domingo, abril 12, 2009

En el nombre del padre, la hija y la sensación de incomodidad

Internet funciona de maneras misteriosas y sus caminos son inescrutables. Quién sabe con qué designios me llevó en plena Semana Santa a ConectaconDios, un sitio cuyo objetivo, como su nombre lo indica, es conectarme con Dios. (El Dios cristiano, por supuesto, que es el único real, como lo demuestra el hecho de que a él se aplica una lógica distinta que a los demás dioses, un milagro que las ciencias formales no pueden explicar.) Tal sitio da la bienvenida al peregrino digital con lo que se da en llamar «La película de reconexión», que resulta ser un corto de un tal Brendan Choisnet.

¿Se te ha cortado alguna vez la línea, mientras hablas por teléfono? Cuando sucede, tratas de restablecer la comunicación de inmediato para seguir hablando.

Como verás en este cortometraje, nuestra comunicación con Dios se cortó, así como se corta una llamada. En esta película verás como el padre hace todo lo que puede por restablecer su conexión con su hija, así como Dios, nuestro Padre Celestial, ha hecho todo por restablecer su conexión con nosotros.

¿Por qué? ¡Porque nos ama de manera profunda e incondicional!

A continuación viene el siguiente video, que narra en unos seis minutos lo que parece una versión aggiornada y torpe de la parábola del hijo pródigo. La principal diferencia es que aquí el hijo es una hija. El padre sigue representando a Dios, si usted puede aceptar a un Dios con lentes y medio pelado que se parece un poco a Luis Zamora. (Puede hacer click en el botoncito de audio si no está de humor para convivir con la música.)



Observe usted qué mal la pasa la hija que ha abandonado la casa paterna. Vea en qué estado de abandono y desolación se encuentra, como lo ejemplifica el episodio en que un chico la invita con una cerveza y se van juntos del bar. Estoy seguro de que mis lectoras se estremecerán sólo con pensarlo, y de inmediato se conmiserarán de la desdichada. El hijo pródigo original acaba cuidando cerdos y ambicionando las algarrobas que éstos comen; la hija pródiga moderna toca fondo cuando va de un boliche bastante limpio a una habitación bastante limpia en compañía de un chico bastante limpio. Punto para el evangelista.

Mientras tanto, el padre no puede vivir sin su pequeñita. Todo el tiempo trata de comunicarse con ella por su teléfono de latas. Pero ¡ay!, ella se niega a atender la llamada. Seguro que también participa en foros donde argumenta que los padres medio pelados que se parecen un poco a Luis Zamora no existen. Por puro despecho, claro está. Así de desagradecidos son los hijos, que al llegar a cierta edad piensan que son «adultos» y pueden llevar una vida separada de la de sus padres. Tal rebeldía sólo conduce al sufrimiento, como podemos ver.

Pero el padre ama demasiado a su bebé de apenas veintipico añitos como para darse por vencido, y resueltamente envía en su búsqueda un super-barrilete rastreador con una nueva lata telefónica. Ella se conmueve con semejante cúmulo de juguetes tradicionales y va en busca de su papá siguiendo la señal del teléfono, que ha convertido en inalámbrico con ayuda de unas tijeras (o algo así, no me pregunte). ¡Y al fin se produce el ansiado reencuentro! A continuación el padre ordenará que maten el becerro cebado, o, en todo caso le cebará unos mates.

Y así resulta que hemos aprendido algo. ¿Qué? Bueno, algo. Podría ser que la religión nos propone vivir en una infancia perpetua, siempre dependientes de un padre que nos cuida y nos dice lo que está bien y lo que está mal. Podría ser eso, si no fuera que eso ya lo sabíamos.

¿Entonces?

Bien, no sé usted, pero yo aprendí que esta gente no piensa muy bien en lo que hace. Tal vez sea una ingenuidad casi infantil, tal vez sea un ansia excesiva de transmitir un mensaje que consideran espiritual y edificante; lo cierto es que parecen no advertir el trasfondo escabroso del video que presentan.

Usted también se ha dado cuenta, ¿verdad?

Se advierte en detalles sutiles. Por ejemplo, ¿dónde está la madre de la chica? No espero en un corto de seis minutos una exploración profunda del personaje y sus circunstancias, pero estaría bien al menos se admitiera su existencia.

Y también están los detalles menos sutiles, ésos que hacen que nos llevemos las manos a la cabeza y nos preguntemos: «¿En qué demonios estaban pensando?». El ejemplo más notorio tiene lugar aproximadamente a dos minutos y medio del inicio. No soy un experto en lenguaje cinematográfico, pero se me ocurre que para ilustrar la aflicción de un padre por la ausencia de su hija, hay recursos más felices que mostrarlo acostado en una cama matrimonial con un espacio vacío a su lado.

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Claro, por supuesto, esto no significa nada. Es posible que quien tiene la mente enferma no sea el realizador, sino yo. Al fin y al cabo, no se está sugiriendo que tal espacio deba ser ocupado por...

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Válgame.

Para no dejar lugar a dudas, un instante después se completa la transición y vemos quién está ocupando el lugar del amoroso padre.

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¿Es necesario agregar algo? No, creo que prefiero no hacerlo, gracias. Sólo puedo decir que un proselitismo de este calibre no tendrá mucho éxito en hacerme volver al rebaño. Pero, en todo caso, ya podemos al menos suponer qué fue de la madre: en algún momento miró hacia atrás y se convirtió en una estatua de sal.

miércoles, febrero 18, 2009

Romance del astrólogo que mató a la poesía

Tal vez no sea estrictamente un romance, ya que éstos suelen tener rima asonante, mientras que aquí todas son consonancias. Pero, como pena por el crimen cometido, creo yo que es bastante justa.

La cosa empieza más o menos así:


El crimen se descubrió
apenas amanecía.
Un vecino halló el cadáver
que en el asfalto yacía.
Un charco de sangre oscura
por la calle se extendía
en torno del rostro inmóvil
en un rictus de agonía.
Conforme se iba enterando,
el barrio se estremecía.
«¿Supo usted? Aquí a la vuelta,
acaso mientras dormía,
con saña y malevolencia
mataron a la poesía.»
Al cabo nomás de un rato
arribó la policía,
que empezó a tender cordones,
a tomar fotografías
y a interrogar a la gente
para ver lo que sabía.
«¿Esto cuándo ha sido?» «Hoy,
o acaso uno de estos días.»
Finalmente se encontró
a un testigo que decía
que había visto al autor
de tan grande felonía.
«Es uno que tiene un blog
donde habla de astrología.
Lo vi en la televisión
casualmente el otro día,
interrogando a unos niños
para ver si algo aprendía.»
Se dio con el sospechoso,
que muy calmo parecía,
y un coche lo transportó
veloz a la fiscalía.
«¿Es usted el asesino?»
preguntó su señoría.
«¿Es este teclado el arma
que usó con alevosía?
¿Qué daño le hizo la pobre?
¡Respóndame! ¡No se ría!»
Había que verlo al reo,
que la caja se partía,
y no faltaban razones,
pues su horóscopo decía
que inocente sería hallado
y por la puerta saldría.
¡Cómo no iba a festejar
con tamaña garantía!
«¿Por qué iba yo a responderle,
si soy superior a usía?
Yo fui a la universidad,
un show de tevé tenía,
yo vivo en una metrópolis,
y si hemos de hablar de hombría,
¿sabe cuál es la más grande?
A no dudarlo, ¡la mía!»
Ninguna gracia hizo al juez,
que pocas pulgas tenía
y los sentenció a prisión
al burlón y a su alegría.
«¡Que se acostumbre a comer
lentejas todos los días!
¡Que aprenda a fregar los pisos
con jabón y con lejía!»
Al astrólogo, confuso,
la condena sorprendía;
quedó con la boca abierta,
la materia gris le hervía.
¡Aquello no era posible!
¡Su horóscopo no mentía!
Era todo una celada
que la iglesia le tendía,
los escépticos, la NASA,
y acaso también la CIA,
para acabar con su fama
y matar la astrología.
¡Galileo! ¡Galileo!
¡Galileo de chuchería!
¡Padeciste los embates
de un mundo que no entendías!
Cuatro años, siete meses,
una semana y un día
pasó purgando su pena
en la penitenciaría.
Al fin, por buena conducta
(sí, buena, ¡quién lo diría!)
le dijeron: «Eres libre.
Puedes dejar la crujía».
Egresó por el portón
en una mañana fría,
con el Sol en Capricornio
y Saturno que ascendía;
se puso encima el gabán,
que bien poco le cubría,
y fue a perderse de vista
por las calles aún vacías.
¿Por qué rumbos caminó?
¿Cómo saber dónde iría?
Habrá marchado a buscar
el sitio donde vivía,
y acaso a seguir leyendo
su destino en láctea vía,
advertido de que nunca
vuelva a matar la poesía.

lunes, enero 26, 2009

Por favor, no delante de los niños

Un viejo amigo de la casa, Oscar Ortega, alias «Santosríos», contaba en un tiempo entre sus múltiples actividades de hombre orquesta la producción de un programa «educativo» llamado Tú qué sabes. Así, sin signos de interrogación, que para eso son los programas educativos. Curioseando hoy por la red me topé con este video promocional en el que se lo ve a don Santosríos en acción, departiendo con sus pares intelectuales:



Se suele recomendar en el medio no trabajar con niños ni con animales, por su capacidad natural de opacarlo a uno. Pero don Ortega logra de todas maneras atraer la atención sobre sí mismo, manifestando como escritor y presentador del show la misma pericia que le hemos conocido en sus otros emprendimientos. Se ve que está dispuesto a que su ignorancia no muera con él, sino que perviva en la siguiente generación.

Específicamente:

  • Aquellos es un pronombre demostrativo, no un pronombre personal.
  • ¿«Pacopepe»? ¿«Loslasloslos»? ¿Qué opciones son ésas? ¿«Qué número va después del tres»? Vamos, los niños son niños, no idiotas.
  • Infinitivo y gerundio no son tiempos verbales. Son, junto con el participio, formas no personales del verbo.
  • La lengua puede estar, en efecto, en la oreja, en el ojo, en el sobaco y en la boca. Pero diría que no son temas para tratarlos frente a los niños. (¿Cómo «qué chiste malo»? En comparación con «el superpoder de Superman es hacer caca sin quitarse los calzoncillos», lo mío es digno de estudiarse junto a las comedias de Aristófanes.)

En fin, podría decirle que es buena idea tratar de aprender algo antes de querer enseñarlo, pero, ¿para qué? Llevo haciéndolo desde hace dos años. Nunca escucha.