miércoles, febrero 18, 2009

Romance del astrólogo que mató a la poesía

Tal vez no sea estrictamente un romance, ya que éstos suelen tener rima asonante, mientras que aquí todas son consonancias. Pero, como pena por el crimen cometido, creo yo que es bastante justa.

La cosa empieza más o menos así:


El crimen se descubrió
apenas amanecía.
Un vecino halló el cadáver
que en el asfalto yacía.
Un charco de sangre oscura
por la calle se extendía
en torno del rostro inmóvil
en un rictus de agonía.
Conforme se iba enterando,
el barrio se estremecía.
«¿Supo usted? Aquí a la vuelta,
acaso mientras dormía,
con saña y malevolencia
mataron a la poesía.»
Al cabo nomás de un rato
arribó la policía,
que empezó a tender cordones,
a tomar fotografías
y a interrogar a la gente
para ver lo que sabía.
«¿Esto cuándo ha sido?» «Hoy,
o acaso uno de estos días.»
Finalmente se encontró
a un testigo que decía
que había visto al autor
de tan grande felonía.
«Es uno que tiene un blog
donde habla de astrología.
Lo vi en la televisión
casualmente el otro día,
interrogando a unos niños
para ver si algo aprendía.»
Se dio con el sospechoso,
que muy calmo parecía,
y un coche lo transportó
veloz a la fiscalía.
«¿Es usted el asesino?»
preguntó su señoría.
«¿Es este teclado el arma
que usó con alevosía?
¿Qué daño le hizo la pobre?
¡Respóndame! ¡No se ría!»
Había que verlo al reo,
que la caja se partía,
y no faltaban razones,
pues su horóscopo decía
que inocente sería hallado
y por la puerta saldría.
¡Cómo no iba a festejar
con tamaña garantía!
«¿Por qué iba yo a responderle,
si soy superior a usía?
Yo fui a la universidad,
un show de tevé tenía,
yo vivo en una metrópolis,
y si hemos de hablar de hombría,
¿sabe cuál es la más grande?
A no dudarlo, ¡la mía!»
Ninguna gracia hizo al juez,
que pocas pulgas tenía
y los sentenció a prisión
al burlón y a su alegría.
«¡Que se acostumbre a comer
lentejas todos los días!
¡Que aprenda a fregar los pisos
con jabón y con lejía!»
Al astrólogo, confuso,
la condena sorprendía;
quedó con la boca abierta,
la materia gris le hervía.
¡Aquello no era posible!
¡Su horóscopo no mentía!
Era todo una celada
que la iglesia le tendía,
los escépticos, la NASA,
y acaso también la CIA,
para acabar con su fama
y matar la astrología.
¡Galileo! ¡Galileo!
¡Galileo de chuchería!
¡Padeciste los embates
de un mundo que no entendías!
Cuatro años, siete meses,
una semana y un día
pasó purgando su pena
en la penitenciaría.
Al fin, por buena conducta
(sí, buena, ¡quién lo diría!)
le dijeron: «Eres libre.
Puedes dejar la crujía».
Egresó por el portón
en una mañana fría,
con el Sol en Capricornio
y Saturno que ascendía;
se puso encima el gabán,
que bien poco le cubría,
y fue a perderse de vista
por las calles aún vacías.
¿Por qué rumbos caminó?
¿Cómo saber dónde iría?
Habrá marchado a buscar
el sitio donde vivía,
y acaso a seguir leyendo
su destino en láctea vía,
advertido de que nunca
vuelva a matar la poesía.