de los chistes machistas que se niegan a morir; esos fósiles vivientes culturales que, cual cocodrilos, se las arreglan para seguir existiendo durante eones sin sufrir ninguna adaptación memética significativa.
Sin más prolegómenos, pues, le presento aquí los diez puntos en que la religión es como la mujer.
1. Todas son iguales. Excepto la de uno.
2. Hay quienes la necesitan para que les diga qué hacer y qué no hacer.
3. Cada uno se siente el único con derecho a hablar mal de la propia.
4. Muchos siguen con la suya sólo por hábito.
5. Suelen augurarle a uno las peores calamidades en caso de que las abandone.
6. Más de uno se acostumbra a que le grite y le diga lo indigno que es.
7. Otros, en cambio, se cansan y la dejan por otra más joven y más loca.
8. ... y terminan descubriendo que las más jóvenes y locas proporcionan sensaciones más intensas, pero también exigen más dinero.
9. Algunos se sienten atraídos por las orientales.
10. Y, finalmente, el que no tiene ninguna es rarito.
Ahí está. Eso es todo.
Fenomenal pavada, ¿no?